Cuando el mal deja de escandalizarnos
Hay noticias que provocan indignación durante unos días, llenan las redes sociales de comentarios, ocupan titulares y, poco después, desaparecen para dejar paso al siguiente escándalo. Sin embargo, de vez en cuando aparece un caso en el cual merece la pena que nos detengamos un poco más. No por la persona implicada, ni siquiera por las posibles consecuencias legales que puedan derivarse de sus actos, sino porque actúa como un espejo incómodo en el que podemos contemplar algo mucho más profundo. Algo que, en realidad, lleva mucho tiempo creciendo silenciosamente entre nosotros.
Recientemente se conoció un video en el que varias personas bromeaban con el abuso sexual infantil y utilizaban como objeto de burla a niños autistas no hablantes. La reacción social fue inmediata: condenas de diversos grupos y entidades relacionadas con la infancia, dimisiones, investigaciones y una enorme indignación general. Y me parece bien, necesario e imprescindible que así sea. Pero, una vez pasadas las primeras impresiones de indignación y repudio, no puedo evitar hacerme una pregunta mucho más inquietante. ¿Cómo puede alguien llegar a considerar divertido un tema semejante? ¿Qué clase de proceso interior tiene que haberse producido para que el sufrimiento de un niño, especialmente de uno que ni siquiera puede defenderse o expresar con facilidad lo que le ocurre, se convierta en motivo de risa?
No me interesa tanto la persona concreta que pronunció aquellas palabras. Será la justicia quien determine si existe alguna responsabilidad penal. A mí me preocupa otro tipo de responsabilidad, una mucho más difícil de perseguir y quizá mucho más peligrosa: la responsabilidad moral. Y es que nadie improvisa ese tipo de humor. Nadie se ríe de determinadas cosas por casualidad. El humor, nos guste o no, suele revelar aquello que hemos normalizado, aquello que hemos dejado de considerar sagrado, aquello que ya no nos provoca compasión sino entretenimiento.
En esta época en la que nos ha tocado vivir, observo con preocupación como muchas personas parecen competir por decir la barbaridad más grande. Cuanto más ofensiva sea una frase, más posibilidades tiene de hacerse viral; cuanto más escandalosa resulte una ocurrencia, más risas provoca entre quienes confunden el cinismo con la inteligencia. Hemos llegado a un punto en el que la capacidad de herir parece haberse convertido, para algunos, en una forma de demostrar personalidad. Y eso no habla de libertad. Al contrario, evidencia claramente una enorme pobreza interior.
Lo verdaderamente preocupante no es que existan individuos capaces de hacer este tipo de comentarios. Personas moralmente enfermas las ha habido siempre. Lo que me inquieta es comprobar la facilidad con la que encuentran un entorno que ríe, que aplaude, que comparte o que simplemente guarda silencio. Porque el problema nunca es únicamente quien pronuncia una barbaridad; también lo es quien la celebra, quien la minimiza diciendo que «solo era una broma», quien invita a no exagerar o quien considera que todo vale mientras pueda esconderse detrás de la palabra «humor».
Pero no es así. No todo vale.
Hay temas que exigen respeto porque detrás de ellos existen víctimas reales. Niños que han sido abusados, familias destrozadas, personas con discapacidades diversas que viven cada día enfrentándose a dificultades que muchos ni siquiera imaginan. Convertir ese dolor en un espectáculo no es valentía ni irreverencia. Es una forma de insensibilidad que revela hasta qué punto algunos «seres humanos» (y lo entrecomillo a propósito) han perdido el contacto con la compasión.
Posiblemente, el verdadero problema de nuestro tiempo no sea únicamente la violencia física a la que por desgracia parecemos estar tan acostumbrados. Creo que es también esta lenta anestesia moral que va adormeciendo nuestra conciencia. Poco a poco dejamos de escandalizarnos y nos acostumbramos a todo. Lo que ayer nos parecía impensable, hoy nos arranca una sonrisa incómoda y mañana termina formando parte del paisaje cotidiano. Así es como se degrada una sociedad, no de golpe sino aceptando pequeñas renuncias éticas, hasta que el bien y el mal dejan de estar claramente separados.
Siempre he pensado que una sociedad puede medirse observando cómo trata a quienes son más vulnerables. A los niños, a los ancianos, a los enfermos, a las personas con discapacidad. Si somos capaces de convertir precisamente a estos grupos humanos en el blanco de nuestras bromas, aquí el problema ya no es únicamente de educación, ni de política, ni siquiera de cultura. La cruda realidad es que estamos asistiendo a una enfermedad mucho más profunda, una enfermedad del alma colectiva.
Por ello, este caso aberrante que está siendo ahora noticia en todos los medios en Chile, no debería quedar reducido a una simple polémica pasajera. Mañana aparecerá otra noticia y ésta desaparecerá de los titulares. Sin embargo, la pregunta seguirá ahí, esperando una respuesta honesta de cada uno de nosotros: ¿Qué está ocurriendo dentro del ser humano para que el sufrimiento de un niño pueda convertirse en motivo de diversión? Mientras no nos atrevamos a responder esa pregunta, seguiremos creyendo que el problema son unas cuantas personas concretas, cuando lo verdaderamente inquietante es descubrir que esos casos no son una excepción, sino el síntoma de una sociedad que, poco a poco, está dejando de reconocer el valor sagrado de la dignidad humana.
®Josep Riera -2026