¿Qué nos está pasando?

Hace algunos años publiqué en Facebook una reflexión muy breve que decía así: «Es realmente preocupante el nivel de psicopatías y enfermedades mentales que hay en este país. Ya no puede uno fiarse de nadie. ¿Qué nos está pasando?» Recuerdo que aquella sencilla frase provocó reacciones muy diversas. Algunos me dieron inmediatamente la razón. Otros consideraron que exageraba. Hubo quien aportó estadísticas, quien habló de política, quien culpó a las redes sociales y quien sostuvo que siempre había sido igual y que simplemente ahora nos enterábamos de todo con mayor rapidez. Con el paso del tiempo he vuelto muchas veces sobre aquella reflexión y hoy, quizá con más experiencia, también con más años a mis espaldas y después de haber escuchado cientos de historias humanas, sigo haciéndome exactamente la misma pregunta.

No soy psiquiatra ni psicólogo clínico, y por tanto no me corresponde afirmar si hoy existen objetivamente más enfermedades mentales que hace cincuenta o cien años. Esa es una cuestión que pertenece al ámbito de la investigación científica y son los especialistas quienes deben responderla con datos rigurosos. Lo que sí puedo hacer, porque forma parte de mi propia experiencia vital y profesional, es describir lo que he visto durante varias décadas escuchando a personas de muy diferentes edades, condiciones sociales y países. Y lo que he visto es un aumento extraordinario del sufrimiento emocional, de la ansiedad, del miedo, de la soledad y de una sensación de vacío que parece extenderse silenciosamente por toda la sociedad.

Como ya he dicho en otras ocasiones, vivimos en una época paradójica. Nunca antes habíamos estado tan conectados tecnológicamente y, sin embargo, muchas personas nunca se habían sentido tan profundamente solas. Podemos comunicarnos en segundos con alguien que vive al otro lado del planeta, pero cada vez cuesta más mantener una conversación serena con el vecino, escuchar sin interrumpir, mirar a alguien a los ojos o aceptar que otra persona piense de manera distinta sin convertirla inmediatamente en un enemigo. Las redes sociales, que nacieron con la promesa de acercarnos, muchas veces han terminado convirtiéndose en escenarios permanentes de enfrentamiento, insulto, descalificación y odio. Basta leer durante unos minutos los comentarios de cualquier noticia para comprobar hasta qué punto la agresividad verbal se ha normalizado. Personas que jamás se atreverían a insultar cara a cara a un desconocido escriben auténticas barbaridades protegidas por la distancia de una pantalla y el anonimato de un perfil.

Pero quizá lo que más me preocupa no sea esa violencia visible, sino otra mucho más silenciosa: la pérdida progresiva de la empatía. Tengo la impresión de que cada vez cuesta más ponerse en el lugar del otro. Se opina sin conocer, se juzga sin escuchar y se condena sin comprender. Vivimos rodeados de información, pero no necesariamente de comprensión. Sabemos muchas cosas, pero entendemos cada vez menos a las personas. Y esa falta de empatía constituye, probablemente, uno de los mayores empobrecimientos espirituales de nuestro tiempo.

A lo largo de mi vida profesional he recibido en consulta a centenares de personas convencidas de que estaban siendo víctimas de brujerías, maldiciones, trabajos de magia o posesiones demoníacas. Algunas llegaban aterrorizadas. Otras habían recorrido ya un largo peregrinaje por supuestos sanadores, videntes, médiums y expertos en lo paranormal que les habían confirmado todos sus temores. Habían gastado cantidades importantes de dinero y, lo que era mucho peor, habían perdido poco a poco la tranquilidad, la confianza en sí mismas e incluso, en algunos casos, la esperanza de poder volver a llevar una vida normal.

