¿Quién nos informa realmente sobre el mundo invisible?

Leí en la red social X una publicación que advierte sobre los peligros espirituales de una determinada película. No es la primera vez que encuentro un mensaje semejante, y estoy seguro de que tampoco será la última. Lo que llamó mi atención no fue la advertencia en sí, sino uno de los argumentos utilizados para sostenerla. La autora afirma que ciertos conocimientos acerca de las estrategias de los demonios proceden de información obtenida directamente durante exorcismos; más aún, habla de datos «extraídos directamente de la dimensión preternatural».

    Semejante expresión quedó resonando en mi mente durante horas, no porque me haya parecido especialmente novedosa, sino porque resume de manera casi perfecta una forma de entender la espiritualidad que he encontrado muchas veces a lo largo de mi vida.

   Confieso que cuanto más envejezco, más cauteloso me vuelvo frente a quienes aseguran conocer con demasiada precisión los secretos del mundo invisible. No importa si se presentan como exorcistas, médiums, canalizadores, videntes, maestros espirituales o portavoces de alguna tradición religiosa; cuando alguien comienza a describir con absoluta seguridad cómo funcionan los planos ocultos de la realidad, suelo sentir una mezcla de curiosidad y prudencia. Curiosidad porque el misterio me ha acompañado desde niño; prudencia porque también he aprendido que la imaginación humana, el deseo de creer y la necesidad de encontrar respuestas pueden construir sistemas enteros de certezas allí donde en realidad solo existen hipótesis.

   La cuestión de fondo es sencilla: ¿cómo sabemos lo que creemos saber sobre el mundo invisible? Es una pregunta incómoda, pero que considero absolutamente necesaria. Si alguien afirma haber recibido información de un espíritu, de un ángel, de un demonio, de un maestro ascendido o de una entidad cualquiera, ¿qué mecanismo tenemos para verificar la autenticidad de ese mensaje? La respuesta, por mucho que nos incomode reconocerlo, es que no disponemos de ninguno. Podemos valorar la coherencia del relato; podemos analizar sus efectos; podemos observar la honestidad o la madurez de quien lo transmite; pero no podemos comprobar de forma objetiva el origen último de esa información.

   Y precisamente por eso me sorprende cuando algunas personas hablan de ciertos conocimientos obtenidos durante exorcismos, como si se tratara de informes militares procedentes directamente del frente de batalla. Según esta visión, los demonios serían interrogados por sacerdotes y obligados a revelar sus tácticas, sus planes y sus mecanismos de actuación. Pero si aceptamos la propia definición tradicional del demonio como entidad engañadora, manipuladora y mentirosa, surge una pregunta inevitable: ¿por qué deberíamos considerar fiables sus declaraciones? Resulta una paradoja curiosa. Se nos dice que estas entidades son expertas en la mentira, pero al mismo tiempo se nos invita a construir una visión completa del mundo espiritual basándonos en lo que supuestamente han revelado.
No estoy cuestionando aquí la sinceridad de quienes sostienen estas ideas. Estoy cuestionando la lógica del razonamiento. Y es que una cosa es admitir que determinados exorcistas han escuchado ciertas afirmaciones durante su ministerio, y otra cosa muy distinta es convertir esas afirmaciones en conocimiento objetivo sobre el funcionamiento del universo invisible.

   A lo largo de los años he visto exactamente el mismo mecanismo en contextos muy diferentes. Lo he visto en personas que aseguran recibir mensajes de seres extraterrestres; en quienes afirman acceder a los registros akáshicos; en quienes hablan con maestros ascendidos; en quienes canalizan entidades de luz; incluso en quienes interpretan cualquier sueño, cualquier coincidencia o cualquier sensación extraña como una comunicación directa procedente de otros planos de existencia. Cambian los nombres, cambia la estética, cambia el lenguaje utilizado, pero la estructura siempre es la misma: alguien afirma poseer información privilegiada procedente de una dimensión inaccesible para los demás.

