Vivimos una época en la que las palabras se utilizan con una ligereza que, lejos de aclarar las ideas, termina por confundirlas. Se habla de religión y de espiritualidad como si fueran sinónimos, se mezclan conceptos que tienen naturalezas muy distintas y, al hacerlo, se crea una enorme confusión que acaba beneficiando a quienes desean utilizar cualquiera de las dos como instrumento de influencia, de poder o de negocio. No me preocupa tanto que una persona sea creyente, religiosa o profundamente espiritual. Lo que realmente me inquieta es esa tendencia, cada vez más frecuente, a presentar una cosa como si fuera la otra, borrando deliberadamente las diferencias para construir discursos que apelan más a la emoción que al discernimiento.
La religión y la espiritualidad pueden encontrarse, pueden enriquecerse mutuamente e incluso caminar de la mano, pero no son la misma realidad. La religión nace de una tradición concreta, de unos dogmas, de unos textos considerados sagrados, de unos ritos, de unas instituciones y de una comunidad de creyentes que comparte una determinada manera de entender a Dios, al ser humano y al mundo. La espiritualidad, en cambio, pertenece a un ámbito mucho más íntimo y profundo. Es la búsqueda personal de sentido, el anhelo de trascendencia, la necesidad de comprender quiénes somos y qué hacemos aquí. Puede vivirse dentro de una religión, por supuesto, pero también fuera de cualquier estructura religiosa. Y precisamente por eso no debería quedar subordinada a ninguna ideología, partido político, movimiento económico ni estrategia comercial.
A lo largo de mi vida he conocido personas profundamente religiosas que apenas mostraban interés por su crecimiento interior, y del mismo modo he encontrado hombres y mujeres sin afiliación religiosa cuya vida estaba impregnada de una espiritualidad sincera, humilde y transformadora. Esa experiencia me ha enseñado que la espiritualidad no depende del número de oraciones pronunciadas, de los símbolos que uno lleva al cuello ni de la pertenencia a una determinada confesión. Se manifiesta, sobre todo, en la capacidad de amar, de comprender, de perdonar, de cultivar la compasión y de vivir con honestidad. Todo lo demás puede ser importante para quien lo practica, pero no constituye, por sí solo, una prueba de verdadera vida espiritual.
Por eso observo con cierta preocupación cómo, en los últimos tiempos, proliferan iniciativas que presentan como «espiritual» aquello que en realidad responde a intereses religiosos, comerciales o incluso políticos. Se ofrecen experiencias envueltas en un lenguaje aparentemente universal, pero profundamente condicionado por una determinada visión del mundo. Se utilizan símbolos religiosos como herramientas de marketing, se comercializan figuras consideradas sagradas, se recurre a asesores espirituales cuya función termina mezclándose con la estrategia política, y todo ello acaba generando la impresión de que religión y espiritualidad forman parte de una misma realidad indivisible. No lo son. Y confundirlas solo empobrece a ambas.
La paradoja es que también ocurre el fenómeno contrario. Muchas corrientes llamadas «espirituales» rechazan cualquier forma de religión, pero acaban creando sus propios dogmas, sus gurús intocables, sus verdades absolutas y sus mecanismos de dependencia emocional o económica. Cambian los nombres, cambian los símbolos y cambian los escenarios, pero el funcionamiento termina siendo sorprendentemente parecido. Al final, el ser humano parece tener una extraordinaria facilidad para convertir cualquier camino de búsqueda en una estructura de poder.
Quizá el verdadero problema no sea la religión ni la espiritualidad, sino nuestra constante necesidad de apropiarnos de ellas para ponerlas al servicio de otros intereses. Cuando la fe se convierte en propaganda, cuando la espiritualidad se transforma en producto de consumo o cuando cualquiera de las dos se utiliza para influir en la vida pública, deja de ser un camino hacia la verdad para convertirse en un instrumento de persuasión. Y en ese momento ya no importa tanto si el mensaje procede de un púlpito, de una consulta esotérica, de una campaña política o de una plataforma tecnológica. Lo esencial es preguntarse siempre a quién beneficia esa confusión y qué se pretende conseguir con ella.
Yo sigo creyendo que la auténtica espiritualidad es silenciosa. No necesita imponerse, convencer a nadie ni ocupar espacios de poder. No exige cuotas, no reclama privilegios y tampoco busca gobernar la conciencia de los demás. Su fuerza reside precisamente en lo contrario: en la libertad. Porque una espiritualidad auténtica no fabrica seguidores; ayuda a que cada persona aprenda a caminar por sí misma. Y quizá ahí resida la diferencia más profunda entre quien busca sinceramente la verdad y quien simplemente desea utilizar lo sagrado para alcanzar otros fines.
®Josep Riera -2026