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Revelaciones espirituales sobre el Infierno y el Purgatorio

REVELACIONES SOBRE EL INFIERNO Y EL PURGATORIO

Esto son algunos breves retazos de lo que por gracia de Dios me ha sido dado saber y contemplar en espíritu. Es un testimonio que ahora tengo permiso para divulgar y compartir.

El Infierno, que yo llamo también Allá Abajo, es un lugar del cual es muy difícil salir. Está destinado a quienes no quieren o se niegan a conocer el amor de Dios. Sólo en algunas ocasiones, a las almas condenadas o que se encuentran allí por algún error, la misericordia del Padre Infinito les concede la dicha de que el arcángel Azrael acuda en su ayuda para rescatarlas.

Quienes están ahí sienten odio permanente, hacia todo, hacia todos y también hacia ellos mismos. No podemos decir que esas almas sean las de personas normales, porque ya no lo son. Han perdido todos sus buenos sentimientos, amor, compasión, bondad… ya no tienen nada de eso. En su odio, se asemejan más a los demonios y espíritus malignos.

Muchos de los fallecidos, en su tránsito hacia el Cielo o hacia el Infierno, pasan primero por un estado intermedio de limpieza, purificación, arrepentimiento, purga de sus pecados o de sus malas acciones. Por eso ese lugar intermedio es conocido como Purgatorio.

Según la forma o manera en que una persona haya vivido en la Tierra, así será su Purgatorio. Allí están todas las almas que no han entrado todavía en el Cielo o para las cuales Dios no ha decidido todavía su destino final.

En dicho lugar hay distintos niveles. El último se halla cerca del Cielo. El primero, el más bajo y también el más oscuro, se encuentra muy cerca del Infierno.

En ese lugar inferior, las almas que todavía no han caído Allá Abajo y para las cuales todavía hay una oportunidad de salvación, se encuentran en una oscuridad total y absoluta.

Todas las almas del Purgatorio, tanto las del nivel más alto como las del nivel más bajo, están continuamente suplicando, deseando y esperando recibir oraciones, porque a través de las oraciones de sus deudos es como puede fluir y llegar hasta ellas la Luz.

Todas las almas del Purgatorio piden y claman ayuda, intercesión, oración, para que su estancia en ese lugar sea lo más breve posible.

Esas almas tienen que purificarse, arrepentirse y aceptar el amor y la misericordia de Dios, antes de poder continuar su tránsito y su camino de evolución espiritual.

El tiempo de las almas y de los espíritus en general, dado que ya no tienen cuerpo físico, es muy distinto al de nosotros los vivos.

Nosotros medimos el tiempo de una manera artificial, en minutos, horas, días, semanas o años. Para ellos, al contrario, el tiempo transcurre de una manera que es muy difícil de explicar en palabras. Su tiempo cambia según cambia su estado espiritual.

Algunas de las almas del Purgatorio han sido premiadas por Dios de una manera especial. Debido a la sinceridad y al auténtico arrepentimiento que han demostrado, la misericordia divina les ha concedido no sólo acercarse más al Cielo, mientras termina su proceso de purificación y limpieza, sino que además han sido elegidas para orar por todos nosotros, aquí en la Tierra.

En efecto, así como las almas del Purgatorio, todas ellas, necesitan y agradecen nuestras oraciones, también hay un grupo de ellas que se dedican a orar y pedir por nosotros.

A éstas las llamamos Almas Benditas, o Santas Almas; a las que podemos pedir que intercedan por nosotros en cualquier momento de necesidad o tribulación que tengamos.

Les podemos pedir ante una crisis de fe, o por necesidad de una fe más fuerte, por una mejor salud o bienestar, tanto para nosotros como -y esto tiene incluso más mérito- para nuestros seres queridos.

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Hay que aprender a vivir el duelo

La muerte de los seres queridos suele dejar huella. Nos sumerge en un mar de vaivenes, de dudas, de miedos, angustia, pena, dolor, sentimientos encontrados, contradicciones. Pone a prueba la confianza, el amor, la fe. Hace que cuestionemos qué es la vida, qué queremos de ella, cómo queremos vivir, cuáles son nuestras metas.

La muerte no suele dejarnos indiferentes. Marca un antes y un después. El dolor, la pena, y sobre todo, el asumir la muerte del ser querido lleva un tiempo. Podemos vivirla con rechazo, con ira, con rabia; y también, con dulzura, paz y calma. Todo es correcto y válido.

