Archivo de la categoría: LA MUERTE Y EL MÁS ALLÁ

No se puede engañar a la Muerte

Un día la tan temida muerte se acercó a un hombre y le dijo:
-Hola! Hoy es tu último día. Hoy morirás!
A lo que el hombre respondió:
-Pero aún no estoy listo para morir, me quedan algunas cosas por hacer.
La muerte le contestó:
-Tu nombre es el primero que está en mi lista.
El hombre respondió:
-Bueno, ¿por qué no nos sentamos y nos tomamos un café antes de irnos?
La muerte aceptó.

El hombre dio a la muerte una taza de café con pastillas para dormir.
La muerte se la bebió entera y cayó en un sueño profundo.
Situación que el hombre aprovechó. Tomó la lista y borró su nombre del principio y se puso al final del todo.

Cuando la muerte despertó vio al hombre y le dijo:
-Como te has portado tan bien conmigo, voy a comenzar desde el final de mi lista. Para de esta manera darte un poco más de tiempo, que hagas todas las cosas que te faltan por cumplir en tu vida.

Moraleja:
Lo que está escrito en tu destino, nunca nada ni nadie lo podrá cambiar. El destino es la fuerza invisible que nos da y que nos quita. En el momento justo, ni antes ni después.

Sin eaters: los devoradores de pecados

Fotografía de un antiguo periódico británico, escenificando a un grupo de sin-eaters, comiendo y bebiendo sobre el ataúd de un difunto.

El término Devoradores de pecados (Sin-eaters), a veces llamados “Come pecados”, hace referencia a un tipo particular de individuo quien mediante rituales adecuados propios, es capaz de asumir sobre sí los pecados de otra persona. Ritual que es sumamente privado y que, se cuenta, está volviendo a ejercerse en diversos países.

Los Devoradores de pecados comen místicamente las faltas de otros, que asumen como propias, liberando a sus clientes de los pecados cometidos durante sus vidas y absorbiéndolos para purificar almas que no necesariamente se arrepienten de sus errores.

Antropológicamente hablando, los Devoradores de pecados existen desde que existe el pecado. El acto de devorar las malas acciones de un tercero puede clasificarse dentro de los rituales antropopaicos.

Extrañamente, los Devoradores de pecados poseen más referencias dentro de la literatura que en la historia propiamente dicha, por poseer un trato muy secreto ante sus clientes. Sus apariciones, escasas y furtivas, están rodeadas por un halo de misterio y total discreción. Incluso hoy se desconoce cuál es la relación existente entre los Devoradores de pecados y las autoridades religiosas de diversas denominaciones.

Los Devoradores de pecados también participan activamente de la teología, por ejemplo en México, a través de la diosa Tlazolteotl, que se conoce dentro de la maternidad y la fertilidad, cuyo rol como redentora del individuo se extendió a través de distintas prácticas ya relegadas.

Una de las pocas prácticas que aún se conservan, sostiene que Tlazolteotl se presenta al final de la vida de sus devotos, y que si estos confiesan sus pecados abiertamente ella limpiará sus almas devorando la suciedad que roe las entrañas del alma, que de lo contrario jamás dejará descansar al pecador en su trascendencia a otra vida.

No hace falta incursionar en el territorio de la mitología para descubrir la presencia de los Devoradores de pecados. Sin ir más lejos, el propio Jesús interpreta el arquetipo universal del Devorador de pecados, al ofrecer su vida y su sangre para purificar los pecados de la humanidad.

Más cerca en el tiempo, durante el siglo XVIII, los rituales de los Devoradores de pecados eran bastante comunes entre las clases altas. El bibliógrafo y anticuario John Bagford (1650-1716) dio cuenta de un extraño rito por el cual un hombre devoró los pecados de un alto funcionario local a cambio de una fuerte suma de dinero.

