El aojo

El primer libro castellano que se conserva sobre el aojo o mal de ojo, obra del Marqués de Villena, explica que en España hay «algunos linajes de gente que están infamados de hacer mal poniendo lo ojos en cosa o persona».

El mismo autor señala que los niños corren más peligro «por ser más tiernecitos y tener la sangre más delgada», de modo que al nacer les colocaban una serie de amuletos o «defensivos», bien porque se piense que poseen virtudes contra el aojo, bien para advertir al que mira mal, de que no debe hacerlo. Y aunque en nuestro tecnológico mundo actual la idea del aojo nos resulte algo extraña, la Arqueología nos enseña su antigüedad a través del estudio de una gran cantidad de amuletos contra él que aparecen en las tumbas medievales, del mundo antiguo e incluso de las etapas prehistóricas; por su parte, la Etnografía o estudio de las culturas tradicionales preindustriales, nos recuerda también que ese particular tipo de miedo acompañó a muchos millones de vidas humanas que nos precedieron.

Pero hay más: en épocas ya muy recientes, y desde luego industriales, sobreviven las creencias en el mal de ojo, como demuestra una encuesta sobre el tema realizada en 1901 por el Ateneo de Madrid.  Sus resultados pusieron al descubierto cuestiones tan extrañas como el tipo de caracteres físicos que tienen las personas a las que se les atribuye ese poder: el pelo rojo, la vena en el entrecejo, los ojos bizcos o llorosos; también señaló los estados fisiológicos que son más peligrosos o que están más amenazados, todos ellos femeninos: embarazo, menstruación y menopausia.

La relación entre todas estas supersticiones —definidas por María Moliner como «creencias en alguna influencia no explicable por la razón en las cosas del mundo»— con la religión cristiana es grande. Cuando a lo largo del siglo iii de nuestra era el Imperio romano comenzó a cristianizarse, muchas de las costumbres, símbolos, representaciones y creencias del mundo clásico asumieron nombres cristianos sin mayores modificaciones. La base filosófica dual del cristianismo —bueno y malo, alma y cuerpo, dios y diablos— facilitó las cosas, de modo que los sortilegios, encantamientos, males de ojo o desgracias inesperadas, continuaron atribuyéndose a la no discutida existencia del mal, aunque ahora se llamara Lucifer y tuviera una historia diferente.

Por María Ángeles Querol

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