Últimamente tengo la sensación de que la gente está profundamente cansada. No hablo solamente del cansancio físico, ese que uno puede aliviar durmiendo unas horas o descansando un fin de semana. Hablo de otro agotamiento mucho más difícil de explicar y, precisamente por eso, mucho más peligroso. Un cansancio silencioso, acumulativo, que se mete lentamente dentro de la mente y dentro del alma hasta convertir a las personas en seres permanentemente tensos, irritables, vacíos o emocionalmente desconectados de sí mismos. Y lo más inquietante es que muchas veces ni siquiera saben exactamente de qué están cansados.
Lo veo casi constantemente, tanto en mi entorno cotidiano como en los hombres y mujeres que atiendo en la consulta. Personas que duermen y siguen estando y sintiéndose agotadas; personas que aparentemente lo tienen todo pero que cuando te hablan con sinceridad, afirman vivir con una tristeza difícil de nombrar; personas que pasan rodeadas de gente y, sin embargo, dicen sentir una soledad inmensa. Personas, en fin, que se declaran incapaces de disfrutar un momento de calma, porque apenas aparece el silencio necesitan llenar el espacio con ruido, con videos, con conversaciones, con redes sociales, con cualquier estímulo que les impida quedarse a solas consigo mismas.
Creo sinceramente que vivimos en una época profundamente enferma de saturación mental y emocional. El cerebro humano no fue diseñado para vivir recibiendo información de manera constante durante dieciséis o dieciocho horas al día. No estamos preparados para consumir tragedias mundiales mientras desayunamos, discutir política mientras almorzamos, mirar las desgracias con las que nos bombardean desde una pantalla antes de dormir y, entre medio, compararnos constantemente con las vidas aparentemente perfectas que otras personas, «influencers» o no, nos muestran en redes sociales.
La mente humana necesita pausas. Necesita silencio, necesita disponer de espacios vacíos y tranquilos donde poder reorganizar emociones, pensamientos y recuerdos. Pero hemos construido una civilización donde el silencio parece casi una amenaza. Y eso -se lo he dicho ya a ustedes, estimados lectores, en otras ocasiones- me hace pensar mucho. Porque antes las personas buscaban el silencio de forma natural. El desierto, la montaña, el bosque, los templos antiguos, los monasterios… todos esos lugares tenían algo en común: permitían escuchar algo más profundo que el ruido del mundo. En cambio, hoy ocurre exactamente todo lo contrario. Vivimos atrapados en una cultura donde incluso el descanso debe ser entretenido, donde incluso la tranquilidad parece tener que venir acompañada de una pantalla, de música, de notificaciones o de una sucesión interminable de estímulos.
Nos hemos desacostumbrado a nosotros mismos. Y quizá por eso tanta gente se siente perdida. Hay personas que literalmente ya no saben quiénes son cuando apagan el teléfono móvil. Han vivido tanto tiempo reaccionando a estímulos externos que han perdido el hábito de mirar hacia dentro. Y cuando finalmente se encuentran consigo mismas, aunque sea unos minutos, aparece algo que les resulta insoportable: el vacío interior. Un vacío que no siempre significa ausencia de alma, sino ausencia de contacto con ella. Y es que el ser humano moderno vive extremadamente conectado hacia afuera y profundamente desconectado hacia adentro. Conoce las noticias del otro lado del planeta pero no sabe qué siente realmente. Opina de todo pero rara vez se escucha a sí mismo. Tiene cientos de contactos y, sin embargo, muchas veces no tiene una conversación sincera y verdaderamente honesta con nadie durante semanas o meses. Y ese desgaste, anímico, emocional y psicológico, termina pasando factura.
Todo lo anterior lo veo reflejado en muchas de las consultas espirituales que atiendo. No son pocas las personas que llegan convencidas de que tienen un problema sobrenatural porque sienten ansiedad constante, pensamientos obsesivos, miedo, angustia o una sensación permanente de amenaza. Y aquí matizo con cuidado, porque tampoco voy a caer en el otro extremo simplista de negar toda posibilidad espiritual. Llevo demasiados años escuchando historias humanas como para reducirlo todo únicamente a química cerebral o a estrés moderno. Pero también he aprendido algo importante: no todo lo que atormenta al ser humano es un demonio, una maldición o una entidad. A veces lo que llamamos “ataque espiritual” es solamente una mente agotada. En no pocas ocasiones, lo que inicialmente se interpreta como “energía negativa” es en realidad la manifestación de un sistema nervioso completamente saturado. Y otras veces, lo que parece ser una presencia oscura perturbando a la persona, es simplemente el miedo acumulado durante años buscando una forma de manifestarse. Y esto no debería tomarse como una minimización del sufrimiento humano; todo lo contrario. El agotamiento emocional y mental puede llegar a destruir profundamente la vida de una persona; puede romper relaciones, alterar el sueño, generar paranoia, provocar aislamiento, producir dependencia emocional o convertir a alguien en un ser permanentemente hipervigilante.
Lamentablemente, vivimos en una sociedad que ha normalizado un nivel de ansiedad que, a mi humilde entender, es completamente enfermizo. La gente ya ni siquiera se sorprende ante el hecho de vivir acelerada. La agitación y las prisas se han convertido en algo cotidiano. Contestamos mensajes mientras pensamos en otra cosa, vemos videos mientras comemos, deslizamos el dedo por la pantalla casi compulsivamente y sin apenas detenernos en lo que estamos viendo, escuchamos música mientras revisamos nuestras redes sociales y, al mismo tiempo, intentamos mantener conversaciones superficiales con personas igualmente distraídas. Todo ocurre rápido, demasiado rápido.