   Y cuando eso ocurre, el pensamiento crítico suele quedar suspendido. Ya que, si la información procede de un lugar que nadie puede verificar, toda discrepancia puede interpretarse como ignorancia, toda duda puede considerarse una falta de fe y toda objeción puede presentarse como una incapacidad para comprender verdades superiores. El resultado es un sistema cerrado donde las afirmaciones no necesitan demostrarse; basta con invocar una fuente invisible.

   He dedicado buena parte de mis 70 años de vida a escuchar historias extraordinarias. He escuchado relatos de apariciones, experiencias cercanas a la muerte, obsesiones espirituales, fenómenos aparentemente inexplicables, sueños premonitorios y acontecimientos que desafían una explicación sencilla. Algunas experiencias me han impresionado profundamente; otras me han dejado más preguntas que respuestas. Pero si hay algo que he aprendido después de tantas décadas recorriendo estos territorios fronterizos entre la espiritualidad, la psicología y el misterio, es que la prudencia vale más que la certeza. Los fanáticos suelen interpretar la duda como una debilidad. En cambio, yo la considero una forma de humildad. En mi humilde opinión, la duda sincera no destruye la búsqueda; la protege. Nos recuerda que nuestras interpretaciones pueden ser erróneas; que nuestros prejuicios pueden influir en nuestras conclusiones; que nuestras creencias pueden colorear aquello que creemos observar. La duda no es enemiga de la espiritualidad. Muy al contrario; es uno de sus mejores antídotos contra la soberbia.

   Otro aspecto que me preocupa especialmente es el papel que juega el miedo en este tipo de discursos. Con frecuencia se describe el mundo como un campo de batalla permanente, en el cual existen fuerzas malignas que acechan detrás de cada libro, cada película, cada canción o cada expresión cultural que no encaje dentro de determinados parámetros ideológicos. Se habla de portales, influencias ocultas, consagraciones demoníacas y peligros invisibles que amenazan constantemente a las personas desprevenidas. El resultado suele ser una espiritualidad basada más en la vigilancia obsesiva que en la confianza.

   Mi experiencia me ha enseñado algo muy distinto. He conocido muchas personas que vivían aterrorizadas por la acción de los demonios; y he comprobado que, en la mayoría de los casos, aquello que más daño les hacía no era ninguna entidad sobrenatural, sino el propio miedo. Un miedo alimentado durante años por relatos alarmistas, interpretaciones extremas y advertencias constantes. Un miedo que terminaba condicionando sus pensamientos, sus decisiones y su forma de relacionarse con el mundo.

   No digo con esto que el mal no exista. Sería absurdo negarlo. Basta abrir un periódico, escuchar o ver un noticiero para comprobarlo. Pero el mal no necesita necesariamente cuernos, colas ni conspiraciones invisibles para manifestarse. A veces aparece bajo formas mucho más humanas: la manipulación, la crueldad, el fanatismo, la mentira, el odio, el abuso de poder o la incapacidad para reconocer nuestra propia ignorancia.

   Quizá por todo eso, después de tantos años buscando e intentando encontrar alguna respuesta, me siento cada vez más cómodo reconociendo aquello que no sé. No sé exactamente qué hay detrás del velo; no sé cuánto de nuestras experiencias espirituales pertenece al misterio y cuánto pertenece a nuestra mente; no sé hasta qué punto comprendemos realmente aquello que llamamos mundo invisible… y sospecho que quienes afirman conocerlo todo, tampoco lo saben.

   Lo que sí sé es que el misterio auténtico suele caminar acompañado de la humildad. Quienes verdaderamente han contemplado la inmensidad de lo desconocido, rara vez regresan proclamando certezas absolutas. Regresan con preguntas, con asombro y por encima de todo, siendo conscientes de sus propios límites.

   Después de toda una vida explorando estos territorios, he llegado a una conclusión que quizá resulte decepcionante para quienes buscan respuestas definitivas: cuanto más me acerco al misterio, menos inclinado me siento a hablar con seguridad sobre él. Y tal vez esa sea una de las pocas certezas que todavía conservo. Porque el buscador acumula preguntas; el fanático acumula respuestas. Y entre ambas actitudes existe una distancia mucho mayor de la que solemos imaginar.

®Josep Riera -2026

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