¿Quién soy yo?

La búsqueda de identidad en tiempos de Otherkin, Therians y comunidades virtuales

A mis setenta años, pocas cosas consiguen sorprenderme ya. Después de una vida dedicada al periodismo y a la investigación, de haber recorrido medio mundo, de haber conocido personas de las más diversas culturas, religiones e ideologías, y de haber dedicado durante décadas buena parte de mi tiempo al estudio del ser humano, de la mente, de la espiritualidad y de esos territorios fronterizos donde se encuentran la psicología, la religión y el misterio, uno acaba creyendo que ya ha visto casi todo. Sin embargo, la realidad siempre encuentra la manera de recordarnos que nunca deja de reinventarse.

Hace un par de días leí un reportaje sobre el creciente fenómeno de los llamados Otherkin, personas que afirman identificarse parcial o totalmente y/o sentir una profunda conexión con criaturas mitológicas, seres fantásticos tales como dragones, unicornios, hadas, elfos o duendes, o incluso con entidades no humanas. Antes fueron los Therian, que sienten una profunda identificación con determinados animales. En cualquier momento aparecerá probablemente otra comunidad distinta con otro nombre diferente. Las redes sociales tienen esa extraordinaria capacidad para crear, multiplicar y difundir nuevos movimientos culturales a una velocidad que quienes nacimos en otra época apenas somos capaces de asimilar.

No escribo estas líneas para ridiculizar a nadie. Tampoco para juzgar a quienes viven estas experiencias. Sería profundamente injusto hacerlo. Detrás de cada persona siempre existe una historia que desconocemos, unas necesidades emocionales que quizá nunca lleguemos a comprender y una búsqueda de sentido que merece respeto. Lo verdaderamente interesante no es preguntarse por qué alguien afirma sentirse un lobo, un dragón, un elfo o un hada, o cualquier otra criatura fantástica. La verdadera pregunta es mucho más profunda: ¿qué está ocurriendo para que miles de jóvenes necesiten construir su identidad apoyándose en personajes, símbolos o comunidades virtuales, en lugar de hacerlo sobre la realidad cotidiana de sus propias vidas?

Creo sinceramente que ésta es una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. La identidad siempre ha sido una tarea difícil. También lo fue para mi generación. Nadie nace sabiendo quién es. Todos hemos tenido que descubrirlo poco a poco. La adolescencia siempre ha sido una etapa de dudas, inseguridades, contradicciones y búsquedas. La diferencia es que nosotros recorríamos ese camino prácticamente solos. No existía internet, no existían teléfonos móviles, no había redes sociales, y mucho menos había algoritmos que nos dijeran continuamente quiénes podíamos ser o a qué grupo debíamos pertenecer. Fuimos hijos de una época mucho más austera, quizá más dura, pero también más sencilla. Nuestra identidad se fue formando lentamente a través de los estudios, del trabajo, de las amistades, de los fracasos, de los primeros amores, de los errores cometidos y de las responsabilidades que poco a poco íbamos asumiendo. Nadie nos regalaba un sentimiento de pertenencia: había que ganárselo.

Cuando echo la vista atrás recuerdo que, siendo muy joven, empecé a trabajar mientras estudiaba, leía cuanto podía caer en mis manos, escribía, viajaba cuando las circunstancias lo permitían y procuraba aprender de cada persona que encontraba en el camino. No fue una vida fácil. Como tampoco lo fue para millones de personas de mi generación. Pero precisamente ese esfuerzo fue construyendo nuestra personalidad. Descubríamos quiénes éramos haciendo cosas, no imaginando que éramos otra cosa distinta. Nuestra identidad nacía del compromiso con la realidad, no de la huida hacia mundos imaginarios.

Quizá por eso me produce cierta tristeza observar que muchos jóvenes actuales parecen vivir una situación completamente distinta. No porque sean peores que nosotros. Sería absurdo afirmar algo así. Cada generación tiene sus fortalezas y sus debilidades. Pero sí percibo que muchos crecen en una sociedad donde casi todo gira alrededor de la imagen, de la aceptación inmediata y del reconocimiento constante por parte de los demás. Las redes sociales no solo permiten mostrar quién eres; también ofrecen infinitas posibilidades para reinventarte, reinterpretarte o incluso convertirte en alguien completamente diferente. Y cuanto más extraordinaria resulta esa nueva identidad, mayor suele ser la atención que recibe.