Cuando sabemos que la muerte es cercana, la vida parece que concede un tiempo para asimilar lo que ocurre y aunque ello produzca dolor, permite que podamos vivir el duelo poco a poco; y a la vez, centra, obliga de pronto a evaluar la vida, a cambiar nuestras prioridades, y sobre todo, nos permite cerrar el círculo, acompañar a la persona en su final de la vida. Es un aprendizaje duro y difícil pero lleno de amor.

Como acompañantes, nuestra prioridad es la persona que se marcha. No todas las personas asumen su partida de la misma manera. A veces son conscientes de que la muerte está muy cerca, y no se atreven a hablar de ello por miedo a causar más dolor a sus familiares. Y estos, sabiendo la llegada de la muerte, tampoco se atreven a hablar de ello, por el mismo motivo.

No estamos acostumbrados a hablar de la muerte con naturalidad, como un paso más de la vida, como el final de un ciclo que lleva a uno nuevo. Duele hablar de la muerte, nos revuelve, sentimos que nos rompemos por dentro, y evitamos hacerle frente. No nos damos cuenta que al hacerlo, al dejar de hablar de ella con naturalidad, estamos perdiendo oportunidades únicas de conocernos mejor, de intimar más con la persona que se marcha y descubrir que a pesar del dolor, podemos dar mucho amor, y sobre todo, ayudar desde la serenidad a la persona que se muere.

Una muerte por enfermedad o natural es más «fácil» de vivir que una trágica o inesperada. Nos da tiempo a despedirse, a decir te quiero, te perdono, todo está bien.

Asumir y aceptar la muerte, es más difícil. Pensamos en todos los proyectos que estaban por realizarse, en los deseos que ya no podrán llevarse a cabo. Todo ha desaparecido de repente y ahora qué. Dónde estamos, qué va a pasar con nuestra vida.

Serenidad y calma, unidas al dolor, sentimientos encontrados. Apegos y desapegos, desarraigo, sentirse en una montaña rusa de sentimientos y cuando creemos que lo hemos superado, volvemos a caer. Poco a poco iremos aprendiendo a soltar amarras, a desapegarnos desde el amor y a aprender a vivir sin ellos pero con ellos.

Los seres queridos que han muerto, están en otro plano, en el que no existe el sufrimiento, no hay dolor y si mucho amor. Pero, los que quedamos, ¿qué pasa con nosotros?

El duelo requiere un tiempo, para cada persona y con cada muerte será distinto, hasta que aceptemos e integremos que su muerte. Vivir la vida, no significa que nos olvidemos de ellos, pues siempre estarán presentes; pero estamos aquí y nuestra labor es seguir adelante, por ellos, y por nosotros.

Debemos recordar que no estamos sólos en este proceso. Habrá quienes deseen vivirlo en soledad; otros en cambio, necesitarán hablar de ello, compartir lo vivido. Podemos recurrir a la ayuda de especialistas en la muerte, duelo, psicólogos, personas que han pasado y vivido el mismo proceso que nosotros, asociaciones de duelo, etc.

Cada uno debe elegir el camino que más le ayude a estar en equilibrio y a no debemos olvidar que el estar vivo sigue siendo un regalo y un aprendizaje, que aunque tiene altibajos, merece la pena disfrutar.

El conmovedor fenómeno que un médico descubrió en las personas moribundas a las que asiste

Fuente: BBC News Mundo

Cuando la muerte se acerca podemos encontrar confort y reconciliación en nuestros sueños, dice un médico de cuidados paliativos que estudió las experiencias de pacientes terminales.

Uno de los elementos más devastadores de la pandemia de coronavirus ha sido la incapacidad de cuidar personalmente a los seres queridos que se han enfermado.

Una y otra vez, los familiares en duelo han relatado cuán más devastadora fue la muerte de su ser querido porque no le pudieron tomar la mano para brindar una presencia familiar y reconfortante en sus últimos días y horas.

Algunos tuvieron que decir su último adiós a través de la pantalla de un teléfono móvil que sostenía un trabajador sanitario. Otros recurrieron al uso de walkie-talkies o a saludar a sus familiares a través de las ventanas.

¿Cómo se puede superar el dolor y la culpa abrumadores que surgen cuando se piensa en un ser querido que muere solo?