Y el alma humana tiene otro ritmo. Eso es algo que siento cada vez con más claridad. El ser humano necesita momentos de pausa para poder comprender lo que vive. Necesita elaborar emocionalmente las pérdidas, los cambios, las decepciones y los duelos. En cambio, hoy día mucha gente intenta anestesiar inmediatamente cualquier dolor. Si alguien se siente vacío, consume entretenimiento; si se siente triste, busca distracción instantánea; si se siente solo, se lanza desesperadamente a buscar validación externa. Y así, poco a poco, terminamos convirtiéndonos en personas incapaces de sostener el silencio, la introspección o la simple contemplación de la vida. Por eso me preocupa tanto cierta «espiritualidad moderna» basada únicamente en el impacto emocional constante. Veo personas alimentándose día y noche de videos sobre demonios, conspiraciones, catástrofes, profecías y ataques energéticos. Y después esas mismas personas se preguntan por qué viven angustiadas, obsesionadas o con miedo permanente. El cerebro y las emociones también se intoxican, igual que sucede con el cuerpo. No puedes alimentar tu mente constantemente con miedo y al mismo tiempo esperar vivir en paz.
Y posiblemente se encuentre aquí uno de los grandes problemas de nuestra época: hemos confundido intensidad con profundidad. Todo tiene que ser extremo, inmediato, espectacular. Incluso la espiritualidad. Parece que si una experiencia no produce escalofríos, visiones, revelaciones o emociones intensas, entonces no vale nada. Y no todos están preparados para entender y comprender que las transformaciones más profundas casi siempre son silenciosas. Suceden despacio, en calma, sin espectáculo. Como ocurre con los árboles, que crecen lentamente hacia el cielo mientras sus raíces se hunden silenciosamente en la tierra. Y tal vez por eso hay tanta gente que está tan cansada, porque vive permanentemente desconectada de cualquier raíz interior.
Existe además otro elemento que pocas veces se menciona: la soledad emocional. Y aquí no hablo de vivir solo. Uno puede vivir solo y sentirse en paz. Hablo de esa sensación moderna de estar rodeado de personas y aun así sentirse invisible; de sentir que nadie escucha realmente a nadie; de vivir relaciones superficiales donde todo gira alrededor de la utilidad, la apariencia o la validación inmediata. Las redes sociales han amplificado enormemente este fenómeno. Nunca antes en la historia tanta gente había mostrado públicamente fragmentos tan cuidadosamente seleccionados de su vida. Y en esos relatos expuestos a la curiosidad pública, todo parece perfecto, todo parece exitoso, todo parece feliz. Y mientras tanto, al otro lado de las pantallas, millones de personas observan esas imágenes sintiendo que sus propias vidas son insuficientes, aburridas o vacías.
Esa es una forma silenciosa de desgaste psicológico colectivo.
Llegados a este punto, creo sinceramente que muchos seres humanos ya no necesitan más información, más gurús, más teorías espirituales o más estímulos emocionales. Lo que necesitan es algo mucho más simple y mucho más difícil al mismo tiempo: aprender nuevamente a vivir en paz consigo mismos.Volver a caminar despacio, con pausa y sin prisa, observando el mundo a tu alrededor; volver a respirar de manera consciente; volver a conversar sin mirar una pantalla cada treinta segundos; volver a escuchar el silencio sin sentir miedo… y volver a aburrirse un poco. Y sí, digo bien, aburrirse. Porque incluso el aburrimiento tenía antiguamente una función importante. Del aburrimiento nacían la imaginación, la reflexión y muchas veces la creatividad. Hoy hemos convertido cualquier instante vacío en algo intolerable e insoportable, que debe ser inmediatamente llenado con entretenimiento. Y así terminamos agotados, hiper estimulados y emocionalmente dispersos.
A veces pienso que muchas personas no están realmente perdidas espiritualmente. Están simplemente exhaustas. Exhaustas de correr, de aparentar, de sobrevivir emocionalmente, de intentar sostener una identidad digital que no coincide con lo que sienten por dentro. Y posiblemente por eso, tanta gente experimenta una especie de tristeza difusa difícil de explicar. Una sensación de vacío que no desaparece aunque cambien de pareja, de trabajo, de ciudad o de teléfono móvil. Porque el problema no siempre está afuera. Muchas veces el problema está en haber vivido demasiado tiempo desconectados de uno mismo.
Y debo ser absolutamente sincero y decir aquí que no tengo soluciones mágicas para todo esto. Es más, desconfío profundamente de quien las ofrece; pero sí creo que hay pequeños caminos que pueden ayudarnos a recuperar algo de equilibrio interior: cambios tan sencillos y elementales (y al mismo tiempo tan eficaces), como reducir el ruido a nuestro alrededor, recuperar el silencio, aprender a meditar y estar presentes con nosotros mismos. Volver a leer, volver a caminar sin prisa, aprender a respirar de verdad, mirar menos pantallas y más cielos, escuchar menos discursos y más pensamientos propios…
Leído así, sin más, parece simple. Pero posiblemente sea una de las formas más revolucionarias de resistencia espiritual que existen en nuestros días. Porque quizás el gran drama de nuestra época no sea únicamente económico, político o tecnológico. Tal vez el verdadero drama sea haber olvidado cómo vivir en paz con nosotros mismos.
®Josep Riera 2026