Cuando lo sano y lo auténtico comienzan a incomodar

Hay algo raro que en los últimos tiempos estoy percibiendo y no sé muy bien cómo explicarlo sin que suene exagerado, pero se nota. Se nota muchísimo. No es algo puntual, no es una moda pasajera ni una sensación de un día malo. Es más bien como un clima, como si el aire estuviera un poco torcido. Y cuanto más observas -al menos así me ocurre a mí-, más evidente se vuelve.

Porque hay cosas que antes eran normales, ni siquiera especiales, simplemente normales, y ahora parecen fuera de lugar. La calma, por ejemplo, cada vez más inexistente en este mundo ruidoso y caótico donde todo es agitación y prisa y nervios y estrés. La lealtad y la sinceridad, valores cada vez más difícil de encontrar. La gente que no necesita llamar la atención todo el tiempo, rara avis en tiempos de redes sociales donde casi todo el mundo reclama ser tomado en cuenta y donde tanta gente hace cualquier cosa para conseguir unos likes. Eso, que debería ser lo más natural del mundo, hoy incomoda más de lo que uno quisiera admitir. Y en cambio veo, con una mezcla de asombro e incredulidad, cómo se aplaude y fomenta lo contrario, lo superficial, lo impulsivo, lo exagerado, incluso lo destructivo a veces. Y no solo se tolera, es que además se celebra, se repite, se imita.

Y claro, uno que, como en mi caso, ya ha visto y vivido muchas cosas en la vida, se queda un poco en silencio, mirando, intentando entender en qué momento se cruzó esa línea que nadie vio. Porque no es que el mundo haya cambiado de golpe. Es algo más sutil que eso. Es como una especie de inversión lenta, casi imperceptible, donde lo valioso va perdiendo terreno sin hacer ruido.

Hoy alguien tranquilo parece aburrido, pasado de moda, fuera de lugar. Alguien que es fiel a sus sentimientos, a sus valores, a sus principios, a los ojos de muchos parece casi ingenuo. Alguien que piensa antes de hablar, que medita bien las cosas antes de decirlas, que habla lento y claro para que se le entienda bien, es calificado de demasiado serio. Y con esta palabra «alguien» me identifico plenamente y eso me hace sentir raro y extraño en un mundo para mí cada vez más extraño y desconcertante.

Y tener valores… bueno, eso ya depende, porque a veces parece que tenerlos (como mencionaba antes), es casi un problema, como si te obligaran a ir contracorriente todo el tiempo.
Mientras tanto, el ego se disfraza de seguridad. Cuanto más ego demuestras y ostentas, más poder crees tener. La falta de límites se vende como libertad. Muchos creen poder hacer lo que creen y lo que quieren, porque afirmándose en esa supuesta libertad no les importa lo que les suceda a los demás o lo que opine el resto. Y el desorden emocional se presenta como algo auténtico, como si cualquier forma de contención fuera sospechosa.

Y uno podría pensar que todo esto es casual, que es simplemente la evolución de los tiempos… pero no, no termina de cuadrar. Porque hay algo que se hace evidente cuando te detienes a mirar con un poco de calma: una persona que está centrada, que sabe más o menos quién es, que no necesita la aprobación constante de los demás, no es fácil de mover. No entra en cualquier juego. No compra cualquier discurso. No reacciona como otros esperarían que hiciera. Y eso, en un entorno que vive de la reacción constante, de la distracción, de la necesidad de estímulo, no encaja demasiado bien. De hecho, no encaja en absoluto.

Entonces pasa algo curioso, aunque en el fondo de curioso no tiene nada. Lo valioso empieza a parecer extraño, fuera de lugar. Y lo extraño, poco a poco, se va convirtiendo en normal. La integridad deja de ser algo natural y pasa a ser incómoda. La humildad, la modestia, la decencia incluso, se interpretan como faltas de carácter. Y decir lo que uno piensa -sin agresividad, simplemente con claridad y firmeza- te coloca en una posición incómoda; no porque estés equivocado necesariamente, sino porque rompes el ritmo de lo que todos han decidido aceptar sin cuestionar demasiado.

Y ahí es donde mucha gente empieza a ceder, no siempre por convicción, sino muchas veces por puro cansancio y por agotamiento mental e incluso emocional. Porque no es fácil sostenerse cuando todo alrededor tuyo te empuja en otra dirección.

Entonces uno se adapta un poco (aunque sea tan sólo un poco), se calla en ciertos momentos, suaviza lo que piensa, evita incomodar… y no lo hace por falta de criterio, sino por pura supervivencia emocional. Y eso, poco a poco, va desgastando.

Hasta que llega un punto -y esto es lo interesante- en el que ya no puedes no verlo, no se puede ya dejar de percibirlo. Así me está sucediendo en estos últimos tiempos. Empiezas a notar la incoherencia en cosas pequeñas, en gestos, en conversaciones, en lo que se aplaude y en lo que se rechaza… y algo dentro de ti dice: esto no encaja. Y cuando eso ocurre, se lo digo con toda sinceridad, ya no hay vuelta atrás. Porque ya no son solamente ideas,  no son únicamente teorías… sino que es una percepción directa.

Y ahí es donde aparece algo de lo que ya les he hablado otras muchas veces, algo que no se enseña demasiado, pero que es esencial: el discernimiento. No como algo intelectual, no como un concepto bonito, sino como una especie de orientación interna. Una forma de saber, sin necesidad de explicarlo todo, qué es lo que tiene sentido y qué es lo que no lo tiene en todo esto. Y entonces la pregunta deja de ser «qué está pasando afuera» y pasa a ser otra mucho más incómoda, pero también mucho más honesta: ¿Dónde estoy yo en medio de todo esto?
¿qué cosas estoy sosteniendo porque realmente las creo, y cuáles simplemente las sigo aceptando o soportando porque es más fácil que llevar la contraria o entablar discusiones que sé que al final no van a llevar a ninguna parte ni me van a beneficiar en absoluto, sino que al contrario van a alterar mi calma y mi paz mental que tanto me está costando conseguir? ¿qué estoy dejando pasar, sabiendo que no me encaja, solo por no complicarme la vida? Y sobre todo, ¿qué hay en mí que sigue siendo verdadero, aunque no sea lo que está de moda? Porque al final, tengo claro que la salida no es enfrentarse al mundo como si fuera un enemigo. Eso no lleva a ningún sitio.

La salida, si es que realmente hay una salida y según mi modesto saber y entender, es algo mucho más sencillo y mucho más difícil al mismo tiempo: volver a uno mismo.
Volver a lo que sabes, en el fondo de tu corazón, de tu alma y de tus pensamientos, que tiene sentido. Aunque no sea lo más cómodo, aunque no sea lo más aplaudido y valorado por los demás, aunque a veces te haga sentir fuera de lugar. Porque en estos tiempos donde todo parece invertirse, el hecho de poder y saber mantenerse en pie, sin perderse, sin disfrazarse demasiado, es casi un acto de resistencia.

Y termino estas reflexiones con la íntima certeza de que lo realmente valioso no ha desaparecido. No todavía. Sigue ahí. Solo que ahora hay que sostenerlo con más conciencia, y defenderlo con más firmeza y convicción en cada momento y oportunidad que se presente.

®J.R. 2026

Deja un comentario