El misterio de los demonios lujuriosos

Incubare significa yacer arriba y sucubare, yacer debajo. De estas dos palabras latinas procede el nombre de esos demonios lujuriosos que fueron causa de perdición y muerte de muchos hombres y mujeres, es decir, íncubos y súcubos. A continuación se tratará de desvelar el misterio que los ha rodeado durante siglos.

Desde tiempos remotos el hombre ha especulado sobre la existencia de los íncubos y súcubos, es decir, aquellos demonios lujuriosos que copulan como los humanos. Muchas personalidades de renombre, en todas las épocas, dieron fe sobre acontecimientos donde tuvieron participación estos seres; y no pocas leyendas nos hablan de la muy particular relación que nuestros antepasados mantuvieron con ellos.

Sin embargo preguntas como: ¿qué son? ¿quiénes los han visto? o ¿quiénes fueron sus víctimas? afloran cuando el hombre de nuestro siglo pretende internarse en un tema tan espinoso, pero no por ello menos atractivo, como éste.

El libro apócrifo de Enoc nos narra como Samyasa y doscientos ángeles dominados por la lujuria, descendieron del firmamento para unirse con las bellas hijas de los hombres y enseñarles las artes mágicas, lo cual no solo consiguió colmar la paciencia del Señor, sino que dio como resultado una enorme posteridad. Dicha progenie era, obviamente, de origen semidivino y muchos autores han creído ver en ella a estos entes hermafroditas, un poco humanos, un poco demonios, que han convivido durante tanto tiempo con el género.

En efecto, la primera relación de esta índole que se recuerda se remonta al principio de las eras; época en que la pareja primordial fue expulsada del Edén por haber desobedecido el mandato de Dios, y vino a dar con sus huesos a este mundo, ya con los ojos abiertos pero con el deseo insatisfecho. A partir de entonces se comienza a andar por territorio de leyenda, la que va a tomar tres diferentes direcciones sin perder de vista el tema en cuestión: las relaciones sexuales entre Satán y los humanos.

El primero de estos mitos, de origen masónico, afirma que Jehová creó a Eva antes que a Adán. Esta vivió y durmió con Samael (el espíritu Lucifer) con quien tuvo un hijo, Cain, para luego abandonarla, convirtiéndola virtualmente en una viuda. Sólo después de esto, con la aparición de Adán, y el nacimiento de Abel, se producen los acontecimientos ya conocidos por todos.

Otras fuentes aseguran que, luego de la expulsión, Los padres de la especie cayeron tan lejos uno del otro que llevó al patriarca —quien tocara tierra en la isla de Ceilán—, 300 años encontrar a su mujer, que aguardaba pacientemente en la falda del monte Ararat.

Como es de suponer el reencuentro fue motivo de gran alegría para la pareja bíblica, que no tardó en satisfacer el deseo insatisfecho, entregándose a los placeres sensuales apasionadamente. Lucifer no se hizo esperar, apareciéndose a Adán en sueños, como ángel refulgente, para sorprenderlo por haber olvidado sus deberes con Dios, entregándose a la lascivia. Este, arrepentido, pregunta c6mo puede purgar su culpa a lo que el gran Tentador responde imitando la voz divina, y le sugiere sumergirse en las aguas del río Geón.

Mientras que sólo la nariz de Adán queda fuera del agua, Luzbel se presenta ante Eva con el fin de seducirla, lo que consigue luego de invertir mucha paciencia y perseverancia.

La tradición talmúdica, por otra parte, en desacuerdo con esta leyenda, considera al hombre culpable de la primera infidelidad. Este sucumbe a los encantos de Lilith, la encarnación del demonio femenino, que se aparece al penitente cuando él aun no había salido de las aguas del Geón. Cautivado por la belleza de esta aparición deja a Eva, y se marcha con el ángel caído, con quien convive durante 130 años.

Sin embargo muchos otros, ya no leyendas, sino sucesos debidamente documentados por ilustres personajes de la talla de San Agustín, Tomás de Aquino, Guillermo de París, Levi-Strauss, Albert Magno y Roger Bacon nos hablan del comercio sexual que el demonio ha mantenido con los humanos, y definen su naturaleza y la de sus subordinados.

Según la opinión de especialistas como Paul Reader o De Plancy, los incubos y sucubos son ángeles convertidos en demonios, masculinos y femeninos respectivamente, aunque con la capacidad de cambiar su sexo, que mantienen concubinato con hombres y mujeres, sin importar su estado civil. Se trata de una relación determinada que está lejos del comercio que Satanás tiene con sus cultores, o con la posesión diabólica; y donde rara vez la víctima es culpable de haber sido elegida como compañera erótica del mismo.