El procedimiento era siempre el mismo. Durante la agonía, cuando la medicina ya nada tenía que hacer, y posterior a la extremaunción de los sacerdotes, los hombres y mujeres adinerados podían, si desconfiaban de la salvación de su alma, convocar a un Devorador de pecados.
Al comer pan y beber cerveza, y dando un breve discurso en su tumba, el Come pecados tomaba para sí los pecados del fallecido. El discurso que pronunciaba es el siguiente: “Te doy alivio y descanso ahora, querido hombre. No vengas por nuestros caminos o a nuestros prados. Y por tu paz empeño mi propia alma. Amén”.

El Devorador de pecados tenía una vida mayoritariamente itinerante, aunque en la actualidad -se conoce- reside en ciertos lugares por más tiempo. Se movía de una región a otra, siendo temido y respetado por todos. No se le permitía acceder a lugares públicos, aunque en general se lo dejaba pernoctar gratuitamente en graneros y chozas. Su dinero estaba manchado por el pecado de terceros, de modo que rara vez se los asaltaba.

Nadie hablaba o trataba con el Sin Eater, que podía vivir en el pueblo, pero en una casa apartada o deambular, durmiendo en graneros. Nadie lo tocaba, era tratado como un leproso y ocasionalmente era agredido o evitado, considerado como una persona maldita que llevaba todos los pecados de los difuntos encima.

Hubo familias enteras de Devoradores de Pecado. Un relato de 1825 lo describe como un leproso, una cosa inmunda, dada a los malos espíritus y a la brujería. Cuando el devorador de pecado terminaba su comida, tanto el plato como el vaso eran quemados.

Con el tiempo los “Devoradores de pecados” fueron ampliando su rango de acción. Por ejemplo, ya no se necesitó estar de pie frente al lecho del moribundo para devorar sus pecados. Una visita al cementerio, un discurso sentido sobre la tumba en privado, alcanza a suavizar la desesperación de los deudos.

Tumba y memorial de Richard Munslow, el último devorador de pecados de Inglaterra.

Era algo desaprobado por la Iglesia, aunque lo habitual era que los eclesiásticos mirasen para otro lado. Esta costumbre fue especialmente popular en Inglaterra y Gales, donde se perdió a partir del siglo XIX.

Aunque los devoradores de pecados solían ser gente pobre, el último de ellos conocido en Inglaterra, Richard Munslow, era un próspero granjero de la zona de Shropshire. Los vecinos de su pueblo decidieron recientemente hacer una colecta para restaurar su tumba, la cual se encontraba en muy mal estado. Lograron 1000 libras con las que restauraron su lugar de descanso. Los lugareños quieren que se recuerde a Munslow como parte de la historia religiosa de su región.

©J.R.

Lo que una persona siente al morir, contado por una enfermera de la UCI

Las unidades de paliativos o cuidados intensivos de los hospitales guardan una estrecha relación con la muerte, dando lugar a numerosas experiencias que se escapan a cualquier explicación racional.

Pacientes que intuyen el momento exacto en el que van a morir, otros que parecen decidir por sí mismos el día y la hora, adelantando o retrasando su muerte, sueños premonitorios de familiares o presentimientos de terceras personas que, sin ni siquiera saber que alguien está ingresado o ha sufrido un accidente, están seguros de que ha fallecido.

Sólo los profesionales sanitarios que trabajan de cerca con los pacientes terminales conocen de primera mano el alcance y variedad de estas extrañas experiencias. La ciencia no ha podido ser capaz de ofrecer algún tipo de respuesta, por lo que se suelen describir como sucesos paranormales o sobrenaturales. Una etiqueta “demasiado vaga para la magnitud de estas experiencias”, según explica la enfermera británica Penny Sartori, que lleva cerca de 20 años trabajando en la UCI.

Una carrera lo suficientemente sólida como para haber visto de todo, intuir patrones y elaborar hipótesis sobre estos fenómenos.

“Alucinaciones” compartidas por familiares

A lo largo de toda su carrera, Sartori se ha entrevistado con pacientes que han vivido experiencias cercanas a la muerte (ECM), así como con familiares que han vivido de cerca experiencias de muerte compartida (EMC). La cantidad y la repetición de patrones hacen que la enfermera descarte la hipótesis de la casualidad o la imposibilidad de hallar un razonamiento lógico para este extendido fenómeno.

