La culpa de Eva y la serpiente que nunca durmió

LA TENTACIÓN, EL MIEDO AL CUERPO FEMENINO Y UNA MISOGINIA TAN ANTIGUA COMO EL MUNDO


En estos últimos días y coincidiendo con las celebraciones y homenajes a las mujeres y a las madres que se hacen en muchos países cada mes de mayo, he vuelto a hacerme una pregunta que ya ha dado vueltas por mi cabeza en muchas ocasiones; y estoy seguro que muchos de ustedes, estimados lectores, también en algún momento se han planteado lo mismo: ¿Por qué la serpiente fue a buscar a Eva y no a Adán?

   La Biblia no lo explica. No da razones. Simplemente lo narra: la serpiente estaba allí, en el jardín, y eligió a la mujer. La cuestión es que esa elección, ese pequeño detalle narrativo de hace miles de años, ha pesado sobre las mujeres como una losa durante toda la historia de Occidente. Por ello he creído oportuno y conveniente redactar este ensayo, ya que merece la pena no solamente pararse a pensar en ello, sino además analizarlo y estudiarlo en profundidad, con calma y con honestidad.

   Y es que cuando nos preguntamos por qué la serpiente tentó a Eva, en realidad estamos preguntando algo más profundo: ¿Quién escribió esta historia? ¿Con qué intención? ¿Y a quién le convenía que el relato quedara así?

El texto y sus silencios

El Génesis es un texto en verdad extraordinario. No lo digo solo como relato literario -aunque lo es, de una manera que a veces nos pasa desapercibida-, sino como documento humano. Alguien, en algún momento entre los siglos IX y VI antes de Cristo, decidió poner por escrito una explicación del origen del sufrimiento, del trabajo, de la muerte, del deseo. Y lo hizo en forma de historia. En el centro de esa historia puso a una mujer. Y en el corazón de esa mujer, puso la duda.

La serpiente no ofrece placer a Eva. Le ofrece conocimiento. Y eso, en sí mismo, ya dice mucho sobre lo que más asustaba a quienes escribieron el mito.


   Adán está presente en la escena, por cierto. Muchos lo olvidan. El texto hebreo dice que Eva tomó el fruto, comió, «y dio también a su marido que estaba junto a ella, y él comió». Junto a ella, ahí, mirando lo que sucedía, sin intervenir, sin decir palabra. Sin que nadie tuviera que tentarlo demasiado. Pero la culpa recayó sobre Eva. Siempre ha recaído sobre Eva.

   ¿Por qué? Es la pregunta crucial. Y la respuesta honesta es que ese texto fue escrito por hombres, en una sociedad patriarcal, para explicar, y de paso justificar a su manera, un orden del mundo en el que la mujer ocupaba un lugar subordinado. No lo digo como acusación, lo digo como observación histórica. Los mitos no caen del cielo; los fabrican sociedades concretas con necesidades concretas. Y esta sociedad necesitaba una explicación del dolor del parto, del sometimiento de la mujer al hombre, de la dificultad de la vida. El mito les dio todas esas explicaciones. Con Eva como protagonista de lo que dieron en llamar «la caída».

La serpiente elige, y esa elección no es inocente

Volvamos a la pregunta inicial. ¿Por qué Eva y no Adán? Los comentaristas religiosos a lo largo de los siglos han dado respuestas que revelan mucho más sobre ellos que sobre el texto. San Agustín creía que la mujer era más susceptible al engaño por ser «inferior en razón». Tomás de Aquino pensaba que la serpiente eligió a Eva porque era la parte «más débil» de la pareja. Tertuliano, ese padre de la Iglesia que llamó a las mujeres «puerta del diablo», fue todavía más lejos al escribir que la mujer es tentada primero porque la mujer es, en sí misma, tentación.

   Aquí está el núcleo del asunto. Durante siglos, la respuesta oficial fue: la serpiente se dirigió a Eva porque Eva ya era, de alguna manera, peligrosa en sí misma. Según este concepto, la mujer, frágil de mente, fuerte de cuerpo, era demasiado curiosa, demasiado deseosa. La víctima convertida en culpable. En otras palabras, el objeto de la tentación convertido en fuente de la misma.

  

Llamar «debilidad» a la curiosidad intelectual, y llamar «peligro» al deseo de comprender, no es teología. Es política.


   Es importante que nos fijemos, siempre siguiendo el relato bíblico, en lo que Eva realmente hace: mira el árbol, piensa, evalúa, decide. «Vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar sabiduría». Eso no es debilidad, sino todo lo contrario, es pensamiento y razonamiento. Es exactamente lo que, milenios después, llamaríamos filosofía o ciencia: observar el mundo, desear comprenderlo, actuar en consecuencia. Y sin embargo, ese hecho se convirtió en el pecado original de todo el género humano. Curiosamente, de todo el género humano femenino en particular.