No tengo una respuesta a esta pregunta. Pero el trabajo de un médico de cuidados paliativos llamado Christopher Kerr, con quien escribí el libro Death Is But a Dream: Finding Hope and Meaning at Life’s End («La muerte no es más que un sueño: encontrar esperanza y significado al final de la vida»), podría ofrecer algún consuelo.

Visitantes inesperados

Al comienzo de su carrera, el doctor Kerr tenía la tarea, como todos los médicos, de atender el cuidado físico de sus pacientes.

Pero pronto notó un fenómeno al que las enfermeras experimentadas ya estaban acostumbradas.

A medida que los pacientes se acercaban a la muerte, muchos tenían sueños y visiones de seres queridos fallecidos que regresaban para consolarlos en sus últimos días.

A los médicos se les capacita para interpretar estos sucesos como alucinaciones delirantes o inducidas por fármacos que podrían justificar más medicación o sedación total.

Pero al ver la paz y el consuelo que estas experiencias del final de la vida parecían proporcionar a sus pacientes, Kerr decidió hacer una pausa y escuchar.

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Un día, en 2005, una paciente moribunda llamada Mary tuvo una de esas visiones: comenzó a mover los brazos como si meciera a un bebé, arrullando a su hijo que había muerto en la infancia décadas antes.

Para Kerr, esto no parecía un deterioro cognitivo. Se preguntó qué pasaría si las propias percepciones de los pacientes al final de la vida tuvieran un impacto en su bienestar de una manera que no debiera preocupar a enfermeras, capellanes y trabajadores sociales.

¿Cómo sería la atención médica si todos los médicos también se detuvieran y escucharan?

Comienza el proyecto

Así, al ver a los pacientes moribundos llamar a sus seres queridos, muchos de los cuales no habían visto, tocado o escuchado durante décadas, comenzó a recopilar y registrar testimonios de quienes estaban muriendo.

A lo largo de 10 años, Kerr y su equipo de investigación registraron las experiencias del final de la vida de 1.400 pacientes y familias.

Lo que descubrió le asombró. Más del 80% de sus pacientes, sin importar el ámbito social, el origen o el grupo de edad del que provenían, tuvieron experiencias al final de la vida que parecían implicar algo más que sueños extraños.

Estas eran vívidas, significativas y transformadoras. Y siempre aumentaron en frecuencia cerca de la muerte.

Incluían visiones de madres, padres y parientes desaparecidos hace mucho tiempo, así como mascotas muertas que regresan para consolar a sus antiguos dueños.

Se trataba de relaciones resucitadas, amor revivido y perdón logrado. A menudo traían consuelo y apoyo, paz y aceptación.

Convertirse en un tejedor de sueños

La primera vez que supe sobre la investigación del doctor Kerr fue en un granero.

Estaba ocupada limpiando el establo de mi caballo. Los establos estaban en la propiedad de Kerr, por lo que a menudo discutíamos su trabajo sobre los sueños y visiones de sus pacientes moribundos.

Me habló de su charla TEDx sobre el tema, así como del proyecto de libro en el que estaba trabajando.

No pude evitar sentirme conmovida por el trabajo de este médico y científico.

Cuando me reveló que no avanzaba mucho con la escritura, me ofrecí a ayudar. Dudó al principio.

Yo era profesora de inglés experta en desarmar las historias que otros escribían, no en escribirlas yo misma.

A su agente le preocupaba que yo no pudiera escribir de forma accesible para el público, algo por lo que los académicos no son exactamente conocidos. Persistí y el resto es historia.

Fue esta colaboración la que me convirtió en escritora.

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Se me encomendó la tarea de inculcar más humanidad en la notable intervención médica que representaba esta investigación científica, para poner un rostro humano a los datos estadísticos que ya se habían publicado en revistas médicas.

Las conmovedoras historias de los encuentros de Kerr con sus pacientes y sus familias confirmaron cómo, en palabras del escritor renacentista francés Michel de Montaigne, «el hombre que enseña a los hombres a morir, al mismo tiempo debe enseñarles a vivir».

Me enteré de Robert, que estaba perdiendo a Barbara, su esposa durante 60 años, y estaba abrumado por sentimientos conflictivos de culpa, desesperación y fe.

Un día inexplicablemente la vio alcanzar al bebé que habían perdido hace décadas, en un breve lapso de sueños lúcidos que se hicieron eco de la experiencia de Mary años antes.