Entre el 70 y el 80% de los pacientes esperan a estar solos en la habitación para morirse.

Su tesis principal se centra en que “nuestro cerebro es independiente de la conciencia. Es el medio para canalizarla, por lo que en realidad es físicamente ajena al cuerpo”. Una idea que explicaría, añade la doctoranda, por qué “el alma y la conciencia pueden experimentarse al margen del cuerpo”, como en las ECM o en la meditación budista.

Los ejemplos de los que Sartori se vale en su libro son muy numerosos, pero todos suelen coincidir en que los pacientes que viven estas ECM son siempre los que abrazan la muerte de la forma más tranquila y feliz, al igual que los familiares que presienten la muerte de sus seres queridos. ¿Por qué? Según las entrevistas que ha mantenido con estos últimos se debe a que están convencidos de que sólo se trata del fin de la vida terrenal.

Al margen de que se trate de personas creyentes, agnósticas o ateas, todas ellas tienen el sueño o la visión de cómo su familiar se va de este mundo guiado por alguien (cónyuges ya fallecidos, seres anónimos o ángeles) y lo hace con una clara sensación de “paz y amor”. Al principio, relata Sartori, “me llamaba la atención que algunos familiares de fallecidos no se sintiesen tristes tras diagnosticar la muerte de su ser querido, pero al entrevistarlos me di cuenta de que en realidad estaban tranquilos por haber experimentado esta sensación de trascendencia a la vida”.

Eligiendo el momento “más apropiado” para morir

Este no es el caso de los ejemplos de personas que a sabiendas de cuando van a morir piden quedarse unos minutos solos o lo hacen justo cuando el familiar, que permanece todo el tiempo a su lado, los abandona un solo momento para ir al baño.

Otros casos igualmente llamativos son los de personas que se mueren justo después de ver al familiar que tarda en acudir a verlos por estar en el extranjero, cuando terminan con todo el papeleo de herencias y seguros vitalicios. “Parecen estar a la espera de que ocurra un evento específico para permitirse morir”, relata la enfermera.

La sensación de trascendencia la experimentan tanto creyentes como agnósticos o ateos.

El director del Tucson Medical Center John Lerma, especializado en cuidados paliativos, ha recopilado ejemplos muy similares a los citados por Sartori. Según sus informes, entre el 70 y el 80% de los pacientes esperan a que sus seres queridos salgan de la habitación para morirse.

Sartori se niega a creer que estas vivencias estén motivadas por alucinaciones. “No es posible que varias personas vean lo mismo y sean capaces de describirlo igual si realmente se trata de una percepción distorsionada de la realidad”, apunta. Unas tesis que se apoyan en las famosas teorías del profesor Raymond Moody, que acuñó el concepto de experiencias cercanas a la muerte a finales de los 70.

Sus estudios más novedosos se centran en las vivencias compartidas por las personas que acompañan a los que están en trance de muerte. «Abren una vía completamente nueva de iluminación racional sobre la cuestión de la vida después de la muerte porque las personas que comunican estas experiencias están sanas. Suelen estar sentadas junto al lecho de muerte de un ser querido cuando le sobreviene una de estas experiencias maravillosas y misteriosas. Y el hecho mismo de que las personas no están próximas a la muerte incapacita la cláusula de exención. Como sus experiencias no se pueden achacar a fallos de la química cerebral, tendremos que ir más allá de este argumento”, asegura.

Nuevas vías de investigación

El recurso, “cínico” según Sartori, a explicar este fenómeno a partir de disfunciones cerebrales, tampoco se sostiene con los ejemplos de personas ingresadas con alzhéimer avanzado que repentinamente recuperan la capacidad de raciocinio. “Se trata de pacientes en un estadio terminal de la enfermedad, incapaces de articular palabra, que de forma sorprendente comienzan a hablar con total coherencia, interactuando con gente que no está en la habitación y que frecuentemente son familiares muertos”, explica la autora. Además, añade, “suele suceder que después de esta experiencia dejan de estar intranquilos y acaban muriendo con una sonrisa en la cara, generalmente, uno o dos días después”.

