Escribir para el silencio

Hay días en los que no tengo ganas de escribir. No porque me falten ideas; sucede justamente lo contrario. A mi edad las ideas ya no llegan atropelladamente como cuando era joven; llegan despacio, reposadas, después de haber convivido mucho tiempo con ellas. Son pensamientos que han madurado durante años, a veces durante décadas, y que un día, sin previo aviso, sienten la necesidad de convertirse en palabras. Sin embargo, hay ocasiones en las que me siento delante del ordenador, miro la pantalla en blanco y me pregunto, con una sinceridad que a veces duele: «¿Para quién estoy escribiendo?». No es una pregunta retórica ni un gesto de falsa modestia. Es una duda real, nacida del silencio que suele recibir aquello en lo que pongo más tiempo, más reflexión y más parte de mí mismo.

Durante muchos años pensé que escribir consistía en comunicar. Tal vez porque crecí en el periodismo, cuando un artículo tenía todavía la capacidad de generar conversación, de despertar cartas al director, de provocar encuentros y desencuentros, de obligar a pensar. Recuerdo aquellos tiempos con una mezcla de nostalgia y gratitud. No porque fueran mejores en todo, sino porque existía una especie de pacto silencioso entre quien escribía y quien leía. El lector aceptaba dedicar unos minutos de su vida a seguir el hilo de un razonamiento; el escritor procuraba que ese tiempo hubiera valido la pena. Era un intercambio honesto.

Hoy ese pacto parece haberse roto. Vivimos rodeados de palabras y, paradójicamente, cada vez hay menos espacio para leerlas con calma. Todo debe ser inmediato, breve, impactante, fácil de consumir y, sobre todo, rápidamente olvidable para dejar sitio a lo siguiente. Les pongo a ustedes solamente un ejemplo: Publico un ensayo en mi blog, lo comparto en Facebook, incluso a veces lo copio íntegro para que nadie tenga la excusa de no querer abrir un enlace externo. Y, aun así, apenas ocurre nada. Ni comentarios, ni preguntas, ni debate. Solo un silencio que, al principio, atribuía a los algoritmos y que con el tiempo he comprendido que también tiene mucho que ver con una sociedad que ha ido perdiendo el hábito de detenerse a leer, a pensar, a reflexionar.

No culpo a nadie, sería demasiado fácil hacerlo. Cada época tiene sus virtudes y sus miserias, y quizá quienes vengan detrás de nosotros encuentren defectos en aquello que hoy damos por normal. Pero no puedo negar que, a veces, ese silencio me hiere. No por vanidad, ni porque necesite aplausos, sino porque uno acaba sintiendo que ha dedicado horas, o días enteros, a construir un puente que nadie parece dispuesto a cruzar.

Supongo que esto también forma parte del envejecimiento. No me refiero al cuerpo, que inevitablemente reclama sus pausas, sus gafas, sus operaciones y sus cuidados. Me refiero al envejecimiento de un oficio. He tenido la extraña fortuna, o según se mire la extraña condena, de vivir varias épocas de la comunicación. Conocí el olor de las rotativas, el sonido de las máquinas de escribir, las madrugadas de cierre en un periódico, la magia de la radio cuando todavía era capaz de reunir familias enteras alrededor de una voz, la televisión, los primeros años de Internet, la constante evolución de las cámaras fotográficas, los computadores, los teléfonos celulares y el nacimiento de las redes sociales. Junto con todos estos cambios, he ido viendo cómo la palabra escrita iba perdiendo terreno frente a la imagen, cómo la imagen terminaba cediendo espacio al vídeo y cómo incluso el vídeo parecía demasiado largo si superaba unos pocos segundos.

