Urbain Grandier, el sacerdote acusado de pactar con el diablo a cambio de mujeres y sexo

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Urbain Grandier nació en Francia en 1590 e ingresó con apenas 14 años en el Colegio de Jesuitas de Burdeos. Fue ordenado novicio al año siguiente y, algunos años más tarde, sería ordenado sacerdote en la iglesia de Sainte Croix en Loudum, en la diócesis de Poitiers, ciudad de Francia central, a unos 300 kilómetros al suroeste de París.

De una impecable formación y una erudición notable, Urbain Grandier pronto llamaría la atención de todos los habitantes de Loudum, especialmente del sexo femenino. Gracias a su gallarda y elegante figura y una innata capacidad para la oratoria, sus sermones dejaban extasiada a la concurrencia de la iglesia, especialmente a la damas de la ciudad, que competían por atraerlo a sus reuniones sociales o tenerlo como confesor.

Sin embargo, Grandier no se sentía especialmente comprometido por el voto de castidad. Elegante, culto y atractivo, adquirió pronto una gran popularidad, especialmente entre las habitantes de sexo femenino de Loudum. Una joven llamada Madeleine de Brou, de hecho, pronto se convirtió en su amante, y Grandier la convenció incluso para que se “casara” con él en una ceremonia clandestina en la que hizo a la vez el papel de sacerdote y de novio. También sedujo a la hija del fiscal local, Felipa Trincant, a quien dejó embarazada. El padre de la muchacha, para evitar la vergüenza, arregló un matrimonio de conveniencia, pero juró vengarse del párroco. Junto a otros importantes personajes de la ciudad acusaron al cura ante la justicia episcopal por su conducta inmoral. Grandier sería arrestado y juzgado, pero el religioso contaba por entonces con la amistad del Gobernador y con importantes nexos en las altas esferas de la corte francesa, por lo que logró salir de prisión y ser declarado inocente.

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Tras volver triunfalmente a Loudun, allí persistiría el grave problema de Grandier: no podía controlar su deseo sexual por las mujeres. Siguió haciendo caso omiso de sus votos de celibato y sus enemigos echaron a correr el rumor de que había forzado a varias monjas a tener relaciones sexuales con él.

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En 1632 las cosas se pondrían difíciles para Urbain Grandier después que un grupo de monjas del convento local de las Ursulinas -convento fundado en 1626 y que albergaba a unas 17 religiosas, todas muy jóvenes, quienes habían llegado allí para reforzar la presencia del catolicismo en una población donde los protestantes hugonotes eran mayoría-, lo acusaran de haberlas embrujado, enviándoles a varios demonios para realizar actos malvados e impúdicos con ellas.

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En el otoño de 1632 estas monjas supuestamente fueron testigos de extrañas apariciones sobrenaturales, que comunicaron a su director espiritual, el padre Mignon, un religioso que detestaba a Grandier y que hizo llamar como exorcistas a otros sacerdotes de las localidades vecinas de Veniers y Chinon.

Los padres Mignon y Barre intentaron exorcizar a las monjas, entre ellas a la Madre Superiora, Jeanne de Belcier -también conocida como Jean de Anges o Juana de los Ángeles-, una exaltada religiosa con ansias de beatitud. Según los religiosos, las monjas sufrían de violentas convulsiones y alteraban sus voces hasta convertirse en sonidos guturales y aterradores, ponían los ojos en blanco y corrían por el refectorio y las habitaciones. Además de hacerles proposiciones sexuales a los sacerdotes, muchas de ellas narraron sueños pecaminosos.

