El claroscuro de los monstruos

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.”
Antonio Gramsci (*) escribió esa frase hace casi un siglo, y sin embargo parece escrita esta misma mañana, mientras alguien desliza el dedo por TikTok viendo guerras, publicidad de perfumes, cadáveres, recetas de cocina, conspiraciones, bailes ridículos, discursos políticos y gatos vestidos de astronauta, todo mezclado en la misma pantalla, en la misma velocidad, en la misma sopa mental donde ya casi nada conserva peso ni profundidad.

  Recientemente he vuelto a reflexionar sobre esta frase, que despierta en mí toda una serie de sensaciones y sentimientos. La he analizado muchas veces y tengo muy claro que los monstruos de los que hablaba Gramsci no eran (no son) necesariamente criaturas con colmillos. El intelectual italiano no hablaba de vampiros ni demonios medievales. Hablaba de algo mucho más peligroso: de sociedades enfermas, de vacíos morales, de épocas donde lo viejo ya no sirve, pero lo nuevo todavía no nace. Épocas de transición. Y las transiciones humanas rara vez son elegantes. Casi siempre son caóticas, violentas y profundamente confusas.

  Nos gusta imaginar la historia como una línea ordenada de progreso. Pero no funciona así. Las civilizaciones envejecen igual que las personas, las ideas también se desgastan, los sistemas pierden legitimidad, las instituciones se vacían por dentro mientras mantienen la fachada. Y llega un momento en que todo sigue aparentemente en pie, aunque espiritualmente ya esté derrumbado. Eso es el claroscuro. No es todavía una oscuridad absoluta. Pero tampoco hay luz suficiente.

  Y en esa penumbra, aparecen los monstruos. Esos monstruos a veces visten de uniforme. A veces llevan corbata y trajes elegantes. A veces tienen millones de seguidores, en la vida real o en las redes sociales, igual da. En ocasiones son o forman parte de gobiernos, en otras son empresas. No pocas veces son ideologías. Y también en algunas ocasiones, aunque nos resulte incómodo, los monstruos nacen dentro de nosotros mismos.

  Y cierto tipo de monstruo moderno no siempre ruge. Muchas veces sonríe, con sonrisas extrañas, irónicas o burlonas, con las que pretende ocultar sus verdaderas intenciones, y quizás lo logra ante la masa humana ignorante y conformista, pero no consigue pasar desapercibido ante quienes ya sabemos identificar a los de su especie.

  Vivimos en una época extraña, en la cual nunca hubo tanta información y, al mismo tiempo, tanta incapacidad para pensar con serenidad. Nunca hubo tantos discursos sobre libertad mientras aumenta el control psicológico, tecnológico y emocional sobre las personas. Nunca hubo tanta hiperconexión y, sin embargo, tanta soledad interior.

  Y mientras tanto, el viejo mundo efectivamente se muere. Se muere una forma de entender la familia, se muere una forma de entender la espiritualidad, se muere la conversación pausada, se muere la intimidad, se muere el silencio. Se muere incluso la capacidad de aburrirse, que era precisamente el espacio donde antes aparecía la reflexión. Todo debe producir. Todo debe entretener. Todo debe generar reacción inmediata. El ser humano ya casi no vive: reacciona. Y es lamentable constatar que cuando una sociedad vive únicamente reaccionando, sin reflexión, sin profundidad y sin raíces, ya queda lista para cualquier forma de manipulación.

  Ahí es cuando aparecen los monstruos. Porque el totalitarismo no siempre llega golpeando la puerta con botas militares y banderas negras. Esa es la versión antigua, la más fácil de detectar. El nuevo totalitarismo es mucho más sofisticado. Te hace creer que eres libre mientras condiciona tus emociones, tus deseos, tus opiniones y hasta tus indignaciones. Antes los imperios conquistaban territorios. Hoy conquistan atención. Y quien controla tu atención termina controlando también tu percepción de la realidad.

  Por eso la gente discute ferozmente por cosas nimias o absurdas, mientras asuntos verdaderamente graves pasan delante de sus ojos sin provocar reacción. Porque el monstruo moderno no necesita prohibirte pensar; le basta con mantenerte distraído. Y así aparecen fenómenos y realidades inquietantes. Por ejemplo, ves personas incapaces de sostener una conversación profunda durante más de cinco minutos. Contemplas como las relaciones humanas se han convertido en un producto de consumo rápido, al igual que la espiritualidad auténtica ha quedado opacada bajo capas de otros productos, superfluos y vacíos. La política se ha convertido en espectáculo, el dolor en contenido; incluso la intimidad ha pasado a ser de exhibición pública.

  La despersonalización no ocurre de golpe. Ocurre lentamente, como una erosión.
Primero te quitan el silencio, después la atención, luego la capacidad de contemplar, más tarde el criterio, el razonamiento y el sentido común. Y finalmente terminas consumiendo identidades prefabricadas, sin darte cuenta de que ya casi no sabes quién eres realmente.