Estos seres infernales no se dejan ver con frecuencia y su voluptuosidad —dice Santo Tomás refiriéndose al diablo— pretende empujar a la corrupción a su elegido dado que al ausentarse, éste queda desconsolado y ansioso, y se entrega a los peores excesos en busca de alivio. Tal es el caso de Juana d’Abadien, joven de Siboure, Gascuña, que en el año 1609 se enamoró de Protervo. Juana yació con él (o con un subalterno), quien desapareció una vez obtenido lo que quería. Tiempo más tarde la joven, aún virgen antes de haber dado a luz a un niño raquítico que vivió muy poco, murió sombríamente, según consta en la parroquia de Siboure, en actas guardadas con gran celo.

Otro suceso, referido por Francisco de Torreblanca, es el de la abadesa Magdalena de La Cruz, quien el año 1500 tuvo relaciones con un íncubo durante un período que va desde la adolescencia hasta pasados los 40 años; época en que es abandonada por su fogoso amante y, sumida en el desconsuelo, confiesa sus amoríos y pide ser aceptada en régimen penitencial.

El más inquietante y revelador de los casos a presentar, aunque existen muchísimos más, es aquel con el que se tropieza en el otoño de 1910, el místico Max Heindel. Se trata de la triste historia de un muchacho postrado en su habitación, con la vista clavada eternamente en un punto del cuarto, continuamente estremeciéndose y suspirando, como si estuviera hechizado.

La imposibilidad de romper el encanto llevó al clarividente a explorar en otros niveles tales como la «Memoria de la Naturaleza», donde descubrió que esta persona en otra vida había sido un fanático y cruel jesuita cuya existencia había estado enteramente dedicada a acrecentar los intereses de su Orden, aún a costa de la vida y riquezas de sus semejantes o de la suya propia. Desconocía tanto el amor como el odio, pero el sexo lo dominaba. Sin embargo, su orgullo no le permitió satisfacerlo normalmente por lo que adquirió un secreto vicio.

De esta forma, mediante la visualización reiterada de un objeto sexual, había creado un elemental artificial que comenzó a alimentarse tanto de sus deseos como del olor de la sangre de sus víctimas. Un monstruo que no desapareció con la muerte de su creador sino que, en estado latente, volvió a manifestarse, a su tiempo, al renacer éste; tal y como decía el estudio astrológico hecho por Max Heindel.

Este caso, real y terrible sin duda, es sumamente importante para el tema que estamos estudiando, puesto que los hábitos y comportamiento de los elementales están bien definidos y no hace falta un asesino o un torturador para que estos aparezcan. Sólo con la evocación consciente de determinados pensamientos, éstos se manifestarán, por ejemplo durante la masturbación.

Efectivamente, esta práctica considerada normal durante la pubertad (época en que nace el cuerpo astral), muchas veces se prolonga hasta edades avanzadas convirtiéndose en un hábito enfermizo, exigiendo por parte de quien la realiza una fuerte concentración de pensamiento cuando el orgasmo está próximo. La energía descargada en ese momento alimenta a la forma de pensamiento creada que, asociada a cierto tipo de energías, hará que se necesite más fuerza vital para continuar existiendo.

Al decir de F.T. de Montsalvat, la vida de estos elementales sólo será posible dentro del aura de su creador, extinguiéndose al cesar estas prácticas. Pero si se continúa con ellas la forma cobrará vida propia y se nutrirá con la fuerza derramada por él y otros individuos, evocando imágenes de su misma calidad que los sumirá en ensueños voluptuosos que finalizarán con la autosatisfacción del deseo.

Estos vampiros nada pueden hacer durante el estado de vigilia, por lo que atacan cuando el sueño no es lo suficientemente profundo y el Ego se encuentra en las regiones superiores, trayendo a la memoria imágenes libidinosas que harán eyacular a la víctima, obteniendo de esa forma esta energía que les resulta vital para su supervivencia. Como consecuencia de ello, el durmiente despertará inmediatamente y de muy mal humor, lo que es natural teniendo en cuenta la resistencia opuesta por el Ego a semejante robo.

Ahora bien, aunque entre líneas pueda leerse cual es la solución a este problema, sólo cabria acotar que la única arma de defensa a estos ataques es la todopoderosa voluntad humana, capaz de conseguir lo que se proponga. Por lo dicho nos hacemos esta última pregunta: ¿Los ángeles son capaces de alimentarse de nuestros buenos pensamientos, como los demonios lo hacen con nuestros malos deseos?

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