Hay asuntos sobre los que me resulta extraordinariamente difícil escribir sin que la indignación se abra paso entre las palabras. No porque me falten argumentos, sino porque hay realidades que desbordan cualquier intento de explicación racional. Después de tantos años escuchando testimonios, acompañando personas heridas, leyendo historias que jamás deberían haber ocurrido y conociendo algunos de los rincones más oscuros del alma humana, sigo sintiendo exactamente la misma perplejidad que sentía cuando era joven.
Será por mi edad, por mi educación o simplemente porque nunca he logrado acostumbrarme al sufrimiento ajeno; pero me cuesta comprender que existan hombres, muchos de ellos perfectamente integrados en la sociedad, con profesiones respetables, con familias aparentemente normales e incluso con una imagen pública intachable, que sean capaces de considerar a una mujer como un objeto de su propiedad, como un cuerpo disponible para satisfacer sus deseos, sus frustraciones o sus obsesiones. Y todavía me resulta más insoportable aceptar que algunos hayan dirigido esa misma violencia contra niños, niñas o incluso bebés absolutamente indefensos. Hay momentos en los que uno siente que la inteligencia se queda sin recursos y sólo permanece el silencio.
La cosificación
Siempre que aparece un caso especialmente terrible surgen las mismas preguntas. ¿Estamos ante una enfermedad mental? ¿Ante una perversión sexual? ¿Es consecuencia de una educación deficiente, de una cultura machista, del consumo de alcohol o drogas, de una personalidad psicopática? La ciencia intenta responder a estas cuestiones, y hace bien en hacerlo, porque comprender los mecanismos psicológicos y sociales ayuda a prevenir, detectar y tratar muchos comportamientos violentos; sería absurdo despreciar ese conocimiento. Sabemos que existen trastornos de personalidad, impulsividad, historias de abusos previos, procesos de deshumanización, consumo de sustancias que eliminan frenos morales y una larga lista de factores que pueden favorecer determinadas conductas. Todo eso existe y debe estudiarse con seriedad. Pero, aun reconociendo todo ello, sigo teniendo la impresión de que esas explicaciones no alcanzan a describir completamente el fenómeno.
Porque hay algo que, a mi modesto entender, escapa a las estadísticas y a los diagnósticos clínicos. Hay un instante, un momento preciso, en el que alguien deja de ver delante de sí a una persona. Deja de percibir su dignidad, su sufrimiento, su miedo y su libertad y la convierte en una cosa. Y cuando un ser humano se convierte en una cosa para otro, prácticamente cualquier barbaridad resulta posible. Mucho antes del abuso físico, ya ha existido un abuso moral; mucho antes de la agresión, ya ha desaparecido la compasión; mucho antes del crimen, ya se ha producido una ruptura interior que convierte al otro en un simple instrumento.
¿Libertad sin límites?
Y es que vivimos en una sociedad que habla constantemente de libertad, pero muy pocas veces habla del dominio de uno mismo. Confundimos con demasiada frecuencia el deseo con el derecho. Se nos repite hasta la saciedad que debemos satisfacer nuestros impulsos, que toda frustración es negativa, que cualquier límite es una forma de represión. Y así, poco a poco vamos construyendo una cultura en la que el autocontrol parece una virtud anticuada y donde el placer ocupa el lugar que antes pertenecía a la responsabilidad. Evidentemente, no toda persona educada en ese ambiente terminará convirtiéndose en un agresor; pero tampoco podemos fingir que la cultura en la que vivimos no influye en la manera en que aprendemos a mirar a los demás.
Después tenemos a la pornografía convertida en escuela sentimental para millones de adolescentes, o de muchos adultos traumatizados por las más diversas razones; la banalización constante del cuerpo, la violencia consumida como entretenimiento, el culto a la dominación disfrazado de seducción… y todo ello en el entorno de una industria multimillonaria que, en demasiadas ocasiones, alimenta precisamente esa idea de que las personas existen para ser utilizadas. No digo que quien consume esos contenidos vaya a convertirse automáticamente en un delincuente. No sería cierto. Pero sí creo que, cuando una sociedad normaliza la cosificación del ser humano, está preparando el terreno para que determinadas mentes enfermas encuentren cada vez menos obstáculos interiores.
La difícil explicación
Y entonces aparece inevitablemente la pregunta que llevo haciéndome desde hace muchos años, una pregunta que probablemente incomode tanto a creyentes como a no creyentes: ¿Existe solamente una explicación psicológica y social para estas atrocidades? ¿O existe también una dimensión espiritual del mal que rara vez nos atrevemos a contemplar? Con toda mi experiencia de muchos años escuchando historias humanas extraordinariamente complejas, no puedo responder a esa cuestión con ligereza. No puedo atribuir cualquier crimen a la influencia del demonio; de hecho, llevo años insistiendo precisamente en lo contrario: no todo son demonios. La inmensa mayoría de los casos que atiendo tienen explicaciones humanas, emocionales, psicológicas o psiquiátricas. El discernimiento exige prudencia y honestidad.
Sin embargo, tampoco puedo ignorar que existe una oscuridad moral cuya profundidad me sigue impresionando. Llámenla maldad humana, corrupción del alma o, si se prefiere un lenguaje religioso, influencia del Maligno. El nombre cambia poco; lo verdaderamente inquietante es comprobar que hay personas que parecen haber perdido casi por completo la capacidad de sentir compasión. Y cuando la compasión desaparece, el mal encuentra un terreno extraordinariamente fértil para crecer.
Dignidad inalienable
Llegados a este punto, considero que el auténtico combate no consiste únicamente en endurecer las leyes, aunque muchas veces sea necesario. Tampoco basta con mejorar la educación sexual, aunque también haga falta, muchísima falta. Ni siquiera basta con reforzar la atención psiquiátrica, aunque resulte imprescindible. Todo eso ayuda y debe hacerse; pero el problema es todavía más profundo. Se trata, en definitiva, de volver a enseñar algo que debería ser la base de cualquier civilización digna de ese nombre: que cada ser humano posee una dignidad inalienable, una cualidad que nadie tiene derecho a profanar; que una mujer no es una propiedad; que un niño no pertenece a ningún adulto, y que el cuerpo jamás puede separarse de la persona que lo habita.
Esa es la gran enfermedad de nuestro tiempo: no sólo la violencia, sino la pérdida de la mirada. Hemos aprendido a mirar cuerpos, estadísticas, perfiles, fotografías y pantallas, pero estamos olvidando mirar personas. Y cuando dejamos de reconocer en el otro a un igual, cuando deja de dolernos su dolor, cuando su sufrimiento deja de importarnos, entonces ya hemos dado el primer paso hacia una forma de oscuridad que ningún código penal, por sí solo, conseguirá erradicar.
Autodestrucción
No tengo una respuesta definitiva para todas estas preguntas; ojalá la tuviera. Sólo conservo la certeza de que cada vez que un hombre humilla, viola, golpea o destruye a otro ser humano, algo profundamente humano muere también dentro de él. Y esa es una de las manifestaciones más terribles del mal; porque antes de destruir a la víctima, ese mal ya ha comenzado destruyendo al propio agresor.
®Josep Riera -2026