Los celestiales guardianes de la infancia

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Todos conocemos casos de niños que se han encontrado en situaciones de grave peligro y, sin embargo, han sobrevivido de forma «milagrosa». En tales ocasiones suele decirse que el ángel de la guarda ha intervenido en el momento decisivo para salvarles. Curiosamente, muchos de estos niños han declarado que una presencia angélica les protege, convencidos de que es posible comunicarse con ella. Pero ¿existen estos seres que velan por la infancia, curan enfermedades, son portadores de mensajes tranquilizadores o salvan la vida cuando se producen accidentes?

Por grandes que sean las diferencias de criterio entre los especialistas en el mundo infantil, existe consenso en que los primeros siete años son cruciales para el desarrollo y maduración futuros. La intensidad y audacia en los juegos y relaciones, sea con amigos reales o «invisibles», es una muestra de receptividad hacia el mundo espiritual. Generalmente se piensa que, a medida que el niño se va familiarizando con el pensamiento racional, pierde buena parte de la frescura e inocencia que caracterizaban esos años. Sin embargo, en el libro ‘Children and Angels’ (Los niños y los ángeles) la escritora británica Glennyce S. Eckersley ofrece otra visión del mundo de los adultos, pues ella opina que nunca se llega a perder del todo ese don infantil.

Los investigadores británicos David Hay y Rebecca Nye llevaron a cabo un estudio durante tres años sobre la espiritualidad de la infancia y descubrieron que la mayoría de los entrevistados tenía creencias profundas y experiencias espirituales significativas desde edades muy tempranas. Los niños están convencidos de que poseen su propio ángel de la guarda y no cuestionan la misión de estos seres. Y los menores, con independencia de su origen cultural, hablan de los ángeles con total naturalidad, como si se tratara de amigos de toda la vida.

En muchas sociedades se cree que los bebés de pocos meses poseen la capacidad innata de «ver» más allá de nuestra dimensión física. Este don clarividente desaparece gradualmente con la edad y al llegar a los doce años se han perdido todos o casi todos los vínculos con el mundo espiritual. He escuchado y leído relatos de muchos padres convencidos de la profunda afinidad existente entre niños y ángeles. Por lo que se refiere a los menores, los padres coincidieron al describir una escena que se repite con frecuencia: el bebé mira fijamente a un punto de la habitación, generalmente el techo, y en un momento dado sonríe o ríe, como respuesta a alguna forma de comunicación invisible; a menudo extiende sus manos hacia arriba, como si esperara que un ser invisible le cogiera en brazos.

Los bebés y los ángeles

Tampoco es inusual escuchar relatos de bebés que han sobrevivido milagrosamente tras caer de pisos altos, o en accidentes de tráfico donde mueren los padres pero los pequeños se salvan. Son muchos los que no dudan en atribuir estos sucesos a los ángeles de la guarda. Un ejemplo de este tipo de «rescate angélico» ocurrió en el verano de 1998 en Inglaterra, cuando un hombre llamado Jack llevó a su nieto de trece meses a dar un paseo en coche. Por razones desconocidas, Jack perdió el control del coche y cayó por el precipicio que había a un lado de la carretera. Fue lanzado fuera del vehículo y murió en el acto. Su nieto permaneció dentro del coche durante 72 horas, hasta que fue encontrado vivo y en buen estado de salud por un joven que hacía senderismo en la zona. El coche estaba oculto por una maleza muy espesa y protegido de los rayos del Sol y las inclemencias del tiempo. Durante la vista judicial del caso, todo el mundo hablaba de un milagro, incluso la magistrada. También el policía encargado de las investigaciones dijo que algo o alguien que no era de este mundo había cuidado del niño, salvaguardando su vida.

¿Quién salvó a Lucy?

En los hospitales de todo el mundo se puede asistir diariamente a numerosos prodigios producidos gracias a la tecnología y a la rápida intervención en pacientes que hubieran muerto sólo unas décadas atrás. Pero un milagro auténtico, un caso para el que médicos y enfermeras no encuentren ninguna explicación, es algo muy diferente. Sin embargo, no faltan los ejemplos. Uno de ellos es el caso de Lucy, una niña inglesa de 4 años que ingresó inconsciente en el servicio de urgencias del hospital Santa María de Paddington, en Londres, tras haber sido atropellada por un camión.