Sin embargo, en un porcentaje muy elevado de esas consultas, el problema no era una entidad oscura ni una maldición ancestral. Detrás aparecían con frecuencia cuadros de ansiedad severa, depresiones profundas, trastornos obsesivos, procesos traumáticos no resueltos, crisis de duelo, estrés mantenido durante años o enfermedades psiquiátricas que necesitaban atención especializada. No pocas veces la ayuda más importante que pude ofrecer consistió precisamente en tranquilizar a la persona y animarla a buscar el apoyo de un buen profesional de la salud mental. Siempre he considerado que un asesor espiritual responsable debe saber reconocer los límites de su propia intervención. Tan importante es ayudar cuando uno puede hacerlo como saber retirarse cuando otro profesional está mejor preparado para atender ese sufrimiento.

Eso no significa negar la posibilidad de que existan fenómenos espirituales auténticos. Después de tantos años sería absurdo por mi parte afirmar algo semejante. He vivido experiencias que continúan sin encontrar una explicación sencilla y he conocido casos que, una vez descartadas razonablemente las causas médicas, psicológicas y ambientales, seguían planteando interrogantes muy difíciles de responder. Pero precisamente por haber vivido también esas situaciones extraordinarias he aprendido que el discernimiento resulta imprescindible. Convertir cualquier conducta extraña en una posesión demoníaca es tan irresponsable como negar sistemáticamente todo aquello que todavía no comprendemos.

Quizá el mayor peligro de nuestro tiempo no sea únicamente el aumento del sufrimiento psicológico, sino la facilidad con que muchas personas encuentran explicaciones simples para problemas extraordinariamente complejos. Resulta mucho más tranquilizador pensar que todo se debe a un enemigo invisible, a una brujería o a un demonio, que aceptar que la mente humana sigue siendo uno de los mayores misterios de la naturaleza. Del mismo modo, también sería un error reducir todas las experiencias espirituales a una mera alteración neuroquímica. Los extremos casi nunca ayudan a comprender la realidad.

Hay otra cuestión que me preocupa profundamente y sobre la que apenas se habla. Durante décadas he conocido personas extraordinariamente buenas, sensibles, generosas y compasivas que sufrían enormemente por cualquier pequeño error cometido. En cambio, también he conocido individuos incapaces de experimentar remordimiento alguno después de causar un daño inmenso a los demás. Esa ausencia total de empatía, esa incapacidad para sentir culpa o compasión, constituye uno de los rasgos más inquietantes que puede presentar un ser humano. No corresponde a un asesor espiritual diagnosticar una psicopatía, pero sí puede percibir el inmenso sufrimiento que dejan a su alrededor quienes manipulan, humillan, utilizan y destruyen emocionalmente a los demás sin experimentar el menor arrepentimiento.

Quizá por eso aquella pregunta que escribí hace años continúa hoy más viva que nunca. ¿Qué nos está pasando? Tal vez no exista una única respuesta. Probablemente intervengan factores biológicos, psicológicos, educativos, familiares, culturales, económicos y también espirituales. El ser humano nunca ha sido una realidad simple, y pretender explicar toda su complejidad con una única teoría sería una ingenuidad.

Lo que sí tengo claro es que necesitamos recuperar algo que parece estar desapareciendo poco a poco: la capacidad de escuchar, de comprender, de acompañar y de mirar al otro como un ser humano antes que como un adversario, un cliente, un número o un perfil en una pantalla. Necesitamos menos gritos y más silencio; menos fanatismos y más pensamiento crítico; menos miedo y más discernimiento. Porque solo desde esa mirada serena podremos distinguir cuándo alguien necesita un abrazo, cuándo necesita un médico, cuándo necesita un psicólogo, cuándo necesita un sacerdote o un asesor espiritual… y cuándo, sencillamente, necesita que alguien permanezca a su lado sin juzgarle.

Quizá esa sea, después de todo, una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo. No aprender a detectar demonios en cada sombra, sino aprender a reconocer el sufrimiento humano allí donde realmente se encuentra. Porque, en demasiadas ocasiones, detrás de aquello que algunos llaman maldición no hay otra cosa que una persona rota por dentro, esperando que alguien, por fin, la escuche sin miedo, sin prejuicios y sin falsas promesas.

®Josep Riera -2026

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