No puedo evitar tener la sensación de que hay algo inquietante en el ambiente. No es algo nuevo, pero vuelve con fuerza. Como esas viejas corrientes subterráneas que uno cree ya superadas y, sin embargo, reaparecen cuando el terreno se agrieta. Me refiero en concreto a un panorama en el que contemplo asombrado la aparición de discursos religiosos en la política, de líderes rodeados de “asesores espirituales”, de oraciones en espacios de poder que suenan más a espectáculo que a recogimiento… y todo ello me genera una sensación creciente de que algo se está desbordando. Puedo estar equivocado, por supuesto, pero no quiero dejar de transmitirles a ustedes esta sensación y esta inquietud creciente.
Uso de lo sagrado como control
Habrá quienes lo perciban como un conflicto espiritual, como si estuviéramos al borde de una batalla invisible entre fuerzas superiores. Pero a mi humilde entender, el problema es más simple, y por eso mismo más peligroso.
Lo que estamos viendo no es un exceso de espiritualidad. Es exactamente todo lo contrario. Es la utilización de lo sagrado como una herramienta de ostentación, de poder, de control.
Cuando aparece una figura como Paula White, por ejemplo, no estamos ante una mística profunda ni ante una guía espiritual en el sentido clásico del término. Estamos ante una representante muy concreta de una corriente que lleva décadas creciendo: la teología de la prosperidad, ese híbrido entre religión, motivación empresarial y espectáculo mediático donde Dios deja de ser misterio para convertirse en garante de éxito, dinero y poder. Un Dios funcional, útil, al servicio de quien lo invoca. Y eso no es espiritualidad. Es estrategia, muy bien manejada.
Quién es Paula White
La pastora evangélica Paula White-Cain, directora de la Oficina de la Fe de la Casa Blanca y asesora espiritual de Donald Trump, es una ferviente promotora de la teología de la prosperidad, según la cual las donaciones financieras (diezmos y ofrendas) están directamente vinculadas a la recepción de bendiciones divinas.
Sus declaraciones más recientes y destacadas sobre este tema incluyen la promesa de «siete bendiciones sobrenaturales». White ha afirmado en transmisiones que si los seguidores donan $1,000 o más, pueden recibir «siete bendiciones sobrenaturales», prosperidad, protección y larga vida. Vincula el dinero con la recepción de favores espirituales, incluyendo la asignación de ángeles a quienes aportan y ha hecho llamados a los cristianos a donar el 10% de sus ingresos, especialmente vinculando estos aportes con el apoyo a Israel, al que describe como el «pueblo elegido de Dios».
Estas enseñanzas, basadas en la idea de que el sacrificio económico trae retribución divina, han sido objeto de críticas dentro de sectores del cristianismo tradicional, pero son un pilar de su ministerio.
Quienes han investigado su trayectoria personal afirman que White-Cain esconde muchos trapos sucios bajo su alfombra. Abandonó a su primer marido, dejó al segundo tras engañarlo, luego se casó con un miembro de la banda de rock Journey, allanó la cuenta bancaria del grupo y malversó cientos de miles de dólares tras cometer fraude y dirigir un esquema Ponzi (una estafa de inversión fraudulenta que promete altos rendimientos con poco riesgo). Todo ello, sin embargo, no ha sido obstáculo para que Trump la designara como su «gurú espiritual».
Un motivador lenguaje
Y es que cuando el poder político se rodea de este tipo de figuras, no lo hace por fe, sino por eficacia. La religión sigue siendo uno de los lenguajes más potentes para movilizar emociones colectivas. Da igual que se cite bien o mal, que la oración sea bíblica o inventada (sacada del guión de una película, como ocurrió recientemente con el jefe del Pentágono). Ese detalle, que a algunos les escandaliza, en realidad revela algo más profundo: no importa la autenticidad del contenido, importa el impacto emocional. Lo sagrado se convierte en escenografía. En superficialidad simbólica y teatralización, Es marketing ideológico más que espiritualidad real.
Y respecto al apoyo religioso a Israel, ahí entramos en un terreno complejo pero muy conocido. Ya lo he mencionado en anteriores artículos: ciertas corrientes evangélicas, especialmente los neopentecostales, ven a Israel como pieza clave en sus interpretaciones del Apocalipsis. Eso no es nuevo tampoco; viene del dispensacionalismo del siglo XIX. El problema no es la fe en sí, sino cuando esa lectura literal se convierte en motor político sin matices.
Herramienta de identidad
Cuando la religión entra en la política de esta manera, deja de ser un camino interior para convertirse en una herramienta de identidad. Ya no se trata de buscar la verdad, sino de reforzar un “nosotros” frente a un “ellos”. Dios deja de ser una experiencia para convertirse en una bandera. Y cuando Dios se convierte en bandera, casi inevitablemente hay guerra.
