Cuando la ayuda espiritual se convierte en una amenaza
A lo largo de los años he recibido cientos, quizá miles, de consultas de personas que se sienten angustiadas porque alguien les ha dicho que están embrujadas, que tienen una entidad adherida, que son víctimas de una maldición familiar o que sobre ellas pesa algún tipo de castigo espiritual. Hasta aquí, por desgracia, nada nuevo bajo el sol. Lo preocupante viene después, cuando esa supuesta ayuda espiritual comienza a transformarse en una relación basada en el miedo, la dependencia emocional y, finalmente, el dinero.
El mecanismo suele repetirse una y otra vez. Primero aparece una persona que se presenta como médium, vidente, sanador, maestro espiritual, chamán, sacerdote, iniciado o poseedor de algún conocimiento secreto. Después asegura haber detectado un problema muy grave que la víctima desconocía. A continuación ofrece una solución; pero esa solución tiene un coste. Cuando el primer pago se realiza, casi siempre aparece un nuevo obstáculo, una nueva entidad, una nueva maldición, un nuevo bloqueo o un nuevo peligro que requiere otro pago adicional. Y así sucesivamente, en una espiral que parece no tener fin.
Lo más triste es que muchas de las personas que caen en estas situaciones no son ingenuas ni poco inteligentes. Simplemente atraviesan momentos de vulnerabilidad. Han perdido a un ser querido; están sufriendo una enfermedad; viven una ruptura sentimental; atraviesan problemas económicos; sienten ansiedad, miedo o desesperación. Cuando una persona se encuentra emocionalmente debilitada, es mucho más fácil convencerla de que existe una amenaza invisible y de que solo quien la ha detectado posee también la llave para resolverla.
Y cuando el dinero comienza a escasear o la víctima empieza a cuestionar lo que está ocurriendo, aparece la fase más oscura del proceso. Entonces llegan las amenazas. «Si no terminas el trabajo espiritual, todo empeorará». «Si no haces este último pago, la entidad se volverá más agresiva». «Si interrumpes el proceso, tu familia sufrirá las consecuencias». «Si no depositas el dinero antes de determinada fecha, algo terrible ocurrirá». He escuchado variantes de estas frases innumerables veces. Cambian las palabras, cambian los personajes y cambian los países, pero el mecanismo psicológico es siempre el mismo: sustituir la ayuda por el miedo y la orientación por la manipulación.
Quiero decir algo con absoluta claridad. Ninguna persona honesta necesita asustar a otra para ayudarla. Ningún verdadero acompañamiento espiritual se basa en amenazas. Ningún trabajo serio requiere mantener a alguien aterrorizado para que continúe pagando. La espiritualidad auténtica puede confrontarnos con nuestras sombras, puede invitarnos a reflexionar sobre nuestros errores y puede impulsarnos a realizar cambios profundos en nuestra vida; pero jamás debería convertirnos en rehenes del miedo.
También quiero aprovechar para aclarar algo que considero una cuestión elemental de honradez y decencia profesional. Yo no escribo a personas desconocidas ofreciéndoles consultas, limpiezas, armonizaciones, diagnósticos espirituales ni ningún otro servicio. No contacto a nadie por iniciativa propia para decirle que tiene un problema espiritual. No solicito dinero a personas que jamás me han escrito. No envío mensajes privados diciendo que he tenido una revelación sobre ellas. No voy buscando clientes por redes sociales ni persigo a nadie para ofrecerle ayuda.
Toda persona que llega a mí lo hace porque previamente me ha contactado ella misma. Es el consultante quien da el primer paso. Es el consultante quien solicita información. Es el consultante quien decide libremente si desea una asesoría o no. Y si alguien recibe un mensaje supuestamente mío ofreciéndole servicios que jamás ha solicitado, puede estar completamente seguro de que no soy yo.
Parece increíble tener que explicar algo tan básico, pero vivimos una época en la que abundan los perfiles falsos, las suplantaciones de identidad y las personas que utilizan nombres ajenos para intentar ganarse la confianza de los demás. Por eso insisto una y otra vez: desconfíen de cualquiera que se presente de forma espontánea diciéndoles que ha visto algo terrible sobre ustedes y que necesita dinero para solucionarlo.
La realidad es que nadie tiene un poder mágico sobre su vida por el simple hecho de decir que lo tiene. Las amenazas espirituales funcionan porque generan miedo; y el miedo, cuando no se comprende, puede llegar a ser más dañino que cualquier supuesta maldición. Una persona aterrorizada comienza a interpretar cualquier contratiempo cotidiano como una confirmación de la amenaza recibida. Si se rompe un electrodoméstico, piensa que es el castigo anunciado. Si tiene una pesadilla, cree que la entidad está actuando. Si enferma un familiar, lo interpreta como una consecuencia del supuesto trabajo espiritual inconcluso. De esta manera se crea un círculo de ansiedad que parece confirmar continuamente aquello que en realidad fue sembrado por el miedo.
Por eso, cuando alguien me escribe contándome que ha sido amenazado por un supuesto sanador, médium o maestro espiritual porque ya no puede seguir pagando, mi respuesta suele ser siempre la misma: «Tranquilícese. No envíe más dinero. Rompa el contacto. Bloquee a esa persona. Hable con familiares o amigos de confianza. Recupere la calma. Vuelva a centrarse en Dios, en la oración si forma parte de su camino espiritual, en su vida cotidiana y en las personas que realmente le quieren».
La espiritualidad debería ayudarnos a recuperar la libertad interior, no a perderla. Debería fortalecer nuestra capacidad de decidir, no entregarla a terceros. Debería acercarnos a la paz, no mantenernos en un estado permanente de angustia. Cuando alguien necesita sembrar terror para conservar su influencia sobre nosotros, ya no estamos ante una ayuda espiritual; estamos ante una forma de manipulación.
Y conviene recordarlo siempre: el miedo es una de las herramientas favoritas de los estafadores espirituales. La paz, en cambio, rara vez necesita levantar la voz.
®Josep Riera -2026