El argumento de que estas visiones están inducidas por los fármacos tampoco es aceptado por la autora porque, dice, “estos causan ansiedad, todo lo contrario de lo que sienten los pacientes”. La autora defiende en su libro que este tipo de vivencias, recopiladas a lo largo de toda su carrera, pueden ser claves para demostrar la existencia de una vida después de la muerte y que, al menos, deben abrir una nueva vía de investigación (como algunas que parten de la física cuántica) para los estudios científicos. De lo que sí dice estar convencida es de que “la muerte no es tan temible como nos la solemos imaginar”.

Las experiencias de quienes vuelven de la muerte

En 2011 el señor A., un trabajador social de Reino Unido, fue admitido en un hospital después de desmayarse en el trabajo.

El personal médico estaba punto de insertarle un catéter en la ingle cuando entró en paro cardíaco. A falta de oxígeno, su cerebro dejó de emitir señal alguna. Técnicamente el señor A. había muerto.

Pero, a pesar de ello, A. recuerda lo que pasó después.

El equipo médico inició el procedimiento de reanimación y A. pudo escuchar una voz que decía: «denle un electroshock», mientras se levantaba de la cama y presenciaba la escena.

Y en el historial del hospital luego se pudo verificar que lo que el señor A. recordaba era precisamente lo que había ocurrido en el lapso de tiempo en el que todo el mundo le creyó inconsciente.

Análisis de casos

La mayoría de los médicos tratan los recuerdos de momentos cercanos a la muerte como alucinaciones.

La historia de este paciente, recogida en un informe sobre resucitación, es una de tantas que desafían las ideas que tenemos sobre las experiencias cercanas a la muerte.

Hasta ahora, los investigadores asumían que cuando el corazón deja de bombear sangre al cerebro acaba todo nivel de conciencia.

Durante años, aquellos que han conseguido «volver» han recordado sus experiencias. Pero los médicos trataban estos recuerdos como alucinaciones, y los investigadores se han mostrado cautelosos a la hora de hablar sobre estos casos, ya que muchos son vistos como algo que va más allá de la investigación puramente científica.

Pero Sam Parnia, director del centro de resucitación de la Universidad de Medicina en Nueva York, quiso librarse de las suposiciones sobre lo que podían experimentar o no aquellos en el lecho de muerte.

Él y su equipo recolectaron datos de estos momentos durante cuatro años y analizaron más de 2.000 casos de paros cardíacos y momentos de muerte oficial.

Y parece ser que el señor A. no era el único que podía recordar su propia muerte.

Los siete sabores de la muerte

Cerca de un 50% de aquellos casos estudiados por Parnia, los pacientes eran capaces de recordar algo. Pero a diferencia del señor A., sus experiencias no parecían ser hechos que realmente ocurrieron.

Aunque «la gente tiene experiencias en el momento de la muerte», cada persona interpreta estas vivencias de acuerdo sus creencias, dice Parnia.

Al contrario: recordaban escenarios alucinatorios que Parnia y sus colegas clasificaron en siete categorías.

«La mayor parte de ellas no son consistentes con lo que se cree que son las experiencias cercanas a la muerte», dice.

«Parece ser que las experiencias de la mente en los escenarios cercanos a la muerte son mucho más complejas de lo que se creía en el pasado».

Los siete escenarios son los siguientes:

Miedo

Ver animales o plantas

Luz brillante

Violencia y persecución

Deja-vu

Ver a familiares

Recuerdo de cosas que pasaron tras el paro cardíaco

Aunque está claro que «la gente tiene experiencias en el momento de la muerte», según explica Parnia, la forma en la que cada uno de los individuos elige interpretar estas vivencias depende totalmente de sus creencias.

Alguien de India puede volver de la muerte y asegurar que vio al dios Krishna, mientras que alguien del medio oeste estadounidense puede regresar de la misma experiencia y afirmar que vio al dios cristiano.

