Hay una idea profundamente arraigada en la mente humana que cuesta desmontar: la de que aquello que somos aquí, en este cuerpo, define lo que somos en esencia. Y dentro de esa identificación, el sexo ocupa un lugar central. Nos sentimos hombres o mujeres, y desde ahí construimos identidad, relaciones, deseos, conflictos… incluso espiritualidad.
Pero cuando uno se acerca con un poco de honestidad al fenómeno espiritual -no al discurso moderno, sino a la experiencia, al estudio serio, a las tradiciones que han reflexionado sobre esto durante siglos-, esa estructura empieza a tambalearse.
Allan Kardec, en El Libro de los Espíritus, lo plantea con una claridad casi incómoda para la mentalidad actual: los espíritus no tienen sexo. No es una cuestión opinable ni simbólica, es una consecuencia lógica. El sexo pertenece a la organización física. Es biología, no esencia.
Y esto, que parece una afirmación sencilla, tiene implicaciones enormes. Porque si el alma no tiene sexo, entonces tampoco tiene género en el sentido en que hoy lo entendemos. No hay una “identidad sexual espiritual” fija. Lo que hay es conciencia en evolución, atravesando distintas experiencias, distintas formas, distintos cuerpos.
El propio Kardec lo desarrolla aún más: el espíritu puede encarnar como hombre o como mujer en distintas vidas. Y no solo puede, sino que debe hacerlo, porque cada experiencia aporta algo distinto. Quedarse siempre en un solo rol limitaría el aprendizaje.
Esto rompe completamente con la idea de identidad fija. No somos hombres o mujeres en esencia. Estamos siendo hombres o mujeres en esta etapa concreta.
Y aquí es donde empieza la incomodidad, porque el ser humano necesita definirse. Necesita agarrarse a algo. Pero la realidad espiritual, cuando se observa sin filtros ideológicos, es mucho más libre, y también mucho más exigente.
Ahora bien, alguien podría decir: “yo he percibido espíritus masculinos o femeninos”, o “hay entidades que se manifiestan con rasgos claramente definidos”.
Sí, eso ocurre. Pero no porque tengan sexo, sino porque conservan memoria e identidad psicológica. El espíritu, al desencarnar, no se convierte automáticamente en una conciencia pura y abstracta. Arrastra consigo sus hábitos, sus creencias, sus formas de percibirse.
Si alguien ha vivido muchas vidas identificándose como mujer, es muy probable que proyecte esa forma. Lo mismo con el hombre. Pero eso es una proyección, no una realidad esencial.
Es como un actor que ha interpretado el mismo papel durante años. Cuando sale del escenario, sigue sintiendo que es ese personaje, pero no lo es.
El problema es que hoy en día se mezclan muchas cosas. Se habla de “energía masculina” y “energía femenina” como si fueran propiedades fijas del alma, se proyectan conceptos psicológicos sobre planos espirituales, y se acaba creando un lenguaje que suena profundo pero que, en realidad, es bastante confuso.
La espiritualidad no consiste en reafirmar las categorías humanas en otros planos, sino en comprender que esas categorías son herramientas temporales.
El sexo es una herramienta de experiencia. Permite vivir el mundo desde una perspectiva concreta, con unos condicionantes biológicos, sociales y emocionales determinados. Pero no define lo que somos en esencia. Y esto, bien entendido, no niega la importancia de la experiencia humana. Al contrario. La pone en su sitio.
Porque si el alma puede ser hombre en una vida y mujer en otra, entonces todas las guerras de identidad, todas las luchas por imponer una definición rígida, pierden sentido desde una perspectiva más amplia.
No se trata de negar lo que uno vive aquí. Se trata de no absolutizarlo.
El verdadero problema no es tener un cuerpo, ni una identidad, ni una historia. El problema es creer que eso es todo lo que somos.
Y quizás por eso esta enseñanza resulta incómoda. Porque nos quita etiquetas, nos deja sin suelo, pero al mismo tiempo nos abre algo mucho más grande: la posibilidad de entendernos como conciencia en tránsito. No como algo fijo, sino como algo que está aprendiendo.
®J.R. 2026