Robert quedó impresionado por el comportamiento tranquilo y la sonrisa de felicidad de su esposa.

Fue un momento de pura plenitud, que transformó su experiencia del proceso de morir.

Barbara estaba viviendo su fallecimiento como una época de amor recuperado, y verla reconfortada le dio a Robert algo de paz en medio de su pérdida irremediable.

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Para las parejas mayores que cuidaba Kerr, estar separados por la muerte después de décadas de unión era simplemente insondable.

Los sueños y visiones recurrentes de Joan ayudaron a reparar la profunda herida que dejó el fallecimiento de su esposo meses antes.

Ella lo llamaba por la noche y señalaba su presencia durante el día, incluso en momentos de lucidez plena y articulada.

Para su hija Lisa, estos hechos significaron que el vínculo de sus padres era inquebrantable. Los sueños y visiones de su madre antes de la muerte ayudaron a Lisa en su propio viaje hacia la aceptación, un elemento clave del procesamiento de la pérdida.

Cuando los niños están muriendo, a menudo son sus amadas mascotas fallecidas las que hacen apariciones.

Jessica, de 13 años, que moría de cáncer óseo, comenzó a tener visiones de su antiguo perro, Shadow. Su presencia la tranquilizó.

«Estaré bien», le dijo al doctor Kerr en una de sus últimas visitas.

Para la madre de Jessica, Kristen, estas visiones, y la tranquilidad resultante de Jessica, le ayudaron a iniciar el proceso al que se había estado resistiendo: el de dejar ir.

Aislado pero no solo

El sistema de salud es difícil de cambiar. Sin embargo, el doctor espera ayudar a los pacientes y sus seres queridos a recuperar el proceso de la muerte desde un enfoque clínico a uno que sea apreciado como experiencia humana única y rica.

Los sueños y las visiones previas a la muerte ayudan a llenar el vacío que, de otro modo, podría ser creado por la duda y el miedo que evoca la muerte.

Ayudan a los moribundos a reunirse con aquellos que han amado y perdido, aquellos que les dieron seguridad, los apoyaron y les trajeron paz.

Curan viejas heridas, restauran la dignidad y reclaman el amor. Conocer esta realidad paradójica también ayuda a los afligidos a afrontar el dolor.

Dado que los hospitales y los hogares de ancianos continúan cerrados a los visitantes debido a la pandemia del coronavirus, puede ser útil saber que los moribundos rara vez hablan de estar solos. Hablan de ser amados y de recomponerse.

No hay sustituto para poder abrazar a nuestros seres queridos en sus últimos momentos, pero puede ser un consuelo saber que se sienten confortados.


*Carine Mardorossian es profesora de inglés en la Universidad de Buffalo, EE.UU.

Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Puedes leer la versión original en inglés aquí.

Las experiencias cercanas a la muerte (2)

En nuestra existencia existe un hecho cierto y comprobable: la muerte. Cruzar la frontera existente entre la encarnación o vida física y la vida real del espíritu.

Ante el hecho de la existencia probada de la muerte corporal, la ciencia psicológica lo más que hace es acercarse tímidamente a ese estado terminal, para, sin recursos científicos suficientes, tratar de ofrecer alguna solución. Pero no hay más solución que la aceptación, y si no hay espíritu, según la ciencia oficial, solo podemos enfrentar a la persona ante una terrible pérdida que le produce angustia temor y agonía: la pérdida de todo lo que es, de sí mismo.

Se ayuda a los familiares en la llamada “terapia del duelo” a superar esa “pérdida”, a alejarse paulatinamente de la angustia de no ver más al ser querido.

La Psicología y la Medicina ante la muerte carecen, por tanto, de recursos que permitan ofrecer consuelo al ser vivo que pronto desaparecerá, tienen que apelar a frases como esta: “Hemos hecho todo lo posible, el resto está en manos de Dios” en el caso que el profesional sea creyente; en otro caso será: “No podemos hacer más, la situación ha llegado a un punto irreversible, lo siento”.

Esa misma ciencia, que se resiste a reconocer el espíritu como una realidad, al no poder medirlo, se queda en el cuerpo perecedero, y cuando éste se degrada, deteriora y desaparece, con él desaparece todo lo que la misma ciencia reconoce.