No necesariamente una guerra física -aunque la historia nos recuerda que eso también ocurre-, pero sí una guerra mental, simbólica, ideológica. Una forma de ver el mundo en la que todo se simplifica: los buenos contra los malos, los elegidos contra los enemigos, la luz contra las tinieblas… pero en versión caricatura.
Y aquí es donde entra otro elemento delicado, que ya mencioné antes: el apoyo religioso a Israel desde ciertos sectores, especialmente en el mundo evangélico. No se trata solo de geopolítica. Para muchos, Israel no es un país más, sino una pieza dentro de un guion escatológico. Una profecía en marcha. Un escenario necesario para el cumplimiento del fin de los tiempos.
Política mezclada con profecía
Y cuando la política se mezcla con la profecía, el sentido común suele salir por la puerta.
Porque entonces ya no se toman decisiones basadas en realidades complejas, sino en interpretaciones literales de textos antiguos, leídos sin contexto, sin matices y, muchas veces, sin comprensión profunda. El mundo deja de ser un lugar que hay que entender, para convertirse en un tablero donde confirmar creencias.
Y eso es peligrosísimo. No porque haya demonios detrás moviendo los hilos -esa es la versión fácil, casi infantil-, sino porque hay algo mucho más poderoso: la mente humana convencida de que actúa en nombre de Dios.
Cuando una persona cree que Dios está de su lado, deja de cuestionarse. Y cuando deja de cuestionarse, se vuelve capaz de justificar casi cualquier cosa. Lo diré de otra manera: cuando la gente deja de pensar y empieza a interpretar la política como profecía, se vuelve más manipulable, más polarizada y más dispuesta a justificar cualquier cosa “en nombre de Dios”. La historia está llena de ejemplos.
Mucho ruido, pocas nueces Lo más curioso de todo esto es que, en apariencia, parece un auge de la espiritualidad. Más referencias a Dios, más discursos religiosos, más símbolos. Pero si uno rasca un poco, lo que encuentra no es profundidad, sino superficie. No hay silencio, no hay búsqueda interior, no hay transformación real. Hay ruido. Mucho ruido. Palabras grandes, gestos grandilocuentes y una constante apelación emocional.
Pero la espiritualidad auténtica no grita. No necesita convencer. No necesita imponerse. No necesita entrar en el juego del poder. Por eso, cuando la veas demasiado cerca del poder, desconfía. Porque lo más seguro es que ya no sea espiritualidad, sino otra cosa completamente distinta.
El necesario discernimiento
Y aquí es donde conviene hacer una pausa, respirar y mirar todo esto con cierta distancia. No desde el miedo, sino desde el discernimiento. No estamos al borde de un apocalipsis espiritual. No hay una guerra cósmica a punto de estallar por culpa de estos movimientos. Lo que sí hay es un patrón humano repitiéndose una vez más: el uso de lo sagrado para legitimar el poder. Lo que hay, y eso es más preocupante y real, es una
instrumentalización de la religión para movilizar masas, una simplificación del pensamiento (bien versus mal, elegidos versus enemigos), y no menos importante, el uso del miedo y de lo sagrado como herramienta de control.
Ocurrió en imperios antiguos, en monarquías absolutas, en guerras religiosas, en ideologías modernas que sustituyeron a Dios por otros absolutos. Y vuelve ahora, adaptado a los tiempos, con cámaras, redes sociales y discursos cuidadosamente diseñados.
Cambia la forma, pero el fondo no cambia.
No entremos en el juego
Y quizá la verdadera pregunta no es qué están haciendo ellos, sino qué hacemos nosotros ante todo este panorama. Si entramos en el mismo juego -miedo, reacción, polarización-, alimentamos exactamente el sistema que por ética y por conciencia estamos cuestionando. Pero si, en cambio, mantenemos la lucidez, el criterio propio y esa capacidad cada vez más rara de pensar por uno mismo, entonces el efecto será otro.
El verdadero poder de estas dinámicas no está en quienes las impulsan, sino en quienes las creen sin cuestionarlas. Y ahí está la clave: no está en combatir una supuesta oscuridad externa, sino en evitar la ceguera interna.
Tal vez ese sea el auténtico conflicto espiritual de nuestro tiempo. No una lucha entre fuerzas invisibles, sino entre la conciencia y la sugestión, entre el pensamiento propio y la fe prestada, entre la espiritualidad vivida y la espiritualidad utilizada.
Y en esa batalla no hay bandos políticos, ni falta que hacen. Solo hay personas más o menos despiertas. Y otras que, convencidas de tener la verdad absoluta, ni siquiera se dan cuenta de que están jugando un papel que no han elegido.
Porque cuando Dios entra en la política y se convierte en herramienta, deja de ser Dios. Y pasa a ser un instrumento de poder al servicio de quienes lo manejan.
®J.R. 2026