El valor del silencio

Estoy en una etapa de mi vida, fruto de la edad y posiblemente también de las experiencias acumuladas tras una suma de golpes, decepciones y aprendizajes, en la que he empezado a descubrir que el silencio tiene más valor del que imaginaba cuando era más joven. No hablo de ese silencio incómodo de quien no sabe qué decir, ni del silencio cobarde de quien calla por miedo. Hablo de otro tipo de silencio, de un silencio mucho más difícil: el silencio consciente, el silencio voluntariamente elegido. Ese que nace de lo más profundo del alma, cuando uno comprende que no todo merece una reacción inmediata y que no toda batalla necesita ser librada.

   Durante muchos años pensé que la sinceridad consistía en decir siempre lo que uno pensaba, decir las cosas de inmediato, sin filtros. No siempre, por supuesto, pero sí muchas veces. Como si callar fuera una especie de traición a uno mismo. Y claro, con el tiempo me he ido dando cuenta de que a veces confundía autenticidad con impulsividad. Creía realmente, por la educación y los valores recibidos de mis progenitores, que ser honesto implicaba verbalizar cada emoción que sentía en el momento exacto en el que ésta aparecía. Pero la vida, lentamente, ha ido enseñándome que no todas las verdades ayudan cuando son dichas desde la rabia, desde el orgullo o desde la necesidad de imponerse.

   Analizando todo esto, ahora sé que hay palabras que una vez pronunciadas ya no regresan, sino que quedan flotando en la memoria de las personas durante años. A veces, una frase dicha en cinco segundos destruye una amistad de veinte años. O rompe una relación, o hiere a un hijo, o humilla a alguien que ya venía herido desde antes. Y lo más terrible es que muchas veces esa frase ni siquiera era necesaria. A tales extremos como los que menciono, no me ha pasado a mí a nivel de familia ni de amistad, pero sí lo he visto en casos cercanos. Lo que sí me ha sucedido, y lo digo con toda sinceridad, es que algunas veces mi silencio ha sido mal interpretado, incluso en personas muy cercanas, porque con ese silencio lo único que he pretendido ha sido evitar discusiones o conflictos innecesarios y esa postura mía de mantenerme alejado de confrontaciones no siempre ha sido bien aceptada.

   Y es que vivimos en una época donde todo el mundo opina de todo, y donde parece obligatorio reaccionar inmediatamente. Las redes sociales -y lo veo mucho en los lives que habitualmente hago-, han convertido la impulsividad casi en una virtud. Si alguien piensa distinto, se responde rápido, porque la otra persona quiere imponer su propio criterio; si alguien dice algo que provoca, otros entran al combate. Si algo molesta, se publica. Y mientras más rápida y agresiva sea la respuesta, más aplausos recibe. La cosa es que nos han educado para hablar constantemente, pero no para reflexionar antes de hacerlo.

   Y sin embargo, cuanto más envejezco, más comprendo que la verdadera fuerza no siempre está en responder. Todo lo contrario, muchas veces está precisamente en no hacerlo. No porque uno no tenga argumentos, no porque falte inteligencia, sino porque a base de experiencia he terminado entendiendo que hay personas que no buscan comprender, sino descargar sus propias frustraciones. Tengo muy claro que hay discusiones donde ninguno de los presentes  escucha realmente los argumentos; solo esperan el turno y el momento propicio para atacar. Entrar ahí es como intentar apagar un incendio lanzándole gasolina.

   Recuerdo que hace años me afectaban mucho más la crítica, la ofensa o el ataque gratuito. Cuando algo así ocurría, sentía la necesidad de explicarme, de justificarme o de demostrar que el otro estaba equivocado. Hoy, ya no tanto. Y no es porque me haya vuelto indiferente, sino porque entendí algo importante: muchas personas no discuten contigo; discuten con sus heridas, con sus miedos, con sus frustraciones acumuladas. Tú solo apareces delante en ese momento.

   Y en esos momentos, en esas situaciones, el silencio deja de ser debilidad para convertirse en inteligencia emocional. A base de ir acumulando experiencias, he terminado comprendiendo que hay silencios que evitan conflictos innecesarios, silencios que salvan relaciones, silencios que impiden que una emoción pasajera destruya algo valioso. Porque cuando uno habla desde la ira, casi nunca habla desde lo mejor de sí mismo; habla desde la parte más primitiva, más herida, más impulsiva. Es lo que les mencionaba antes a ustedes, antes de discutir y de avivar un posible conflicto siempre he preferido callar, aún a riesgo de ser malinterpretado.