Los algoritmos (*) conocen muy bien el funcionamiento del cerebro humano: premian aquello que genera emoción, sorpresa o impacto. Si un adolescente comienza a interesarse por un determinado contenido, enseguida aparecerán cientos de vídeos similares, miles de personas con las mismas inquietudes y comunidades enteras dispuestas a darle la bienvenida. Lo que hace apenas unas décadas habría sido una fantasía íntima o una etapa pasajera puede convertirse hoy, en muy poco tiempo, en una identidad compartida y reforzada constantemente por millones de visualizaciones, comentarios y seguidores.

No me preocupa tanto que existan estas comunidades como el hecho de que muchas personas parezcan necesitar desesperadamente pertenecer a alguna de ellas para sentirse alguien. Esa necesidad de pertenencia siempre ha existido. Es algo profundamente humano, todos necesitamos sentirnos aceptados y comprendidos. El problema aparece cuando la pertenencia sustituye al crecimiento personal. Cuando dejamos de preguntarnos quiénes somos realmente para limitarnos a adoptar una etiqueta que otros ya han construido previamente.

Ya lo he dicho y comentado en otras ocasiones: esta época que vivimos es extraordinariamente contradictoria. Nunca antes había existido tanta libertad para ser uno mismo y, paradójicamente, nunca había observado tanta dificultad para descubrir quién es realmente cada uno. Se habla continuamente de autenticidad, pero cada vez resulta más frecuente encontrar identidades construidas sobre modelos importados, tendencias virales o comunidades digitales que ofrecen respuestas rápidas a preguntas extraordinariamente complejas.

En mi profesión de asesor y sanador espiritual, durante décadas he acompañado a personas con profundas crisis existenciales, emocionales y espirituales. Muchas de ellas acudían convencidas de estar poseídas por espíritus, ser víctimas de maldiciones o sentirse perseguidas por fuerzas oscuras. En la inmensa mayoría de los casos descubría que detrás de aquellas creencias existían heridas emocionales, traumas, inseguridades o un inmenso sentimiento de soledad. Nunca he dejado de repetir que, antes de buscar demonios, conviene comprender a la persona. Hoy diría exactamente lo mismo respecto a estos nuevos fenómenos sociales. Antes de etiquetar, antes de ridiculizar o antes incluso de validar automáticamente cualquier identidad, conviene escuchar, comprender y descubrir qué necesidad profunda está intentando expresar esa persona.

Para mí, el verdadero problema no es que alguien diga sentirse un zorro, un lobo, un elfo o un hada, o cualquier otro ser mitológico. Tal vez el verdadero problema sea que no consiga sentirse suficientemente valioso siendo simplemente un ser humano.

Y no puedo evitar preguntarme si, en el fondo, todo esto no constituye otro síntoma más de una sociedad profundamente desconectada de sí misma. Una sociedad donde millones de personas buscan desesperadamente una identidad mientras consumen contenidos diseñados precisamente para mantenerlas permanentemente buscando. Nunca terminan de encontrarse porque el propio sistema necesita que continúen buscando.

Esto resulta muy paradójico. Disponemos hoy de más información que ninguna otra generación anterior y, sin embargo, muchas personas parecen conocerse menos a sí mismas. Tenemos acceso inmediato a millones de libros, documentales, cursos y experiencias, pero cada vez cuesta más detenerse unos minutos para preguntarse con sinceridad: «¿Quién soy realmente? ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿Qué valores deseo cultivar? ¿Qué persona quiero llegar a ser?». Para mí al menos, esas preguntas nunca han pasado de moda. Y creo que siguen siendo las únicas verdaderamente importantes.

No tengo todas las respuestas. A mi edad ya he aprendido que las grandes preguntas suelen ser mucho más valiosas que las respuestas fáciles. Pero sí tengo una convicción que los años no han hecho más que fortalecer: nuestra identidad no nace de las etiquetas, ni de los grupos, ni de los algoritmos, ni de las modas pasajeras. Se construye viviendo, trabajando, amando,  equivocándonos, tropezando y volviendo a levantarnos, estudiando, sirviendo a los demás, afrontando el dolor cuando llega y aprendiendo de él. Y desde todo eso, descubriendo poco a poco aquello que nos hace profundamente humanos.

Por eso sigo creyendo que el mayor acto de valentía no consiste en convertirse en un personaje extraordinario, sino en aceptar el difícil desafío de llegar a ser uno mismo. Y ese viaje, ese gran desafío, ayer como hoy continúa siendo la aventura más apasionante que un ser humano puede emprender.

(*)Un algoritmo es un conjunto de instrucciones o reglas que un programa informático sigue para tomar decisiones y mostrar determinados resultados. Y el algoritmo de una red social es el sistema que decide qué vídeos, publicaciones o noticias te muestra en función de lo que miras, buscas, comentas o compartes.

®Josep Riera -2026

Deja un comentario