El caso Karadima-Errázuriz

Artículo de Carlos Peña en blogs.elmercurio.com

El encuentro entre Karadima (un perverso) y Errázuriz (un indolente) plantea varios problemas de interés público.

El primero es de coherencia.

La Iglesia Católica (luego del giro conservador que experimentó) enfatiza la ascesis sexual, prohíbe el divorcio, condena el uso del preservativo y execra la vida homosexual. Los católicos que son gays o lesbianas, los divorciados, los usuarios del condón o quienes practican el sexo orientado al placer, y no a reproducirse, han debido soportar una y otra vez que Errázuriz les dijera, o insinuara, que sus vidas estaban torcidas.

¿Por qué -se preguntarán ahora- Errázuriz fue tan severo con ellos y, en cambio, tan incrédulo con los denunciantes de Karadima al extremo de desoírlos durante años? ¿Cómo pudo Errázuriz, a la vez que condenaba el estilo de vida de personas adultas, condescender con Karadima haciendo oídos sordos a las víctimas?

El segundo atañe a los deberes civiles de la Iglesia.

En una sociedad democrática, cada uno tiene el derecho de adorar al Dios que quiera y organizar su vida como le plazca. Sin embargo, a pesar de esa pluralidad, hay cosas que están vedadas a todos, incluso a los creyentes. Entre ellas se cuentan el respeto por los derechos y la autonomía de las personas. En otras palabras, usted no puede invocar ni siquiera el bien de la Iglesia para dañar a otros, violar su dignidad o infringir la ley. Errázuriz, sin embargo, lo hizo: a pretexto de proteger el bien superior de la Iglesia -lo que él llama prudencia- dejó se atropellaran derechos de las personas. Con ello puso en duda la capacidad de la jerarquía para cumplir sus deberes civiles.

Y nada se saca con decir que Errázuriz es víctima de un sistema que cultivaba el secretismo: ¿desde cuándo la Iglesia es relativista y valora las conductas atendiendo al contexto histórico en que se realizan?

El tercero es relativo a la fuente de la moralidad.

Según un viejo prejuicio (que la incultura alimenta), para ser moral hay que creer en Dios. El caso Karadima muestra, sin embargo, que se trata de cuestiones independientes y que a veces (como sabía Bataille y lo recuerda Lacan) la creencia religiosa alimenta las perversiones. Hay gente de sotana impresentable y ateos confiables; curas dignos de admiración y ateos que no valen la pena. La moral y la virtud no tienen nada que ver con las convicciones religiosas.

El cuarto se refiere a las causas de estas conductas.

¿Acaso no hay algo en la Iglesia Católica, en sus prácticas y en sus rutinas, que produce este tipo de conductas que se han visto no sólo en Chile, sino que también en Estados Unidos, Brasil, Irlanda, Bélgica y, para no seguir, México?

En vez de probar que hay algo erróneo en la Iglesia -suelen decir los creyentes-, este tipo de casos muestra el carácter divino de esa institución. La Iglesia, se dice, ha durado más de dos mil años a pesar de esconder una proporción inusual de pervertidos y de abusadores. ¿No prueba eso su índole divina?

Se trata de una explicación consoladora, pero falsa.

Porque lo más probable es que la Iglesia haya durado tanto tiempo y extendido sus redes y su influencia no a pesar de esas prácticas, sino gracias, precisamente, a ellas. No se requiere ser Foucault para darse cuenta de que una institución que entrega a personas célibes la tarea de administrar el secreto de la vida adolescente y familiar (mediante la confesión) no puede sino producir, tarde o temprano, conductas perversas como la de Karadima y autoridades indolentes como Errázuriz.

Y es que la práctica del secreto y del ritual intimista, quienquiera que lo haga, católicos o masones, militares o civiles, judíos o hindúes, acaba siempre en una pérdida de autonomía y de control sobre la propia vida y en el sometimiento a autoridades, como Errázuriz, que no rinden cuentas a nadie y que incluso cuando son sorprendidas en una conducta que avergonzaría a cualquiera, se atreven a justificarla usando el mismo tono melifluo y afectado que deben emplear en el confesionario.

Nota de los responsables del Templo de la Luz Interior.- Estamos totalmente de acuerdo con las opiniones que vierte el señor Carlos Peña en su artículo. No podemos confundir catolicismo con cristianismo. Hay quienes sostienen, erróneamente, que para ser cristiano hay que ser también católico. Ello no es cierto. Por desgracia, dentro de la Iglesia católica, algunas prácticas o normas no enseñadas por Nuestro Señor Jesucristo, como son por ejemplo la confesión o el celibato de sacerdotes y monjas, tarde o temprano cobran la factura. Y vemos ahora cómo van saliendo a la luz casi a diario un cada vez más nutrido número de casos de perversiones sexuales, ante una rigidez extrema que se ha instaurado en los fieles, de forma obligatoria (impuesta), sin cumplir en lo básico: predicar con el ejemplo. Esa forma anti natura de plantear la vida de un católico, esa manera forzosa de interpretar y considerar el sexo como algo tabú, tiene su contraposición en el rechazo y decepción/deserción de un número cada vez más elevado de ‘fieles’.

 

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Una respuesta a “El caso Karadima-Errázuriz

  1. todos los hombres pecamos por omision o por obra .. y creo que no deb de juzgarse el papel del prelado por culpa de un doctor que viene a dar a luz a dicho acontesimiento .. ademas a uo no le violan por encima de sus fuerzas y mucho menos un solo hombre. por qué no divulgo eso al termino de dicho acto.

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