   Claro que hay situaciones en las que tampoco defiendo el silencio absoluto. Existen silencios cobardes que permiten todo tipo de abusos, injusticias y manipulaciones, y también hay personas que callan tanto que terminan enfermando por dentro. El silencio no debe convertirse en represión ni en sumisión. La clave está en discernir. Y el discernimiento -como ya he dicho tantas veces- es una de las formas más altas de madurez espiritual. En tales casos se trata de aprender cuándo es necesario hablar y cuándo conviene no hacerlo. Y es que no toda verdad necesita ser lanzada como una piedra. Hay verdades que necesitan tiempo, contexto, compasión. Incluso hay momentos donde la verdad dicha brutalmente deja de ser verdad y se transforma simplemente en violencia disfrazada de sinceridad.

   Con los años también descubrí otra cosa: muchas veces hablamos demasiado porque tememos al vacío, le tenemos miedo al silencio interior, nos incomoda quedarnos solos con nuestros pensamientos. Entonces, lo llenamos todo de ruido: conversaciones inútiles, charlas insulsas o sin sentido, opiniones constantes sobre el tema que sea, reacciones automáticas, a todas horas música o pantallas encendidas… es como si el silencio nos enfrentara a algo que no queremos mirar. Y quizás sea precisamente eso lo que más teme el ser humano moderno: escucharse a sí mismo.

   El silencio profundo tiene algo casi espiritual. Obliga a quien lo practica a detenerse, a observar, a pensar antes de actuar. Por eso tantas tradiciones antiguas valoraban tanto el retiro, la contemplación, la meditación y el recogimiento. Los monjes del desierto, los ermitaños, los filósofos antiguos, todos comprendían que una mente incapaz de callar jamás puede ver con claridad. Hoy ocurre todo lo contrario. Vivimos intoxicados de palabras. Todo el mundo habla, opina, sentencia, acusa, diagnostica, pontifica. Pero escuchar, escuchar de verdad, cada vez menos.

Escuchar es algo que se va aprendiendo con el tiempo. Y saber escuchar requiere silencio. Quizá por eso, las personas más sabias que he conocido no necesariamente eran las que más hablaban. Muchas veces eran las que escogían cuidadosamente cada palabra; personas (como, entre otros, mis recordados profesores de historia don Ernesto Ramón y de filosofía doña Llanos Lozano en mis años de instituto), que entendían que el lenguaje tiene poder. Sabían bien -y por esas enseñanzas les estaré siempre agradecido- que una frase puede sanar o destruir, que una palabra dicha en el momento correcto puede salvar a alguien del abismo, mientras que  otra palabra puede empujarlo definitivamente hacia él. La lengua humana es algo extraño. Tan pequeña, y al mismo tiempo capaz de cambiar destinos enteros.

   Con el tiempo uno comprende que dominar el carácter no consiste en parecer espiritual, ni en repetir frases bonitas, ni en aparentar calma delante de los demás. El verdadero dominio aparece cuando podrías reaccionar impulsivamente y en cambio decides no hacerlo. Cuando el ego pide responder, atacar o humillar, y aun así eliges la serenidad.
Eso no siempre se logra. No es fácil porque somos humanos, nos equivocamos, perdemos la paciencia en ocasiones, y en otras hablamos de más o incluso herimos sin querer. Pero precisamente por todo eso, el silencio consciente se vuelve tan importante: porque nos obliga a frenar antes de convertir una emoción pasajera en una consecuencia permanente.

   A veces pienso, apreciados lectores, que gran parte del sufrimiento humano nace de palabras mal utilizadas. Familias que, como mencionaba anteriormente, han quedado destruidas por frases dichas en un momento de rabia; amistades rotas por orgullo, y personas que cargan complejos toda la vida por algo que alguien les dijo en la infancia. Y luego nos preguntamos por qué hay tanta ansiedad, tanta agresividad y tanta soledad emocional. Posiblemente una de las razones sea porque hemos olvidado que hablar también es un acto de responsabilidad.

Callar no es siempre rendirse. A veces es exactamente lo contrario. En determinadas ocasiones, el silencio es la forma más elevada de autocontrol, la prueba de que ya no necesitamos reaccionar a todo para sentir que existimos.

Llega un momento en la vida, y en ese momento siento que estoy ahora, en el que uno ya no quiere tener razón a cualquier precio. Quiere, por encima de todo, tener paz, estar en paz. Y esa paz, curiosamente, muchas veces empieza cuando aprendemos que no todas las palabras merecen salir de nuestra boca.

®Josep Riera 2026

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