La claridad

Alúmbrame, buen Jesús, con la claridad de tu lumbre interior,
y ahuyenta del fondo de mi corazón las tinieblas que le envuelven.
Refrena las muchas distracciones de mi mente,
manda a los vientos y tempestades,
di al mar: «Sosiégate», y al cierzo: «No soples»,
y reinará la tranquilidad y la calma.

Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan
sobre la tierra de mi corazón;
derrama de lo alto del cielo tus gracias,
riega mi corazón con el rocío celestial,
levanta mi ánimo oprimido por el peso de mis defectos,
úneme a ti con el vínculo inseparable del amor.

¡Oh, mi Dios y mi todo!
Todo es agradable en tu presencia, todo fastidioso en tu ausencia.
¡Oh luz perpetua! Envía un resplandor de lo alto
que penetre todo lo secreto de mi corazón;
purifica, alegra, clarifica y vivifica mi espíritu y sus potencias,
para que pueda unirme a ti.

¿Cuándo vendrá aquella feliz y deseada hora
en que me sacies con tu presencia
y seas mi todo en todas las cosas?
Tú que dominas el poder del mar
y aplacas el empuje de sus ondas, levántate y ayúdame,
porque no tengo otra esperanza ni otro refugio sino tú, señor Dios mío.

Consuela mi destierro y mitiga mi dolor,
por ti suspira todo mi deseo.
Recoge en ti todos mis sentidos,
ven a mí, celeste suavidad,
y que se desvanezca toda impureza delante de ti.

Tú eres el blanco de todos mis deseos,
y por eso no cesaré de orar, gemir y clamar en pos de ti.
Tú eres mi esperanza y mi confianza.
A ti abandono todas mis tribulaciones y angustias;
a ti, señor, levanto mis ojos,
en ti confío, Dios de misericordia.

Bendice mi alma para que sea tu morada,
mírame según la grandeza de tu bondad
y oye la oración de tu siervo,
desterrado en la región de las sombras y de la muerte.

Acuérdate, Señor, que soy nada, nada tengo y nada valgo.
Acuérdate de tus misericordias, y llena mi corazón de tu gracia.
No me vuelvas la espalda, no dilates tu visita, no desvíes tu consuelo,
porque quedará mi alma a tus ojos como tierra sin agua.

Visítame, Señor, instrúyeme en los secretos de tu ley.
Crezca ya en tu amor,
para que aprenda a gustar interiormente
cuán suave es amar y derretirse y anegarse en tu amor.
Sea yo cautivo de tu amor,
cante yo cánticos de amor.

Verdaderamente es inefable la dulzura de tu contemplación,
con la que regalas a los que te aman.
¿Quién me dará alas de verdadera libertad
para volar y descansar en ti?
¿Cuándo me será concedido reposar en ti por completo,
y ver cuán suave eres, Dios mío?

Thomas de Kempis (1380-1471)

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