El valor de las cosas

Hace unos días finalicé un pequeño curso básico de meditación que había decidido ofrecer de manera completamente gratuita. Lo preparé con ilusión, dedicando horas a redactar cada lección, a pesar de que mi estado de salud no era el mejor; intentando que cualquier persona, independientemente de sus conocimientos previos, pudiera iniciarse de una forma sencilla y seria en la práctica de la meditación. No esperaba reconocimiento alguno. Tampoco grandes elogios. Ni siquiera pretendía que todos terminaran el curso. Pero sí esperaba algo mucho más simple: un mínimo de participación humana. Una pregunta de vez en cuando, un comentario, una reflexión, un «he leído la lección», un «gracias». Algo que me permitiera sentir que al otro lado había personas vivas, interesadas y comprometidas con aquello que ellas mismas habían solicitado recibir.

Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El grupo comenzó con entusiasmo. Varias decenas de personas pidieron ser incorporadas. Parecía existir un interés sincero por aprender a meditar. Pero conforme fueron pasando los días, el silencio fue casi absoluto. Lección tras lección, apenas unas pocas personas daban señales de vida. El resto permanecía completamente ausente, como si los textos aparecieran por generación espontánea, como si detrás de ellos no hubiera horas de estudio, de reflexión y de trabajo. Y debo reconocer que esa experiencia me produjo una profunda tristeza.

Con los años he llegado a una conclusión que, sinceramente, me habría gustado no confirmar tantas veces: aquello que se recibe gratuitamente suele valorarse mucho menos que aquello por lo que se ha realizado algún esfuerzo. No creo que sea una cuestión exclusivamente económica. Es algo mucho más profundo. El ser humano tiende, con demasiada facilidad, a confundir el precio con el valor. Si algo no cuesta dinero, muchas personas terminan creyendo, aunque sea de forma inconsciente, que tampoco tiene un verdadero valor. Y esa confusión empobrece enormemente nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Resulta paradójico. Hay personas capaces de pagar cantidades importantes por cursos de dudosa calidad, por terapias extravagantes o por promesas vacías envueltas en un atractivo envoltorio publicitario y, sin embargo, apenas dedican unos minutos a leer con atención un material serio que alguien les ofrece desinteresadamente. No es una crítica nacida del resentimiento. Es simplemente una observación que he repetido durante décadas en ámbitos muy distintos y que vuelve a confirmarse una y otra vez.

Vivimos además en una época en la que parece haberse instalado la cultura de consumir sin compromiso. Se descargan libros que nunca se leerán. Se guardan vídeos que jamás volverán a reproducirse. Se solicitan cursos que nunca llegarán a completarse. Se acumula información como quien acumula objetos en un trastero, con la ilusión de que algún día serán útiles. Pero el conocimiento no transforma por el simple hecho de poseerlo. Solo transforma cuando se estudia, se practica y se incorpora a la propia vida.

Quizá por eso he aprendido que el verdadero compromiso rara vez nace de la comodidad. Cuando una persona realiza algún tipo de esfuerzo, ya sea económico, de tiempo o de disciplina, establece una relación distinta con aquello que recibe. Lo cuida más, lo aprovecha mejor, lo integra con mayor profundidad. No porque el dinero tenga poderes mágicos, sino porque el esfuerzo personal cambia nuestra actitud interior.

A lo largo de mi vida he procurado compartir muchas enseñanzas de forma gratuita. Lo he hecho porque creo sinceramente que el conocimiento debe circular y porque sé que hay personas que atraviesan momentos difíciles y no siempre pueden permitirse pagar una formación o una consulta. No me arrepiento de ello. Volvería a hacerlo si supiera que realmente ayuda a quien lo necesita. Pero también he comprendido que la generosidad necesita encontrarse con otra virtud igual de importante: la reciprocidad. No hablo de dinero. Hablo de respeto, de interés, de comunicación, de valorar el tiempo que otra persona ha invertido pensando en nosotros.

Cuando esa reciprocidad desaparece, la generosidad corre el riesgo de convertirse en un monólogo. Y ningún maestro, ningún profesor, ningún escritor, ningún terapeuta ni ningún ser humano puede sostener indefinidamente un diálogo con el silencio. Todos necesitamos sentir, de vez en cuando, que aquello que hacemos encuentra eco en alguien.

Esta experiencia me ha llevado a replantearme muchas cosas. Probablemente no vuelva a organizar nuevos cursos gratuitos durante bastante tiempo. No como castigo hacia nadie, sino como una consecuencia natural de lo vivido. Prefiero dedicar mi tiempo a trabajar con personas realmente comprometidas con su propio crecimiento, personas que comprendan que aprender no consiste únicamente en recibir contenidos, sino también en participar, preguntar, practicar y agradecer.

Afortunadamente, siempre existen excepciones. Y son ellas las que mantienen viva mi esperanza. Durante este curso hubo un pequeño grupo de personas que sí estuvo presente, que comentó las lecciones, que compartió sus avances y sus dificultades, que hizo preguntas y enriqueció el aprendizaje de todos. A ellas les expreso mi más sincero agradecimiento. Porque demostraron que todavía existen personas que saben valorar aquello que reciben, independientemente de si tiene o no un precio.

Quizá, al final, la verdadera enseñanza de todo esto sea muy sencilla. El valor de las cosas no lo determina la etiqueta que llevan colgada, sino la actitud con la que nos acercamos a ellas. Hay regalos que transforman una vida y hay costosos cursos que no dejan absolutamente ninguna huella. Todo depende de la disposición interior de quien recibe. Y esa disposición, por desgracia, parece ser cada vez más escasa en una sociedad acostumbrada a obtenerlo todo con un simple clic y a olvidar, con la misma rapidez, el esfuerzo silencioso de quienes todavía creen que compartir conocimiento es una forma de servir a los demás.

®Josep Riera -2026

Deja un comentario