Cuando alguien pretende cobrar por acercarte a Dios



No me preocupa la inteligencia artificial. La considero una herramienta extraordinaria que, bien utilizada, puede acercar el conocimiento, facilitar el aprendizaje e incluso ayudar a muchas personas en su crecimiento humano y espiritual. Tampoco me escandaliza que una inteligencia artificial pueda responder preguntas sobre Jesús, María, los santos o cualquier tradición religiosa. Lo verdaderamente preocupante comienza cuando alguien decide convertir esa supuesta cercanía con lo sagrado en un producto de pago. Ahí es donde, en mi opinión, dejamos de hablar de tecnología y empezamos a hablar de otra cosa mucho más delicada: de la comercialización de la esperanza.

Durante siglos, la Iglesia condenó una práctica conocida como simonía, llamada así por Simón el Mago, aquel personaje de los Hechos de los Apóstoles que pretendió comprar con dinero los dones del Espíritu Santo. La respuesta de san Pedro fue tajante: los dones de Dios no se compran ni se venden. Esa enseñanza sigue teniendo hoy una enorme vigencia. Porque cuando alguien cobra por ofrecer un supuesto acceso privilegiado a Dios, a los santos o a cualquier experiencia espiritual, está cruzando una línea muy peligrosa. No está cobrando por un libro, por una conferencia o por el tiempo dedicado a desarrollar una herramienta informática. Está poniendo precio a una necesidad profundamente humana: la búsqueda de consuelo, de orientación y de trascendencia.

Y ahí es donde siento una profunda incomodidad. Porque Dios nunca ha necesitado intermediarios de pago. La oración nunca ha tenido tarifa. La fe nunca ha dependido de una suscripción mensual. Los evangelios nos muestran una y otra vez a Jesús acercándose gratuitamente a quienes sufrían, consolando a los desesperados, escuchando a los marginados y recordando que el Reino de Dios no estaba reservado para quienes podían pagar por él. Precisamente por eso resulta tan inquietante que, dos mil años después, aparezcan iniciativas que convierten esa experiencia espiritual en un servicio premium.

No se trata de demonizar la tecnología ni de impedir que existan aplicaciones, asistentes virtuales o recursos digitales relacionados con la religión. El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre una herramienta educativa y la promesa de una experiencia espiritual personalizada que solo está al alcance de quien puede pagarla. Porque entonces ya no estamos vendiendo tecnología. Estamos vendiendo la ilusión de una cercanía especial con lo divino. Y eso, además de éticamente discutible, se acerca peligrosamente a aquello que el cristianismo siempre llamó simonía.

Vivimos en una sociedad donde parece que todo puede convertirse en mercancía: el tiempo, la atención, las emociones, la salud mental y ahora también la espiritualidad. Pero precisamente por eso conviene recordar que hay cosas cuyo valor desaparece en el mismo instante en que intentamos ponerles un precio. La fe es una de ellas. La esperanza es otra. Y el encuentro sincero con Dios, para quien cree, pertenece a ese ámbito de la gratuidad más absoluta.

En este punto, la pregunta ya no es si la inteligencia artificial puede hablar de Dios; claro que puede hacerlo. La verdadera cuestión es si nosotros estamos dispuestos a aceptar que alguien haga negocio administrando aquello que, según el propio Evangelio, nunca debió venderse. Porque el día en que dejemos de sorprendernos por eso, tal vez habremos olvidado una de las enseñanzas más sencillas y más profundas del cristianismo: que el amor de Dios no tiene precio, no admite tarifas y jamás debería convertirse en un producto de mercado.

®Josep Riera -2026

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