En torno a la película El día de la revelación (Disclosure Day)
Acabo de ver una película que prometía mucho. O quizá, para ser más justo, debería decir que fui yo quien esperaba mucho de ella. Se titula Disclosure Day (traducida como «El día de la Revelación») y gira en torno a uno de los temas que más me han interesado durante buena parte de mi vida: la posibilidad de que no estemos solos en el universo y la hipotética revelación pública de esa realidad.
No voy a hacer una crítica cinematográfica porque no es ese mi terreno; la película está bien realizada, mantiene la tensión, juega con el misterio y contiene algunas ideas que me parecieron interesantes, especialmente cuando habla de las matemáticas como posible lenguaje universal o cuando sugiere que la empatía podría constituir uno de los pilares fundamentales de cualquier civilización verdaderamente avanzada. Sin embargo, cuando terminaron los créditos me descubrí con una sensación extraña; una mezcla de decepción, frustración y vacío difícil de describir. Y después comprendí por qué.
La película gira una y otra vez alrededor de la gran revelación; del secreto oculto; de los documentos clasificados; de los 79 años transcurridos desde el incidente de Roswell; de las conspiraciones gubernamentales; de los encubrimientos y de todo aquello que los aficionados al fenómeno OVNI (ahora UAP) llevamos escuchando durante décadas. Pero mientras observaba desfilar esas imágenes por la pantalla me di cuenta de que nada de aquello era realmente nuevo para mí. El tema de Roswell no es nuevo; el del Área 51, menos; los supuestos programas secretos tampoco son nuevos, ni las acusaciones de ocultamiento gubernamental, ni las conspiraciones, ni los secretismos… Y los miles de testimonios reales de militares, pilotos y funcionarios tampoco son nuevos. Entonces, me hice una pregunta que llevo tiempo formulándome y que la película volvió a despertar con fuerza.
Y después, ¿qué?
Supongamos por un instante que mañana se produjera la tan anunciada revelación. Vamos a suponer que un presidente, un secretario general de las Naciones Unidas o cualquier otra autoridad compareciera ante el mundo y dijera claramente: «Sí, existen inteligencias no humanas». «Sí, existen y están conviviendo con nosotros desde hace mucho tiempo». Imaginemos que no quedara ninguna duda razonable, que se presentaran pruebas irrefutables y que toda discusión terminara en ese mismo instante.
Y después, ¿qué?
Y es que sospecho que para muchas personas ese sería el final de la historia; para mí, en cambio, apenas sería el comienzo. La verdadera cuestión nunca ha sido si existen o no existen las entidades o seres extraterrestres. Esa es una pregunta interesante, sin duda, pero profundamente limitada. La pregunta realmente importante es quiénes son, qué son y qué significado tiene su existencia para nosotros. ¿Son viajeros de otros mundos o algo mucho más extraño? ¿Proceden de otros sistemas estelares o de dimensiones que apenas somos capaces de imaginar? ¿Son seres biológicos como nosotros? ¿Poseen conciencia? ¿Conocen algo sobre la naturaleza de la realidad que nosotros ignoramos? ¿Han resuelto cuestiones que todavía nos atormentan a los humanos de este planeta, como el origen de la vida, la naturaleza de la mente o el misterio de la muerte?
Y aún más importante sería la respuesta a esta pregunta: ¿Qué cambiaría realmente en nuestras vidas?
Sospecho que muchos esperan que una revelación semejante transforme de inmediato la humanidad; que desaparezcan las guerras; que termine la pobreza; que se derrumben las religiones; que nazca una nueva era de fraternidad universal. Pero la historia humana no parece funcionar de esa manera. El ser humano tiene la extraordinaria capacidad de acostumbrarse a cualquier cosa. Incluso a los milagros. Y tras unos meses de conmoción mediática, casi con toda seguridad volveríamos a discutir por política, a preocuparnos por nuestras facturas, a enamorarnos, a sufrir, a enfermarnos, a nacer y a morir.
La pregunta fundamental seguiría ahí: ¿Qué somos?
Y tal vez por eso siento que muchas películas, documentales y programas continúan atrapados en una etapa que para mí ya quedó atrás hace mucho tiempo. Las gentes siguen obsesionadas con demostrar que existe un misterio, cuando lo verdaderamente apasionante es intentar comprender qué significa ese misterio. No necesito que me convenzan de que hay preguntas sin respuesta. Llevo toda una vida rodeado de ellas. Lo que busco son caminos de comprensión, hipótesis, reflexiones, posibilidades. No busco tener certezas absolutas, porque desconfío de ellas; pero sí el valor de explorar territorios que van más allá de la simple sorpresa.
Quizá por eso sigo recordando con más cariño películas como E.T. o Encuentros en la tercera fase. No porque ofrecieran todas las respuestas, sino porque tenían el coraje de mostrar el encuentro, de permitir que el espectador participara de la maravilla, de sugerir que detrás del misterio existía algo más profundo que un expediente clasificado.
Al terminar de ver Disclosure Day, me sentí como un niño al que le ponen un caramelo en la mano; le permiten saborearlo durante unos instantes y después se lo retiran justo cuando empieza a descubrir su verdadero sabor.
Pero tal vez la culpa no sea de la película. Quizás el problema es que, después de tantos años de búsqueda, ya no me interesa tanto la revelación como el significado. Dichos de otra manera, la gran pregunta no es si alguien nos oculta algo. La gran pregunta sigue siendo la misma que se han hecho los filósofos, los místicos, los científicos y los soñadores desde el comienzo de los tiempos: ¿Qué hacemos aquí?
Y en lo profundo de mi alma estoy convencido de que, incluso si mañana llegaran las respuestas desde las estrellas, esa seguiría siendo la pregunta más importante de todas.
®J.R. 2026