Notre Dame, el culto a Isis y su relación con la alquimia y los antiguos misterios

La catedral de Notre Dame, antes del incendio que sufrió en 2019

Notre Dame, la gran catedral de París, fue construida entre el siglo XI y el XIII, en un espacio que ya desde hacía mucho tiempo era considerado sagrado; este mastodóntico santuario fue levantado sobre los vestigios de varios templos paganos, y los de la primera iglesia cristiana de París, la basílica de Saint Etienne, construida por Childelberto I en la primera mitad del siglo VI.

Su conjunto iconográfico, invaluable legado de un colectivo anónimo de arquitectos, albañiles, vidrieros, talladores, etc. iniciados en el saber hermético -, según distintos autores (cómo Gobineau de Montluisant, en el siglo XVII, François Cambriel en el XVIII, Grasset d’Orcet en el XIX, y por último Fulcanelli, en el siglo XX), estaría plagado de emblemas alquímicos escritos en un lenguaje jeroglífico, que ellos denominan lengua de los pájaros o cábala hermética.

En 1905, durante la construcción del metro de París, bajo los fosos de la Bastilla, fue hallada una estatua de Isis, la diosa negra cuyo culto había sido exportado desde el misterioso Egipto hasta incluso más allá de los límites de Europa. Este no sería más que uno entre los muchos hallazgos de estatuas de la diosa que se efectuaron en distintas localidades galas.

También en París, una gran estatua de Isis sobre su barca estuvo expuesta durante mucho tiempo en la iglesia de Saint-Germain-des-Pres, hasta que un sacerdote la destruyó con un pico en el siglo XVIII. La nave que adorna el escudo de la ciudad de París sería el barco de Isis.

Resulta curioso que una religión nacida en el país del Nilo durante el tercer milenio a.C. llegara a extenderse como una mancha de aceite por toda Europa, permaneciendo hasta finales del siglo cuarto d.C. cuando los emperadores cristianos, cada vez más fundamentalistas, persiguieron implacablemente la práctica de todas las demás religiones. Pero antes de que tuviera comienzo esa «limpieza» que acabaría con todas ellas, en la Europa romana el culto a Isis y otras formas de espiritualidad paganas, coexistieron con el cristianismo durante siglos, y es por eso que se supone que debieron de influirse mutuamente de un modo considerable. De hecho la liturgia cristiana guarda muchos parecidos con el ritual de algunos de estos cultos paganos.

En el país galo, concretamente, el culto isíaco tuvo una gran difusión. Dijo el historiador G. Máspero: «El culto a Isis estaba muy extendido en Francia, especialmente en la Cuenca de París, había templos de Isis en todas partes».

Al parecer, esta antigua religión tuvo en París uno de sus más importantes enclaves, hasta el punto de que se cree que el propio nombre de esta ciudad significaría «Casa de Isis» (Par-Isis) en el antiguo idioma galo. De hecho, uno de los lugares donde se estableció un santuario consagrado a esta diosa es la isla fluvial llamada actualmente Isla de la Cité. Varios historiadores han escrito que la Isla de la Cité había sido elegida específicamente por los druidas galos como un lugar privilegiado para la celebración de sus cultos.
Al río en el que se encuentra esta isla se le bautizaría con el nombre de Sécuana y mas adelante con el de Sena.

En la actualidad, la cripta en la cual se rendía culto a Isis sigue abierta al publico en el subsuelo de la Isla de la Cité, justo frente a la basílica de Notre Dame, que fue edificada allí en el siglo XII, para ser consagrada a la Virgen María.

Fulcanelli escribió acerca de ello en «El Misterio de las Catedrales»:

«La catedral de París, como la mayoría de las basílicas metropolitanas, está colocada bajo la advocación de la bendita Virgen María o Virgen-Madre. En Francia, el vulgo llama a estas iglesias las Nótre-Dame. En Sicilia, llevan un nombre todavía más expresivo: Matrices. Son, pues, templos dedicados a la Madre (en latín, mater, matris), a la Matrona en el sentido primitivo, palabra que, por corrupción, se ha convertido en Madona (ital. ma-donna), mi Señora y, por extensión, Nuestra Señora.»

