Mágicas piedras

En España las tradiciones populares, que pueden rastrearse en el tiempo pasado por medio de la Arqueología, nos hablan de una extendida creencia en la magia medicinal en la que juegan un importante papel los amuletos. Se diferencian de los talismanes en que estos últimos están fabricados en cualquier material y pueden tener cualquier forma, pero reciben su poder directamente de los astros, mientras que la fuerza preventiva o curativa de los amuletos depende del material del que esté hecho y de la forma que tenga.

Curiosamente, las materias primas muy valiosas, como el azabache, acostumbran a ser sustituidas por otras más comunes como el carbón o la pasta vítrea, pero los tratados medievales subrayan las virtudes y propiedades de cada piedra, cada planta o cada trozo o parte de animal, no de sus imitaciones.

En cuanto a las formas, las más extendidas son las higas, los cuernos o las cuentas; muy a menudo los amuletos llevan figuras grabadas en su superficie, para aumentar sus poderes: símbolos solares, el monograma de María o el trébol de cuatro hojas.

El mundo cristiano heredó de la cultura grecolatina la consideración mágico/religiosa de los amuletos de piedra, atribuyéndoles a las ágatas, los jaspes, el cristal de roca, la serpentina, cornalina o granate, virtudes tan atractivas como «alegrar el corazón y librar de la tristeza» —para el granate—; «quitar las hemorroides y la disentería» —para la cornalina— o «curar las picaduras de escorpiones y víboras» —para el ágata—.

De entre todas las piedras valiosas por sus poderes hay que destacar el cristal de roca, muy apreciado por su dureza y transparencia; se ha utilizado para fabricar valiosos objetos de adorno para casas nobles o piezas litúrgicas, y con cristal de roca se encendía el fuego nuevo el Sábado Santo. Para las mujeres era especialmente buena porque, molida y comida con miel «hace venir la leche», al mismo tiempo que sirve contra el mal de ojo, la forma más común de embrujar y encantar en una antigüedad desde luego no tan remota.

Por María Ángeles Querol

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