LA DESHUMANIZACIÓN SILENCIOSA, EL NEGOCIO DEL RUIDO Y EL ARTE DE NO PENSAR
Quiero que pienses en el último momento del día en que no tenías nada en las manos. Sin móvil, sin auriculares, sin pantalla encendida frente a ti. Un momento de quietud real, no programada, no decorativa. ¿Cuándo fue? ¿Esta semana? ¿Este mes? Tómate un segundo y búscalo. Si te cuesta encontrarlo, ya estás leyendo el texto correcto.
No te escribo esto desde ninguna superioridad moral. Me pillo a mí mismo mirando el techo durante medio segundo y sintiendo el impulso casi físico de desbloquear el teléfono, como si el silencio fuera una amenaza, como si estar a solas con mis propios pensamientos fuera algo que hay que evitar. Y eso, precisamente eso, es lo que deberíamos empezar a preguntarnos: ¿por qué nos incomoda tanto pensar?
La anestesia perfecta
Vivimos en una época que se vende a sí misma como la más conectada de la historia. Y técnicamente lo es. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información, a tanta gente, a tanto contenido. Pero hay algo profundamente irónico en todo esto: cuanta más conexión, más solos. Cuanta más información, más confundidos. Cuanto más entretenimiento, más vacíos.
No es una casualidad. Es un diseño.
Las plataformas que consumimos cada día no fueron construidas para hacernos más libres, más críticos o más felices. Fueron construidas para capturar nuestra atención y vendérsela a quien pague más. Cada notificación, cada autoplay, cada scroll infinito responde a algoritmos entrenados durante años para encontrar el punto exacto en que dejamos de pensar y empezamos a consumir de forma refleja, como animales. No lo digo como insulto. Lo digo como descripción técnica de lo que ocurre en nuestro cerebro cuando llevamos cuarenta minutos en TikTok sin haber decidido conscientemente seguir ahí.
«El problema no es que nos distraigan. El problema es que hemos aprendido a pedirnos la distracción nosotros mismos, a necesitarla, a no saber ya muy bien cómo estar sin ella.”
Y aquí es donde la cosa se pone interesante, porque este vacío no es natural. Se ha cultivado. Se ha fomentado. Porque una persona que se aburre, que se sienta con su incomodidad, que la atraviesa, que piensa… es una persona peligrosa para ciertos intereses.
El negocio del yo, yo, yo
Hay algo que me duele especialmente de nuestra época, y es la normalización del egoísmo como filosofía de vida. No el egoísmo torpe y vergozante de siempre, sino uno nuevo, sofisticado, con branding. Se llama “ponerte a ti primero”, “proteger tu energía”, “no debes nada a nadie”. Se vende en podcasts, en libros de autoayuda, en cuentas de Instagram con tipografías bonitas sobre fondos beige.
No me malinterpretes: cuidarse es necesario. Los límites son sanos. Pero hay una diferencia enorme entre la salud emocional y el narcisismo con vocabulario terapéutico. Lo que estamos construyendo, poco a poco, es una sociedad de individuos perfectamente centrados en sí mismos, impermeables al otro, convencidos de que cualquier demanda ajena es una amenaza a su bienestar.
¿Y a quién le conviene eso? A cualquiera que no quiera que nos organicemos. A cualquiera que prefiera que nos peleemos entre nosotros en comentarios de redes sociales antes de que miremos hacia arriba y nos preguntemos quién toma las decisiones reales que afectan a nuestras vidas.
La falsedad como lengua materna
Hemos aprendido a construir versiones de nosotros mismos para consumo externo. Una versión para el trabajo, otra para Instagram o Tiktok, otra para la familia, otra para los amigos de la infancia que ya no entendemos muy bien pero seguimos siguiendo. La autenticidad se ha convertido en una estética más, en otro producto que vender. “Aquí os muestro mi lado más vulnerable”, dice alguien con el encuadre perfecto y la iluminación estudiada.
No es que seamos malas personas. Es que hemos crecido en un entorno que premia la imagen sobre la sustancia, la apariencia sobre el ser. Y cuando todo el mundo juega ese juego, cuando la falsedad se convierte en la norma, perdemos algo esencial: la capacidad de confiar. De conectar de verdad. De tener una conversación en la que ambas partes estén realmente presentes y no pensando en cómo van a contarlo luego.
«Una sociedad que no puede tener conversaciones honestas es una sociedad que no puede resolver sus problemas. Y eso, también, le viene de perlas a quien vive de que los problemas no se resuelvan.»
Los que miran desde arriba
No me gusta, nunca me ha gustado el conspiracionismo fácil. No creo en reuniones secretas de élites con túnicas planeando cada detalle de nuestras vidas. La realidad es más banal y, en cierto modo, más aterradora: no hace falta conspirar cuando los incentivos ya apuntan en la misma dirección.
Los poderes políticos, en su mayor parte, prefieren ciudadanos que voten cada cuatro años y no hagan más preguntas. Las grandes corporaciones prefieren consumidores que compren sin reflexionar. Las industrias del entretenimiento prefieren audiencias que enganchen. Las instituciones religiosas, en demasiados casos históricamente documentados, han preferido feligreses que obedezcan antes que creyentes que piensen. No es malicia pura: es lógica de sistema. Un pueblo que piensa es un pueblo que exige. Y los que exigen son incómodos.
Por eso el modelo ideal, para quien detenta el poder, es exactamente lo que tenemos: gente agotada por jornadas laborales interminables, endeudada, anestesiada por el entretenimiento, dividida por guerras culturales cuidadosamente alimentadas, convencida de que sus enemigos están en el barrio de al lado y no en el piso de arriba. Gente que cuando llega a casa solo quiere desconectar, que es exactamente lo que le ofrecen: desconexión en formato de serie, de reality, de reel, de notificación.
No te pido que te vuelvas loco
Sería fácil terminar aquí con un manifiesto revolucionario o con una lista de diez pasos para despertar. Pero eso sería otra trampa, otra forma de darte contenido masticado para que no tengas que masticar tú.
Lo que sí te pido, lo único que te pido, es que recuperes el aburrimiento. Que te sientes con él. Que la próxima vez que sientas ese impulso de agarrar el teléfono para no pensar en nada, te preguntes de qué estás huyendo. Que empieces a notar cuándo una opinión la has pensado tú y cuándo te la han dado ya pensada. Que te des cuenta de cuándo estás enfadado con quien te dicen que te enfades en lugar de con quien realmente te perjudica.
No es cuestión de ser paranoico. Es cuestión de ser un poco más dueño de tu cabeza. Y eso, que parece tan poca cosa, es exactamente lo que más les cuesta a los que prefieren que sigamos exactamente donde estamos.
Piénsalo. O mejor dicho: date permiso para pensarlo.
——————————————
Escrito con honestidad, sin patrocinadores, sin agenda. Solo palabras y la esperanza de que algo aquí te haga ruido. Comparte si crees que a alguien le puede servir.
®Josep Riera 2026