Los peligros del Ego

Es preocupante -y a la vez triste- constatar cómo muchas personas que estudian en escuelas esotéricas o que asisten a cursillos y talleres de los que proliferan en todas partes (y Chile no es una excepción), se sienten especiales y evolucionadas.

Coincido plenamente con lo que leí hace un tiempo en uno de los artículos de Evolución Consciente. Esas personas sienten que el mismísimo Dios es quien las ha conducido al lugar adecuado para su crecimiento y evolución; que la información que van a recibir es muy importante y no puede divulgarse a personas que no están tan evolucionadas como ellas, porque no tienen la capacidad para entenderla o para darle un buen uso, como sí pueden hacer y lograr ellas.

Esta presunción se convierte en una forma de arrogancia, una manifestación del Ego que en realidad nada tiene de espiritual, que hace pensar a dichas personas que son privilegiadas, especiales, elegidas, y que los demás están descarriados o perdidos en la vida.

El hecho de que algunas personas estudien en escuelas esotéricas y acudan a esos cursos y talleres de fin de semana (donde generalmente sólo venden humo y en realidad no enseñan nada), hace que se sientan especiales, superiores y que no quieran compartir algunas informaciones con los demás. Ellos ven a los otros como gente que está en un nivel inferior al que creen estar ellas, y por tanto no se merecen llegar donde han llegado ellas.

Estas formas de arrogancia también se ven en las religiones o grupúsculos sectarios que se sienten propietarios de Dios, y que consideran que si uno no sigue su culto, va por mal camino o está perdido.

Como ya hemos comentado otras veces, estas manifestaciones ponen en evidencia lo fácil que es dejarse llevar por el Ego espiritual, y lo peligroso que resulta, por cuanto muchas de estas personas, en su orgullo, presunción y vanidad, son presa fácil y pasan a ser víctimas idóneas para que las contagien los malos espíritus.

Y por otro lado, no podemos ni debemos olvidar que en el Universo existe un solo Dios y es el mismo para todos. Los humanos inventan diferentes nombres, distintas maneras de rendirle culto, crean dogmas y doctrinas, pero, en esencia, todos adoramos al mismo Dios. Todos somos iguales ante los ojos de Dios.

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