Por todo ello, a veces tengo la sensación de que no pertenezco a esta época. Lo confieso sin dramatismos. Quizá por eso vuelvo tantas veces a Hermann Hesse y a su Lobo estepario. Comprendo esa sensación de caminar por calles llenas de gente y, sin embargo, sentirse extranjero. No porque me sienta o crea ser mejor que los demás, Dios me libre; sino porque hablo un idioma interior que cada vez menos personas parecen entender. Ese idioma no está hecho de palabras difíciles, sino de paciencia, de silencio, de contemplación y de preguntas que no buscan una respuesta inmediata.

También sé que en este estado de ánimo influye mi propia vida. La soledad no es solo la ausencia de compañía; es, muchas veces, la ausencia de un primer lector. Echo de menos, en ocasiones, la posibilidad de terminar un texto y decirle a alguien: «Léelo cuando tengas un momento; dime qué te ha parecido». Exceptuando las ocasiones en las que, a distancia, lo comparto con mi hijo, ahora ese diálogo ocurre casi siempre dentro de mí. Tal vez por eso escribir se ha convertido en un acto todavía más íntimo, más parecido a una conversación con mi propia conciencia que a un intento de convencer a nadie.

Y, sin embargo, sigo escribiendo.
Esa es la paradoja que, lo reconozco, más me desconcierta. Hay días en los que afirmo que nadie lee, que nadie quiere detenerse, que la palabra ha perdido su lugar. Y sin embargo, al día siguiente vuelvo a sentarme frente al teclado para corregir un capítulo de uno de los varios libros que estoy escribiendo, recuperar un recuerdo de hace cuarenta años o añadir una reflexión, una idea o un párrafo entero a uno de esos libros. ¿Por qué lo hago? Durante mucho tiempo pensé que escribía para los demás. Hoy sospecho que esa no es toda la verdad. Escribo porque necesito poner orden en mi memoria, porque hay experiencias que solo encuentran su verdadero significado cuando son narradas, y porque escribir me obliga a mirar mi propia vida con una sinceridad que pocas cosas consiguen.

Quizá ese sea el verdadero regalo que me ha hecho esta etapa de mi vida: comprender que un ensayo, un artículo de opinión o incluso un libro entero, no dependen únicamente del número de personas que los lean. También dependen de la honestidad con la que fueron escritos. Hay textos que nacen para ocupar unos minutos en una pantalla y desaparecer al cabo de unas horas. Otros nacen para permanecer en silencio durante años, esperando al lector adecuado. No sé cuál será el destino de los míos. Tal vez sean leídos por muy pocas personas. Tal vez un día alguien encuentre uno de ellos en una estantería, lo abra por casualidad y descubra entre sus páginas algo que le ayude a comprender mejor su propia vida. Si eso ocurriera una sola vez, ya habría valido la pena.

Hace poco comprendí que lo que estaba viviendo tenía un nombre. No tengo mejor forma de definirlo que diciendo que era un duelo. Un duelo literario. El duelo por un mundo donde la lectura ocupaba un lugar distinto; por una forma de comunicar que se desvanece; por unos lectores que quizá ya no existen en el número que yo imaginaba. Pero todos los duelos, si uno los atraviesa con serenidad, terminan transformándose. No devuelven aquello que se ha perdido, pero enseñan a mirar de otra manera.

Por eso hoy ya no escribo esperando vencer al algoritmo ni conquistar las redes sociales. Escribo porque esa ha sido siempre mi manera de respirar por dentro. Escribo porque las palabras me han acompañado desde que era un muchacho en Ibiza hasta este hombre de setenta años que vive en el sur de Chile. Escribo porque aún creo que una frase puede consolar, una historia puede iluminar y una reflexión puede sembrar una duda fecunda en el corazón de alguien.

Y si nadie la lee… también estará bien. Porque, al fin y al cabo, escribir nunca fue únicamente un diálogo con los demás. También ha sido, desde el principio, un diálogo conmigo mismo.

Quién lo lea, perfecto.

Y, en todo caso, ahí quedará.

®Josep Riera -2026

Deja un comentario