«Antaño, las cámaras subterráneas de los templos servían de morada a las estatuas de Isis, las cuales se transformaron, cuando la introducción del cristianismo en Galia, en esas Vírgenes negras a las que, en nuestros días, venera el pueblo de manera muy particular. Su simbolismo es, por lo demás, idéntico; unas y otras muestran, en su pedestal, la famosa inscripción: Virgini pariturae (A la Virgen que debe ser madre). Ch. Bigame nos habla de varias estatuas de Isis designadas con el mismo vocablo: «Ya el sabio Elías Schadius -dice el erudito Pierre Dujols, en su Bibliografía general de lo Oculto había señalado en su libro De dictis Germanicis, una inscripción análoga: Isidi, seu Virgini ex qua filius proditurus est. Estos iconos no tendrían, pues, al menos exotéricamente, el sentido cristiano que se les otorga. Isis antes de la concepción, es, en la teogonía astronómica -dice Bigarne -,el atributo de la Virgen que varios documentos, muy anteriores al cristianismo, designan con el nombre de Virgo paritura, es decir, la tierra antes de su fecundación, que pronto será animada por los rayos del sol. Es también la madre de los dioses, como atestigua una piedra de Die: Matri Deum Magnae Ideae.»

Imposible definir mejor el sentido esotérico de nuestras Vírgenes negras. Representan, en el simbolismo hermético, la tierra primitiva, la que el artista debe elegir como sujeto de su gran obra. Es la materia prima en estado mineral, tal como sale de las capas metalíferas, profundamente enterrada bajo la masa rocosa. Es, nos dicen los textos, «una sustancia negra, pesada, quebradiza, friable, que tiene el aspecto de una piedra y se puede desmenuzar a la manera de una piedra». Parece, pues, natural que el jeroglífico humanizado de este mineral posea su color específico y se le destine, como morada, los lugares subterráneos de los templos.

París habría sido una ciudad consagrada por sus fundadores, los parisios (pueblo celta que ocupó las orillas del Sena, desde la mitad del siglo III a. C. hasta la época romana, que comezó en el año 52 a.C.), a la Gran Diosa Negra, Isis, que regresa en el siglo XII, bajo la apariencia de la madre de Cristo, Nuestra Señora.

Según Fulcanelli, La Negra Isis, la Virgen Madre, no son más que jeroglíficos de la Materia Prima de los alquimistas. Esta sorprendente afirmación significaría que en realidad, la catedral de Nôtre Dame está consagrada a esa Materia misteriosa.

Friedrich Von Licht, asevera en su libro «El Fuego Secreto»:

«…así como utilizó a las instituciones religiosas para la expresión de sus enseñanzas, la Alquimia hizo exactamente lo mismo con algunos oficios y artes. Como ya lo habíamos mencionado la metalurgia, la espagiria (química primitiva), el vidriado, la orfebrería, la alfarería y, muy especialmente, los canteros y constructores de catedrales, contaron con verdaderos alquimistas entre sus filas. Ellos, aprovechando el lenguaje técnico de sus oficios, escribieron textos dedicados a la Gran Obra, su materia y procesos.

Fue tal vez la espagiria, como química naciente, llena de asombro y descubrimientos ante la incógnita del mundo material y sus leyes (y por su influencia en la medicina y otras ciencias), la que sirvió mejor de vehículo para la exposición del arte alquímico.
No es de extrañar, pues, que la alquimia, siempre a través de su lenguaje metafórico, haya utilizado el vocabulario espagirico y la imagen de sus manipulaciones para expresar sus enseñanzas.»

EL MISTERIO DE LAS CATEDRALES GÓTICAS

Transcribo a continuación algunos textos sacados de El Misterio de las Catedrales, de Fulcanelli:

«Santuario de la Tradición, de la Ciencia y del Arte, la catedral gótica no debe ser contemplada como una obra únicamente dedicada a la gloria del cristianismo, sino más bien como una vasta concreción de ideas, de tendencias y de fe populares, como un todo perfecto al que podemos acudir sin temor cuando tratamos de conocer el pensamiento de nuestros antepasados, en todos los terrenos: religioso, laico, filosófico o social.

«Las atrevidas bóvedas, la nobleza de las naves, la amplitud de proporciones y la belleza de ejecución, hacen de la catedral una obra original, de incomparable armonía, pero que el ejercicio del culto parece no tener que ocupar enteramente.

