Análisis profundo sobre el avance de la ultraderecha en América Latina, sus estrategias de manipulación mediática y el impacto directo en las instituciones democráticas de la región.
TITO RIERA
Universidad de Chile
El pasado domingo 7 de junio se llevaron a cabo las elecciones presidenciales en Perú, donde Roberto Sánchez y Keiko Fujimori se enfrentaron en una segunda vuelta tan estrecha como tensa. Actualmente todo puede pasar, puede ganar tanto Keiko como Sánchez, si ganara el segundo sería un resultado que, de consolidarse, supondría un alivio para un continente que gira a una velocidad preocupante hacia la ultraderecha: una derecha neofascista que, lejos de estar abierta al diálogo, es opositora a toda disidencia de opinión, una derecha que además, goza de gran popularidad entre la juventud y relativiza tanto la historia como las instituciones, restándoles el valor que merecen cuando éstas no se alinean con su narrativa. Este debilitamiento institucional y la manipulación histórica a conveniencia no hacen más que socavar la democracia, pero… ¿qué entenderá de respeto y principios democráticos la hija de uno de los mayores tiranos en la historia reciente del Perú, cuyo padre fue condenado firmemente por graves violaciones a los derechos humanos?
¿Y cómo ha calado tan rápido el neofascismo en nuestras sociedades? La respuesta se encuentra en los mismos mecanismos de hace setenta años: el populismo, la instalación del relato «nosotros contra ellos» y la autoproclamación como defensores de «las tradiciones». Sin embargo, un factor ha cambiado de forma radical: la revolución tecnológica de los últimos años y la masificación de estos mensajes a través de las redes sociales han gestado una suerte de «contrarrevolución», logrando posicionar estas posturas como revolucionarias entre los jóvenes, cuando, por mera lógica política, nunca lo han sido.
Un ejemplo claro de esta dinámica es la llamada «fórmula Bukele», replicada por candidatos como Abelardo de la Espriella, quien sorprendió al ser el candidato más votado en la primera vuelta de Colombia con un 43,7% y quien destaca por su retórica militarizada, un nacionalismo exacerbado y una figura cuidadosamente construida para los medios. Este candidato, que rompe los estereotipos tradicionales, se instaló en la segunda vuelta colombiana con un discurso populista centrado en seguridad y nación, y ya ha recibido el apoyo explícito de Donald Trump. Trump lo felicitó públicamente, afirmando que «Abelardo lucha incansablemente por su gran país» y advirtiendo que «los resultados de esta elección son cruciales para el futuro de Colombia y su relación con Estados Unidos.» Además, el actual presidente de Colombia, Gustavo Petro, fue suspendido de sus funciones presidenciales de cara a esta elección, lo cual sirve aún más en bandeja el posible resultado de esta. Conviene recordar que De la Espriella ejerció como abogado defensor del testaferro de Nicolás Maduro, así como de líderes de grupos paramilitares. Resulta difícil no notar la contradicción entre quien promete imponer una «mano de hierro» y sus propios vínculos judiciales y empresariales. ¿Les suena de algo?
Esta erosión democrática y los discursos de «outsiders» constituyen pilares fundamentales de la ultraderecha, en tanto cuestionan sistemáticamente a las instituciones establecidas. Esto genera, de manera inevitable, un clima de desconfianza, desafección política y caos institucional que resulta sumamente conveniente para quienes desprecian lo público. El caso más elocuente a esta narrativa es la Argentina de Javier Milei, la cual, durante su primer año de gestión, llevó adelante el mayor ajuste del gasto social desde 2002, con recortes en programas destinados a jóvenes del 39,8% y a adultos mayores del 9,3%. La pobreza pasó de afectar al 40,1% de los argentinos en 2023 al 52,9% en 2024, mientras el presupuesto en Seguridad Social se redujo un 24%. Todo esto, bajo la retórica habitual de la «seguridad» y la «crisis económica» que estos neofascismos han instalado como “problemas públicos” en los medios de comunicación masiva.
Jair Bolsonaro, y su hijo, actual candidato a la presidencia de Brasil que se enfrentará al presidente Lula da Silva, ilustran perfectamente otra forma del cómo se erosionan las democracias en América Latina, mediante intentos de golpe de Estado y la negación sistemática de resultados electorales, aplicando la estrategia ultraderechista por excelencia ante una derrota electoral.
Rodrigo Paz, en Bolivia, representa otro ejemplo de este fenómeno. Aunque no pertenezca a la derecha más radical, implementa políticas capitalistas bajo el lema de «capitalismo para todos», provocando una crisis de desigualdad social que tiene al pueblo boliviano en las calles pidiendo su dimisión, y siendo reprimido por las autoridades de forma sistemática, llegando a asesinar incluso a 7 personas en las calles, viéndose así como implementa políticas características de los gobiernos autoritarios, que hoy en Latinoamérica están más presentes que nunca.
La instalación de estas figuras políticas no es casual. Donald Trump ha sido artífice de este modus operandi en su «patio trasero», articulando incluso una alianza entre las ultraderechas a nivel continental llamada «Shield of the Americas». Este encuentro, celebrado en Florida, buscó consolidar una agenda hemisférica de control, militarización y exclusión, y al que nuestro presidente José Antonio Kast concurrió incluso antes de asumir formalmente el cargo. La Casa Blanca invitó a Kast en lugar del entonces presidente Gabriel Boric, desafiando los protocolos diplomáticos establecidos, al tiempo que excluyó a los líderes de Brasil, México y Colombia, naciones que representan más de la mitad de la población de la región.
Kast, en el contexto nacional, sigue fielmente esta fórmula «trumpista»: el negacionismo, las ambigüedades estratégicas, la represión sistemática, la colonización de las redes sociales y los recortes en políticas sociales justificados siempre por la seguridad y la economía. Una lógica que, más que económica, responde a intereses particulares en los que solo el 1% resulta beneficiado, mientras las familias chilenas y latinoamericanas cargan con las consecuencias.
Es, bajo el análisis de estos casos, una necesidad imperante el combatir contra estos discursos, el exigir políticas públicas claras y orientadas al bienestar colectivo, el combatir al negacionismo con memoria, verdad e historia, el denunciar la represión y opresión sistemática allí donde se manifiesten, y no dejar nunca de hacerlo. Esto implica también el no caer en la provocación de los discursos neofascistas que pretenden convencer mediante el miedo o enemistar desde la confrontación, el recuperar las redes sociales y la noción misma de transformación social, no desde el populismo de hace 70 años atrás ni desde el copamiento mediático, sino desde la convicción de defender las políticas sociales, del fortalecimiento democrático y de seguir progresando como sociedad en conjunto.
Los liderazgos que hoy observamos en Perú, Colombia, Argentina, Brasil, Chile y Estados Unidos recuerdan a otros tiempos. Tiempos que deberían habernos enseñado lo suficiente como para no repetirlos. No obstante, aún tenemos una oportunidad, aún estamos a tiempo de darnos cuenta de esos peligrosos liderazgos que están surgiendo, de los riesgos que entrañan este proyecto político y de las políticas impulsadas por la agenda de medios. Aún tenemos tiempo de reaccionar, organizarnos, defender lo ganado y combatir antes de que se nos haga demasiado tarde. Si normalizamos a quienes están dispuestos a despojarnos de los derechos por los que tanto hemos luchado, estamos perdidos, y esta es una lección que nuestra América Latina no puede permitirse olvidar, ni hoy, ni mañana, ni nunca.
®Tito Riera -2026