Han existido, y existen, muchas aproximaciones y estudios, por desgracia no suficientemente estructurados, y mucho menos divulgados, en el sentido de probar la existencia del espíritu y por ello, también la posibilidad de la reencarnación. Hagamos un breve recorrido por ellas:

EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE

Gilgamesh, sumerio, rey de Uruk, en el año 2750  a.C. nos relata en 12 tablillas como él tuvo una experiencia cercana a la muerte, donde fue arrastrado por un túnel para entrar luego al jardín de la vida, rodeado de una luz brillante.

Platón, en el siglo V a.C. cuenta en su obra “La República”, la historia de Er, un soldado que regresó cuando estaba a punto de ser quemado en la pira funeraria y dijo que viajó a la luz con los espíritus guías, con una gran sensación de paz y vio almas en una gran pradera, la Llanura del Olvido, al lado de un gran río con el mismo nombre, preparándose para la vuelta a la vida. Sin saber cómo, se vio de repente a sí mismo, vivo, en la pira a punto de ser quemado.

En el libro de Arda Viraz, persa del siglo IX-X, Viraz, un hombre justo,  toma una poción de mang, beleño y vino y se prepara para viajar al más allá durante siete días. El cree que no volverá, por lo que hace testamento y ejecuta los ritos funerarios para sí mismo. Se duerme y a los siete días se despierta. Cuenta cómo los espíritus reciben su alma después de dejar el cuerpo y juntos suben tres escalones, el de los buenos pensamientos, el de las buenas palabras y el de las buenas acciones, luego recorre el purgatorio, paraíso e infierno. Según la religión mazdeísta (de los persas), no es bueno llorar por los difuntos porque contribuyen a la creación de un gran río que impide que las almas lo atraviesen.

El Papa Gregorio I (San Gregorio Magno, el mismo del famoso “canto gregoriano”) en el siglo VI, expone en su libro “Diálogo sobre la vida y milagros de los padres italianos” tres casos de E.C.M. En uno de ellos, un soldado dice que vio un puente sobre un río humeante que expelía un olor insoportable y que conducía, en el otro extremo, a unas maravillosas praderas verdes, llenas de flores con un aroma delicado y placentero. El puente se ensanchaba para dejar paso a los justos y se estrechaba apara arrojar a los malos al río hediondo. Como vemos, antiguamente la idea del río era muy utilizada.

En el siglo XVIII el sueco Emmanuelle Swedenborg efectuó y divulgó numerosas experiencias cercanas a la muerte y a la comunicación con los muertos. Un arzobispo, dado por muerto, relató, al volver a la vida, todas las conversaciones habidas a su alrededor. Es famosa la anécdota de este sabio al que la reina de Suecia le dijo en tono irónico, con respecto a sus comunicaciones con los desencarnados: “Si ves a mi hermano (que había muerto), salúdale”. A la semana, Swedenborg se acercó a la reina y le susurró unas palabras al oído. La reina se quedó lívida y dijo: “Sólo Dios y mi hermano sabían lo que me acaba de decir”.

Albert Heim, suizo, en el siglo XIX, publicó las experiencias de 30 personas que sobrevivieron a caídas en los Alpes. Todas ellas relataron la calma, la distensión del tiempo y una revisión fugaz de todo su pasado.

En el siglo XX, entre otros muchos, destacamos a:

Vladimir Negovsky, ruso, padre de la técnica de reanimación, reanimó a muchos soldados heridos en el frente durante la Segunda Guerra Mundial, tomando nota de sus explicaciones del trance. Ellos decían que era como un “sueño sin sueños” y a menudo relataban escenas gloriosas en la otra vida. Para él eran percepciones distorsionadas de un cerebro que funciona mal. Su base materialista le impidió llegar a otras conclusiones.

James Hyslop, profesor de lógica, realizó un estudio en enfermos antes de morir, donde, uno o dos días antes del evento, visualizaban apariciones de familiares o amigos fallecidos que actuaban como guías para el más allá. Ernesto Bozzano, médico, llega a casi las mismas conclusiones en sus estudios.

Sir William Barrett, médico, expresó que el moribundo tiene la sensación de abandonar su cuerpo y sus familiares percibían su aparición, una vez desencarnado.

Karlis Osis, psicólogo, a través de observaciones de médicos y enfermeros que trabajaban con agonizantes así como del efecto de los medicamentos en la frecuencia de las visiones, constató que éstos no incidían en la citada frecuencia. Las visiones en personas normales generalmente eran visuales y en aquellos que sufrían algún tipo de trastorno mental eran fundamentalmente auditivas. Los relatos incluían la aparición de figuras fantasmales que se presentaban para hacer compañía en el último viaje. Una tercera parte tuvo experiencias negativas debido a la resistencia a ver apariciones o al terror provocado por las mismas.