«Si el recogimiento, bajo la luz espectral y policroma de las altas vidrieras, y el silencio invitan a la oración y predisponen a la meditación, en cambio, la pompa, la estructura y la ornamentación producen y reflejan, con extraordinaria fuerza, sensaciones menos edificantes, un ambiente más laico y, digamos la palabra, casi pagano…. Allí se celebran asambleas políticas bajo la presidencia del obispo; allí se discute el precio del grano y del ganado; los tejedores establecen allí la cotización de sus paños; y allí acudimos a buscar consuelo, a pedir consejo, implorar perdón. Y apenas si hay corporación que no haga bendecir allí la obra maestra del nuevo compañero y que no se reúna allí, una vez al año, bajo la protección de su santo patrón.»

«La catedral es el refugio hospitalario de todos los infortunios. Los enfermos que iban a Nótre-Dame de París a implorar a Dios alivio para sus sufrimientos permanecían allí hasta su curación completa. Se les destinaba una capilla, situada cerca de la segunda puerta y que estaba iluminada por seis lámparas. Allí pasaban las noches. Los médicos evacuaban sus consultas en la misma entrada de la basílica, alrededor de la pila del agua bendita. Y también allí celebró sus sesiones la Facultad de Medicina, al abandonar la Universidad, en el siglo XIII, para vivir independiente, y donde permaneció hasta 1454, fecha de su última reunión, convocada por Jaeques Desparts.

«Es asilo inviolable de los perseguidos y sepulcro de los difuntos ilustres. Es la ciudad dentro de la ciudad, el núcleo intelectual y moral de la colectividad, el corazón de la actividad pública, el apoteosis del pensamiento, del saber y del arte. Por la abundante floración de su ornato, por la variedad de los temas y de las escenas que la adornan, la catedral aparece como una enciclopedia muy completa y variada -ora ingenua, ora noble, siempre viva- de todos los conocimientos medievales. Estas esfinges de piedra son, pues, educadoras, iniciadoras primordiales.

«Este pueblo de quimeras erizadas, de juglares, de mamarrachos, de mascarones y de gárgolas amenazadoras -dragones, vampiros y tarascas-, es el guardián secular del patrimonio ancestral. El arte y la ciencia, concentrados antaño en los grandes monasterios, escapan del laboratorio, corren al edificio, se agarran a los campanarios, a los pináculos, a los arbotantes, se cuelgan de los arcos de las bóvedas, pueblan los nichos, transforman los vidrios en gemas preciosas, los bronces en vibraciones sonoras, y se extienden sobre las fachadas en un vuelo gozoso de libertad y de expresión. ¡Nada más laico que el exoterismo de esta enseñanza! Nada más humano que esta profusión de imágenes originales, vivas, libres, movedizas, pintorescas, a veces desordenadas y siempre interesantes; nada más emotivo que estos múltiples testimonios de la existencia cotidiana, de los gustos, de los ideales, de los instintos de nuestros padres; nada más cautivador, sobre todo, que el simbolismo de los viejos alquimistas, hábilmente plasmados por los modestos escultores medievales. A este respecto, Nótre-Dame de París es, incontestablemente, uno de los ejemplares más perfectos, y, como dijo Víctor Hugo, «el compendio más cabal de la ciencia hermética, de la cual la iglesia de Saint-Jacques-la-Boucherie era un jeroglífico completo».

«Los alquimistas del siglo XIV se reúnen en ella, todas las semanas, el día de Saturno, ora en el pórtico principal, ora en la puerta de san Marcelo, ora en la pequeña Puerta Roja, toda ella adornada de salamandras. Denys Zachaire nos dice que esta costumbre subsistía todavía en el año 1539, los domingos y días festivos, y Noél du Fail declara que la gran reunión de tales académicos tenía lugar en Nótre-Dame de Paris.Allí, bajo el brillo cegador de las ojivas pintadas y doradas, de los cordones de los arcos, de los tímpanos de figuras multicolores, cada cual exponía el resultado de sus trabajos o explicaba el orden de sus investigaciones. Se emitían probabilidades; se discutían las posibilidades; se estudiaban en su mismo lugar la alegoría del bello libro, y esta exégesis abstrusa de los misteriosos símbolos no era la parte menos animada de estas reuniones.»

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