El aspecto de Lucy era tal que las dos doctoras de guardia, Judith y Jenny, no pudieron evitar estremecerse a pesar de tener experiencia en accidentes de todo tipo. Parece ser que acompañaba a sus padres mientras caminaban por Edgware Road, una de las calles más concurridas de Londres. Sin previo aviso, la niña se precipitó en la calzada y se metió literalmente bajo las ruedas del camión, que no pudo frenar a tiempo. Todo el tonelaje del vehículo pasó sobre el cuerpo de la pequeña. Después de examinarla, las dos facultativas no daban crédito a sus ojos, ya que sólo le encontraron un pequeño cardenal en el hombro. Mientras la llevaban al departamento de radiología, la niña abrió los ojos y preguntó que «dónde estaba el hombre vestido de blanco brillantes. El radiólogo pensó que se refería a él, ya que, como todos los médicos, vestía bata blanca, pero la niña repetía que ella hablaba del «hombre con el vestido largo que brillaba».

Una de las doctoras intentó tranquilizar a Lucy, pensando que todo era producto de su imaginación, pero la niña mantenía su relato con tenacidad, insistiendo en que aquel personaje luminoso le había acariciado las mejillas mientras la cogía en brazos para evitar que las ruedas del camión aplastaran su cuerpo. Unos minutos después se durmió y no despertó hasta pasadas veinticuatro horas. Transcurrido ese tiempo se le practicaron todo tipo de pruebas y análisis, pero, salvo el pequeño cardenal del hombro, no encontraron nada. Nadie podía creer lo que estaba pasando, ya que el conductor del camión recordaba el ruido producido por las ruedas cuando supuestamente pasaron sobre el pequeño cuerpo y un testigo confirmó que esa versión era cierta. Pero Lucy insistía en que el hombre de blanco le había salvado la vida. Muchos afirmaron sin ningún género de duda que ese «hombre» era su ángel de la guarda.

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Estos seres muestran su presencia de muchas formas distintas y una de ellas es mediante los aromas, generalmente de flores como el jazmín. Hace unos años, una joven madre llamada Jane se fue de vacaciones a la costa con sus dos hijas de 5 y 3 años. Cuando llegó a su destino, empezó a llover y el tiempo empeoró de tal modo que, dos días después, Jane decidió interrumpir las vacaciones y regresar a casa. Metió en el coche el escaso equipaje veraniego y se puso en camino, con tan mala fortuna que cuando apenas había recorrido unos kilómetros se desató una lluvia torrencial que le impedía la visibilidad. Las ruedas del coche resbalaban sobre el firme embarrado y Jane empezó a sentir miedo, Decidió parar y, al mirar hacia los asientos traseros, observó que la niña pequeña dormía plácidamente mientras la mayor, sonriendo, le habló como si se tratara de un adulto: «No te preocupes, mamá; los ángeles nos van a ayudar a salir de aquí». En aquel mismo instante, el coche se llenó de un aroma intenso, difícil de identificar, parecido a una mezcla de perfumes, flores y especias. El olor apenas se mantuvo un minuto, pero fue suficiente para que Jane condujera a partir de entonces con mucha más seguridad, sabiendo que tanto ella como sus hijas estaban protegidas por los ángeles. Ya en casa y a salvo, Jane seguía intrigada por el origen de la misteriosa fragancia, aunque siempre convencida de que no era de este mundo.

Los pequeños sanadores

Juana tenía tres años cuando estableció contacto con el mundo angélico y treinta años después sigue recordando el inicio de su relación con toda nitidez. Era un día de los que un niño no olvida fácilmente, ya que estaba próxima la Navidad. Juana empezó a sentirse mal mientras esperaba a que su madre preparase la cena. No tardó ésta en darse cuenta del estado de la niña y, tras comprobar que tenía fiebre, la metió en la cama y llamó al médico, quien le recetó un antipirético para que le bajara la temperatura. Juana no respondió al tratamiento y su estado empeoró tanto que el doctor decidió que debían ingresarla en el hospital local para mantenerla bajo observación. Mientras la niña yacía exangüe en su cama podía oír la conversación entre el médico y su madre. Entonces tuvo una experiencia que no olvidaría jamás: en el techo de su habitación había siete pequeños ángeles que la miraron y luego rodearon su cama. Vestían largas túnicas de color azul y flotaban y se desplazaban gracias a sus alas. Lo que más le sorprendió fue su tamaño, ya que eran muy pequeños, como muñecas con rostro de niña. Juana recuerda también la expresión bondadosa e inteligente de sus ojos. Creyó que habían venido para llevársela al cielo pero, minutos después, cuando llegó su madre para decirle que iban al hospital, comprobó, sorprendida, que la niña tenía mejor aspecto. El médico volvió a examinarla y la encontró tan recuperada que decidió aplazar su ingreso. Sin embargo, no fue necesario. En pocos días se recobró totalmente. Juana está convencida de que los ángeles salvaron su vida.