  Ese es uno de los monstruos más terribles de nuestro tiempo: la pérdida del yo auténtico. La gente ya no se construye desde dentro; se arma desde fuera, como un collage de opiniones ajenas, tendencias virales, frases motivacionales y algoritmos. Y observas tristemente como muchas personas ya ni siquiera tienen pensamientos propios: tienen pensamientos sugeridos. Y eso crea seres humanos extremadamente manipulable.

  Quizás por eso hoy existen tantas personas desesperadas por pertenecer a algo. Algo, lo que sea: un partido político, una secta espiritual, un fandom, una ideología extrema, una guerra cultural, una identidad grupal. Cuando el individuo pierde su centro interior necesita fusionarse con alguna masa para sentir que existe. Y ese individuo no es consciente o no es capaz de darse cuenta de que las masas asustadas son el alimento favorito de los monstruos. La historia lo demuestra constantemente. Las grandes atrocidades humanas no surgieron solamente de la maldad individual; surgieron del miedo colectivo, del resentimiento, de la humillación social, de la incertidumbre económica y del vacío espiritual. Ahí germinan siempre los totalitarismos: en personas agotadas, confundidas y emocionalmente vulnerables. Por eso las épocas de crisis, los claroscuros, son tan peligrosos.
Cuando la gente pierde estabilidad interior, empieza a entregar voluntariamente su libertad a quien le prometa orden, seguridad o sentido. No importa si ese “salvador” es político, religioso, tecnológico o incluso espiritual.

  Aquí nos encontramos ante otro hecho preocupante: muchos monstruos actuales vienen disfrazados de salvadores. Algunos prometen salvar el mundo mediante una vigilancia absoluta, otros mediante una férrea censura, otros mediante los fanatismos ideológicos, otros mediante el odio organizado, otros mediante el fomento y la incitación al consumismo. Y otros más, mediante falsas espiritualidades que anestesian el pensamiento crítico del ser humano. Porque no todos los monstruos gritan o rugen; Muchos acarician, muchos seducen con voces empalagosas, y muchos prometen paz mientras vacían el alma (y también los bolsillos, dicho sea de paso) de las personas.

  Vivimos además una era profundamente egoica. Nunca se habló tanto del “yo”, del “mí”, del “mi verdad”, del “mi energía”, del “mi proceso”, del “mi éxito”, del “mi contenido”. Incluso la espiritualidad cayó muchas veces en esa trampa narcisista. Una sociedad obsesionada consigo misma termina perdiendo la capacidad de sacrificio, de empatía y de comunidad real. Entonces es cuando aparecen otros monstruos: la indiferencia, el cinismo y la incapacidad de sentir compasión genuina. La gente ya no se horroriza demasiado. Se acostumbra a todo. Ese quizás sea el síntoma más inquietante del claroscuro actual: la normalización de lo inhumano. Nos acostumbramos a ver guerras en alta definición mientras cenamos. Nos acostumbramos a ver humillaciones públicas convertidas en entretenimiento. Nos acostumbramos a que la mentira, el engaño y las promesas incumplidas sean una estrategia política normal, o a que las empresas estudien psicológicamente nuestras debilidades para mantenernos adictos a las pantallas. Nos acostumbramos incluso a vivir en una ansiedad permanente. Y cuando una sociedad se acostumbra a vivir enferma, deja de buscar curación. Ahí el monstruo ya ganó.

  Pero sería injusto terminar solo en la oscuridad. Porque Gramsci no hablaba únicamente de monstruos. También hablaba de transición. Y toda transición implica una nueva posibilidad. Tal vez precisamente porque el viejo mundo se está derrumbando, muchas personas están comenzando a despertar del ruido. Es muy notoria y se percibe con claridad una fatiga social profunda. Mucha gente ya no soporta tanta superficialidad, tanta agresividad, tanta manipulación emocional constante. Existe cada vez más una sed de autenticidad. Aunque todavía sea pequeña, aunque todavía esté desorganizada, aunque todavía no sepa exactamente hacia dónde ir. Lo realmente importante es que está ahí y se está haciendo notar.

  Quizás el nuevo mundo todavía no nace porque primero debe morir una parte de nosotros mismos: la parte adicta al ruido, al miedo, a la velocidad, a la frivolidad y a la distracción constante. Creo firmemente que ningún cambio verdadero vendrá solamente desde la política, la tecnología o los sistemas económicos. El verdadero cambio siempre empieza en la conciencia humana. Y eso exige algo muy difícil en esta época: detenerse. Requiere pensar, guardar silencio, meditar y recuperar profundidad. Es imprescindible que volvamos a mirar a los demás como seres humanos y no como perfiles, como consumidores o como enemigos ideológicos.

  Y termino estas reflexiones, recalcando mi convicción de que resistir a los monstruos modernos no consiste en grandes revoluciones heroicas, sino en algo mucho más sencillo y radical: conservar el alma humana en medio del ruido. Y es que en tiempos de oscuridad, seguir siendo verdaderamente humano ya es un acto de rebelión.

(*) Antonio Gramsci (1891-1937) fue un intelectual, filósofo, teórico marxista, político, sociólogo y periodista italiano.

®Josep Riera 2026

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