Citemos asimismo al famoso psiquiatra Karl Jung quien, en 1944, al sufrir un infarto, tuvo la visión de dejar el planeta desde una perspectiva panorámica, casi astronáutica.

El psiquiatra Russell Noyes, al recopilar 104 casos de personas que habían pasado por situaciones gravemente amenazantes para su vida, analizó tres etapas:

1)Resistencia.- Reconocimiento del peligro, miedo a morir, lucha por la vida, aceptación de la muerte.

2)Revisión de la vida.- Generalmente con sentimiento de paz, se revive de forma condensada y panorámica, asociado a sensación de estar fuera del cuerpo.

3)Trascendencia.- Estados de conciencia místicos, se trasciende el tiempo, el espacio y su propia identidad personal, en medio de felicidad.

Y quién no ha oído hablar del psiquiatra Raymond A. Moody y su famoso libro “Vida después de la vida”, donde se ofrecen testimonios de personas clínicamente muertas.

Moody estableció una “tabla” de sensaciones y percepciones, que detallaremos a continuación:

CARACTERÍSTICAS COMUNES DE LAS E.C.M.

1º.- Se experimenta la muerte clínica. Falta de oxígeno al cerebro.

2º .-Audición de voces de médicos y o familiares, zumbidos y/o sones de campanas.

3º.- Movimiento a lo largo de un túnel, que tiene al final una luz brillante.

4º.-Sensación de estar fuera del cuerpo y observación de lo que se hace con él.

5º.- Sensación de éxtasis o elevación y experimentación de fenómenos telepáticos, visualización de espíritus de familiares muertos que actúan como guías.

6º.-Unión con una luz brillante.

7º.- Rápida visualización de experiencias de la vida pasada.

8º.- Re-entrada en el cuerpo y recuperación de la conciencia.

La mayoría de estas experiencias suelen ser positivas, pues las personas supervivientes se suelen volver más espirituales, se interesan más por los demás, aprecian intensamente la vida, disminuye su temor a la muerte, son menos materialistas y competitivos.

Las cuatro fases de la salida del alma

Según las experiencias y los escritos de la doctora Elizabeth Kübler-Ross, obtenidas tras examinar numerosas experiencias  de casi muerte (que la ciencia llama ECM, o Experiencias Cercanas a la Muerte), la salida del alma se produce en cuatro fases, que en este artículo vamos a detallar.

Primera Fase

Las personas salen flotando de su cuerpo.

Ya sea porque mueran en la mesa del quirófano, en accidente o en suicidio, todas dicen haber estado totalmente conscientes del escenario donde estaban sus cuerpos. La persona sale volando como la mariposa que sale de su capullo y adopta una forma etérea.

Sabe lo que está ocurriendo, escucha las conversaciones de los demás, puede contar el número de médicos que intentaban reanimarla o veía los esfuerzos del equipo de rescate para sacarla de entre las partes comprimidas del auto. Unos cuentan lo que dijeron sus familiares reunidos alrededor de su cama en el momento de la muerte.

En esta primera fase se experimenta la salud total. Personas ciegas vuelven a ver. Paralíticos se mueven sin dificultad. Las personas prefieren continuar muertas a volver a la realidad.

Segunda Fase

Las personas que ya salieron de sus cuerpos se encuentran en un estado de espíritu y energía.

Les consuela descubrir que ningún ser humano muere solo. Sea cual sea el lugar donde hayan muerto o la forma en que ocurrió, son capaces de ir a cualquier parte a la velocidad del pensamiento. Se puede desplazar al lugar donde se encuentran los familiares apenados por la muerte, así estén al otro lado del mundo. Algunos, al ser trasladados en ambulancias, visitan a los amigos en sus lugares de trabajo

Esta es la fase más consoladora para las personas que lloran la muerte de un ser querido, sobre todo si ha ocurrido una muerte trágica y repentina. Cuando una persona se ha estado marchitando poco a poco durante un período de tiempo, apagándose progresivamente o padeciendo una más o menos larga agonía, los familiares tienen tiempo para prepararse para su muerte. Pero si la persona muere en un accidente o tragedia (avión, automóvil, desastre natural, etc.), no es tan fácil. La persona que muere está tan confundida como sus familiares, y en esta fase tiene tiempo para comprender lo ocurrido.