«Si el padre de un niño del medio oeste le dice a su hijo que cuando muera verá a Jesús y que le transmitirá amor y compasión, por supuesto que verá eso», dice Parnia.

Parnia y sus colegas esperan que su trabajo contribuya al enriquecimiento de la discusión sobre el significado de la muerte

«Volverá y dirá: ‘Papá tenías razón, vi a Jesús’. ¿Pero es cualquiera de nosotros realmente capaz de reconocer a Jesús? Yo no sé cómo es Dios, además de un hombre con barba blanca, lo que es una imagen totalmente construida».

«Todas estas cosas -lo que es al alma, el cielo y el infierno- se escapan a mi entendimiento, y probablemente habrá miles y miles de interpretaciones basadas en dónde naciste y cuáles hayan sido tus experiencias vitales», continúa Parnia.

«Es importante que seamos capaces de alejar todo esto del reino de las enseñanzas religiosas y ponerlo en escenarios más objetivos».

Casos comunes

Parnia y sus colegas ya planean estudios que sigan por este mismo camino e intenten responder algunas de las cuestiones planteadas.

También esperan que su trabajo contribuya al enriquecimiento de la discusión sobre el significado de la muerte, y que pueda liberarse de posturas religiosas o escépticas.

Al contrario, opinan, la muerte debe ser tratada como un tema científico objetivo más.

«Cualquiera con una mente medianamente objetiva estará de acuerdo en que todo esto es algo que debe seguir siendo investigado», añade Parnia.

«Tenemos los medios y la tecnología, ahora es el momento de hacerlo», concluye.

Fuente: Reportaje de prensa

Qué es realmente ser médium

Tener el don de la mediumnidad ayuda, pero además se debe aprender a desarrollarlo y mejorarlo. Básicamente, es tener la intención y la actitud y estar siempre enfocado hacia la Luz.


La principal protección que se debe hacer es limpiar toda oscuridad que tengamos, traumas pasados, conflictos, bloqueos, etc. Una vez libre toda la energía negativa, la vibración del médium subirá y será más difícil que los malos espíritus le molesten.


El primer consejo es saber diferenciar las energías. Si vibramos en una energía negativa o baja, sólo atraeremos problemas y entes no muy buenos. Por eso, las personas con el don de la mediumnidad deben aprender a protegerse y a mantenerse en todo momento en la Luz.


Ver o hablar con espíritus no es un juego, y no siempre es divertido. Muchas veces es todo lo contrario, una dura carga.
El o la médium deben tener especial cuidado con los familiares fallecidos, ya que no siempre son nuestros guías ni tampoco son nuestros ‘ángeles guardianes’. Puede que no hayan hecho todavía la transición a la luz y en vez de favorecer, el contacto con ellos puede perjudicar.


Ser médium es tener facultades psíquicas, no tiene por qué ser solamente hablar con espíritus, sino que ello incluye también la videncia, la sanación, las premoniciones, la intuición… hay médiums de varios tipos.


El buen médium tampoco es un teléfono al más allá. El médium es un medio, un canal. No se puede escoger con quien hablar normalmente, ni los espíritus pueden comunicarse ni estar a su disposición cuando el médium quiera.


Hay médiums con facultades más y menos fuertes, o que tienen desarrolladas unas habilidades más que otras. Por eso hay que estar constantemente trabajando con esas facultades, para conocerlas más y mejor y seguir trabajándolas día a día.


La luz siempre es más fuerte que la oscuridad, pero una vez se toca la oscuridad, deshacerse de ella cuesta mucho.


Por dicha razón, un buen médium jamás debe abrirle puertas a espíritus de bajas vibraciones. Me refiero a esos espíritus que incitan a la codicia. la vanidad, la presunción, el orgullo… y a otros defectos que llevan a la persona a alejarse de su espiritualidad.

Como pueden ver ustedes, ser buen/a médium es bien distinto y se aleja mucho de lo que ciertos personajes dicen ser o pretenden ser y hacer.