La misoginia como sistema, no como accidente

Lo que me parece más revelador en todo este tema no es el texto en sí, sino lo que se hizo con él. Esa historia podría haberse leído de mil maneras distintas. Por ejemplo, considerando a Eva como una figura de valentía intelectual. Viendo a la serpiente como metáfora del conocimiento prohibido que todo ser humano ansía. Y al hombre, Adán, como una figura pasiva que acepta lo que se le da sin cuestionarlo. Pero no ocurrió nada de eso. Al contrario, durante casi dos milenios, la tradición occidental eligió una sola lectura: la mujer como origen del mal. Y esa lectura no fue inocente, no tenía nada de inocente: fue funcional, elegida a plena conveniencia.

   La misoginia no es un error de cálculo de la historia. Es todo un sistema político y social. Un sistema que necesitaba argumentos, y los buscó donde pudo encontrarlos: en los textos sagrados, en la filosofía, en la medicina, en el derecho. Eva le proporcionó a ese sistema su argumento fundacional. Si la primera mujer había traído la perdición al mundo, ¿qué podría esperarse del resto? Mejor mantenerlas vigiladas, controladas, silenciadas. Por su propio bien, claro. Y por el nuestro.

   Éste no es un fenómeno exclusivamente cristiano, todo hay que decirlo. Existen versiones de la misoginia en prácticamente todas las culturas conocidas. Sin ir más lejos Pandora, en la tradición griega, abre su famosa caja y libera todos los males del mundo. Otra vez una mujer, otra vez la curiosidad, otra vez el castigo colectivo por una acción femenina. La coincidencia es demasiado sistemática para ser casual.

El cuerpo de Eva y el miedo que despierta

Hay algo más en todo este tema que no quiero dejar pasar. La serpiente, en muchas tradiciones, está asociada a la fertilidad, a la tierra, al ciclo de vida y muerte -muda de piel, renace-. En las religiones anteriores al monoteísmo patriarcal, la serpiente era frecuentemente un símbolo de lo sagrado femenino. Cuando el Génesis convierte a la serpiente en el adversario, en la encarnación del engaño, aunque no lo diga con claridad, también está haciendo otra cosa: está liquidando, eliminando simbólicamente una religiosidad anterior centrada en la diosa madre, en la naturaleza cíclica, en el cuerpo femenino como fuente de vida.

  El cuerpo de Eva incomoda al texto bíblico casi desde el inicio del relato. La desnudez, al principio inocente, se convierte de golpe en algo vergonzoso. El deseo aparece marcado. El parto, que debería ser generación y vida, se convierte en castigo doloroso. Es como si el texto necesitara disciplinar ese cuerpo, ponerle límites, cargarle culpas. Y lo consiguió con una eficiencia asombrosa.

Pocas operaciones culturales han sido tan eficaces como convertir el cuerpo femenino en fuente simultánea de pecado y de vergüenza, de deseo y de culpa.


   Pienso en todas las mujeres a lo largo de la historia que han cargado con eso. En las que fueron juzgadas por desear, en las que fueron quemadas por saber demasiado sobre plantas y remedios, en las que callaron porque hablar era indecoroso, en las que fueron señaladas como «tentación» por hombres incapaces de asumir sus propios deseos. Todo eso tiene un origen narrativo. Y ese origen tiene nombre: Eva.

 ¿Qué hacemos con este relato?

No estoy proponiendo tirar el Génesis a la basura. Los mitos no funcionan así, y además sería un desperdicio. Los mitos son mapas del alma humana, y éste en particular es uno de los más ricos y complejos que tenemos. Lo que les propongo a ustedes, estimados lectores, es leerlo con los ojos abiertos. Preguntarnos quién habla, desde dónde habla, a quién beneficia el relato tal como ha llegado hasta nosotros. Y estoy seguro de que si lo hacen así, cambiará su punto de vista y al mismo tiempo entenderán muchas cosas.

   Puesto que si algo nos enseña la historia, es que los textos no son inocentes. Cada interpretación que se haga de cada texto, es una elección. Y durante demasiado tiempo, la elección fue siempre la misma: cargar sobre Eva, sobre la mujer, sobre lo femenino, el peso de todo aquello que los hombres con poder no querían asumir como propio. El miedo a la muerte, la fragilidad de la existencia, el deseo incontrolable, la fascinación ante lo desconocido.

   La serpiente del Génesis eligió a Eva, efectivamente. Pero quienes escribieron dicha historia eligieron esa serpiente, esa mujer, esa culpa. Y quienes la interpretaron durante siglos eligieron quedarse con esa versión. Nada de eso fue inevitable. Todo ello fue una decisión consciente, interesada y por supuesto, la más conveniente para los autores. Y reconocer que fue una decisión es el primer paso para poder, finalmente, tomar otra.

   Adán estaba allí. Junto a ella. Lo dice el texto. Pero eso nunca fue la noticia. Por eso considero positivo y necesario reflexionar sobre las serias y profundas implicaciones que todavía en nuestros días sigue teniendo este relato mítico.

®Josep Riera 2026

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