En esta fase se encuentran también con sus ángeles guardianes, guías o compañeros de juego, como les llaman los niños. Estos los consuelan con amor al morir y los llevan con sus amigos o familiares muertos anteriormente. Son momentos de alegre reunión, conversación, puesta al día y abrazos.

Tercera Fase

Guiada por los ángeles de la guarda, la persona pasa a la tercera fase, entrando en un túnel o puerta de paso que puede tener diferentes imágenes: puentes, paso de montaña, o el paisaje o la escena que a la persona le resultaba más agradable en vida, creado con su energía psíquica. A final se ve una luz brillante.

Al acercarse más a la luz se nota que ésta irradia un intenso y agradable calor, energía y espíritu de una fuerza arrolladora. Allí se siente entusiasmo, paz, tranquilidad y la expectación de llegar por fin a casa. Esta luz es la fuente última de la energía del Universo, que envuelve con un amor arrollador, la forma más pura de amor, el amor incondicional. Esta es la razón por la que nadie desea regresar a su cuerpo físico.

Para los que volvieron a la vida en la Tierra, tras una resucitación, por los paramédicos o en el quirófano, esta experiencia influyó profundamente en sus vidas. Algunos recibieron un gran conocimiento, otros regresan con advertencias proféticas y otros con nuevas percepciones. Pero todos hicieron el mismo descubrimiento: ver la luz les hizo comprender que solo hay una explicación del sentido de la vida, y esa es el amor.

Cuarta Fase

Aquí se encuentran con Dios, la Fuente Suprema, fuente de todo el conocimiento que existe, pasado, presente y futuro, un conocimiento sin juicios, solamente amoroso.

Los que se materializan en esta fase ya no necesitan su forma etérea, se convierten en energía espiritual, la forma que adoptan los humanos entre una vida y otra y cuando han completado su destino. Experimentan la unicidad, la totalidad o integración de la existencia.

En este estado la persona hace una revisión de su vida, proceso en el que se ven todos los actos, palabras y pensamientos de su existencia.

Se les hacen comprender los motivos de todos sus pensamientos, decisiones y actos y ven de qué modo éstos afectaron a otras personas, incluso a desconocidos. La persona ve como podía haber sido su vida con toda la capacidad en potencia que poseía.  En ese punto, comprende que las vidas de todas las personas están interrelacionadas, entrelazadas, que todo pensamiento o acto tiene repercusiones en todos los demás seres vivos del planeta, a modo de reacción en cadena.

El mayor regalo de Dios al hombre es el libre albedrío. Pero esta libertad exige responsabilidad, la responsabilidad de elegir lo correcto, lo mejor, lo más considerado y respetuoso; tomar decisiones que beneficien al mundo, que mejoren la humanidad.

En esta fase se pregunta : «¿Qué servicio has prestado?». Es la pregunta más difícil de contestar, exige repasar lecciones y decisiones que se han tomado en vida, para ver si fueron las mejores. Aquí se descubre si se han aprendido o no las lecciones que se debían aprender, de las cuales la principal y definitiva es el amor incondicional.

Consideraciones

La conclusión básica de todo esto es que todos los seres humanos, al margen de nacionalidad, riqueza o pobreza, tenemos necesidades, deseos y preocupaciones similares. No existe nadie cuya mayor necesidad no sea el amor. El verdadero amor incondicional. Éste se puede encontrar en el matrimonio o en un simple acto de amabilidad hacia alguien que necesita ayuda.

No hay forma de confundir el amor, se siente en el corazón, es la fibra común de la vida, la llama que nos calienta el alma, que da energía a nuestro espíritu y pasión a nuestra vida. Es nuestra conexión con los demás.

Toda persona pasa por dificultades en su vida. Algunas son grandes y otras no parecen tan importantes. Son las lecciones que hemos de aprender. Eso lo hacemos eligiendo.

Para llevar una buena vida y tener una buena muerte, hemos de tomar nuestras decisiones teniendo por objetivo el amor incondicional y preguntándonos: ¿Qué servicio voy a prestar con esto?

Tenemos la libertad de elegir, de desarrollarnos, crecer y amar. La vida es una responsabilidad y está llena de opciones. Cada persona elige si sale de la dificultad aplastada o perfeccionada.