La dama de blanco

Los hermanos Laura y Martín estaban preparándose para ir a la cama cuando su padre comenzó a sentir unos fuertes dolores en el pecho y en un brazo. Su esposa no lo pensó dos veces y pidió una ambulancia para llevarle al hospital. Mientras tanto, llamó a la abuela para que se ocupara de los niños. Al día siguiente, por la mañana, la madre volvió a casa y les contó a los pequeños que su padre había sufrido un infarto y tendría que permanecer en el hospital unos días. Añadió que no se preocuparan, porque se restablecería enseguida. Laura, la mayor, se dirigió de este modo a su madre: «Yo sé que papá va a recuperarse muy pronto y no estoy preocupada, porque la señora que vino me tranquilizó». La madre, sorprendida por esta respuesta, le preguntó si se refería a la abuela, pero la niña insistió: «No, me refiero a una señora muy guapa que llevaba un vestido largo de color blanco y que despedía una luz muy brillante. Ella me dijo que papá iba a ponerse bien». Hubo un silencio total en la cocina. La madre y la abuela intercambiaron miradas y luego la primera se acercó a su hija y la abrazó. El padre se recuperó totalmente y hoy, quince años después, Laura está totalmente convencida de que aquella noche vio a su ángel de la guarda.

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De suicida a ángel

No hay nada más doloroso para los padres que perder a un hijo o hija por una enfermedad o un accidente. En muchas culturas se cree que los niños y jóvenes que fallecen antes de llegar a la edad adulta son seres especiales que, al pasar al más allá, se convierten en ángeles. En su libro, Glennyce Eckersley cuenta un caso que parece confirmar esta teoría. Judy y su familia estaban muy tristes ya que uno de los hijos, Michael, que era un adolescente, se suicidó después de sufrir una terrible enfermedad metabólica que había dejado muy alteradas sus facultades mentales. La gran preocupación de su familia era saber si seguiría padeciendo en «el otro lado» y no pasaba un solo día sin que alguno de ellos hablara de Michael. Pocas semanas después de su muerte, una serie de acontecimientos lograron cambiar el sentir y la preocupación de la familia. El médico que le había tratado durante los años anteriores a su muerte empezó a soñar con él. Steve, el hermano pequeño, también tuvo sueños en los que aparecían respuestas para las preguntas que se formulaba su familia sobre el destino de Michael. Poco después ocurrió algo que permitió a Judy y a su familia darse cuenta de que Michael era verdaderamente feliz y gozaba de «buena salud».

Una mañana, Steve despertó al oír cómo se abría la puerta de su habitación. Allí estaba su hermano Michael, quien se dirigió tranquilamente hacia su cama y se sentó en el borde. Steve no dudó de la realidad de la visión. Las noches anteriores había soñado frecuentemente con él. Sin embargo, el nuevo Michael, era distinto: vestía de blanco y su cara pálida y suave brillaba como si la luz saliera directamente, del interior de su cabeza. Una vez sentado en compañía de su hermano, le dijo que había venido a contestar todas las preguntas y a explicarles los sueños que habían tenido.

Michael le contó que el Cielo era muy diferente de la Tierra y que los sentidos se afinan en el más allá, permitiendo a sus moradores ver unos colores y oír unas notas musicales que no se percibían en la Tierra. Michael le aseguró que ya no sufría, que era feliz y se encontraba en paz. Finalizado el relato, desapareció, dejando a su hermano alegre y tranquilo. Steve se lo contó al resto de la familia y desde entonces todos sobrellevan bien la pérdida de Michael, sabiendo que su nueva vida es como la de un ángel.

Visitas sobrenaturales

Aunque existen muchas teorías, no se sabe a qué obedecen las visitas de los ángeles tanto a niños como a adultos. Sin embargo, todo el mundo coincide en que su propósito es siempre positivo y estimulante. La visita o visitas, según las experiencias, permanecen indelebles en el corazón de aquellos que las experimentan y la sensación que éstos tienen es siempre de serenidad, consuelo y valor.

De todas maneras, aunque usted no haya tenido un encuentro angélico, no quiere decir que no goce de la alta protección de estos seres. Los ángeles de la guarda «trabajan con dedicación exclusiva» y están siempre dispuestos a echarnos una mano en cualquier momento. Existen muchas experiencias que así lo prueban.

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Una respuesta a “Los celestiales guardianes de la infancia

  1. Fernando Guillermo

    los niños tienen la gran capacidad de ver y jugar con seres misteriosos
    el gran problema somos los adultos que no creemosen lom que ellos ven o persiven, los niños son la luz que ilumina la tierra, si no miremosle a los ojos y podremos ver en ellos la inocencia y esa pureza que tiene la
    humanidad en sus años iniciales. que con el transcurrir de los años lo vqamos perdiendo al hacernos adultos, pero no devemos de perder al niño que tenemos todos los ceres humanos, por eso los angeles juegan
    con los mas chiquitos. Pero al final nos protejen a todos.

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