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La madre superiora, Jeanne de Belcier, una mujer nacida en una familia de la baja nobleza y que de niña había padecido una enfermedad que la había dejado encorvada y de talla diminuta, reveló que ella y las otras monjas estaban poseídas por dos demonios, llamados Asmodeo y Zabulón, que habían llegado hasta ellas cuando el padre Grandier arrojó un ramo de rosas por encima de los muros del convento. Estas revelaciones, por cierto, fueron hechas a los dos exorcistas mientras la monja se encontraba poseída por estos demonios y pronunciadas en latín, idioma que la religiosa no hablaba. El diálogo fue el siguiente:

Exorcistas: Propter quam causam ingressus es in corpus hujus virginis? (“¿ Por qué causa entraste en el cuerpo de esta virgen?”)

Jeanne de Belcier: Causa animositatis (“Por encono”).

E: Per quod pactum? (¿Por qué pacto?)

JB: Per flores (“Por el de las flores”)

E: Quales? (“¿cuales?”)

JB: Rosas

E: “Quis misit? (“¿Quién te invitó?”)

JB: Urbanus (“Urbano”)

E: Dic cognomen (“di su apellido”)

JB: Grandier

E: Dic qualitatem? (“¿Cuál es su profesión?”)

JB. Sacerdos (“Párroco”)

E: Cujus ecclesia? (“¿De qué iglesia?”)

JB: Sancti Petri (“de San Pedro”)

E: Quae persona attulit flores? (“¿Quién trajo las flores’”)

JB: Diabolica (“una persona enviada por el diablo”).

Se cuenta que tras pronunciar estas últimas palabras, la Madre Superiora habría recobrado el sentido, rogándole a Dios por el milagro. En 1633, en todo caso, se entablaría un proceso judicial en contra de Urbain Grandier, respaldado por el mismísimo Cardenal Richelieu (y contra quien Grandier habría escrito supuestamente un escrito difamatorio).

La situación del religioso se complicaría luego que su domicilio fuera registrado y se encontraran allí varias joyas y un extraño documento, que estaba escrito al revés, y que fue presentado como una prueba palpable que Grandier había hecho un pacto con el diablo para entregar su alma a cambio de poseer a todas la mujeres que quisiera.

El tribunal, después de examinar este documento, instó al mismísimo Grandier a que exorcizara él mismo a las religiosas embrujadas del convento de las Ursulinas. Grandier se dirigió a una de las supuestas posesas en griego, pero ésta ya esperaba aquella reacción y su “demonio” particular habría contestado lo siguiente: “Ah, qué sutil sois. Sabéis muy bien que una de las cláusulas del pacto que firmamos fue no hablar jamás en griego”. Finalmente, Urbain sería acusado de brujería y el 30 de noviembre de 1633 sería encarcelado en el castillo de Angers. En los calabozos sus verdugos habrían hallado cuatro supuestas marcas del diablo en sus nalgas y testículos.

Sin embargo, quedaba todavía un cabo suelto: el sacerdote debía reconocer primero su culpabilidad para que el juicio fuese redondo. Para ello, tras rapar entero su cuerpo, fue sometido a terribles torturas (fue obligado a tragar y tragar litros de agua, entre otros tormentos), pero Grandier se negó a reconocer que él había embrujado a las monjas.

El sacerdote, finalmente, fue declarado culpable de adulterio, de sacrilegio, de magia, de maleficio y de posesión, y condenado a ser quemado vivo después de haber sufrido tormento. La sentencia fue ejecutada el 18 de agosto de 1634 en la plaza de Loudun.

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Antes de ser quemado vivo y mientras reiteraba su inocencia, Grandier fue atado a un poste, y aunque el tribunal le había concedido como gracia ser estrangulado antes de encender la pira, sus enemigos se encargaron de ocultar la cuerda provista para tal efecto (las crónicas cuentan que incluso uno de ellos golpeó su cabeza con gran violencia usando un enorme crucifijo).

Después de la muerte de Urbain Grandier, los demonios del convento de las Ursulinas no desaparecieron. Pero, como si de una maldición lanzada desde la pira se hubiera tratado, todos los personajes que lo habían acusado de brujería fueron muriendo uno a uno. La madre superiora del convento, Jeanne de Belcier o sor Juana de los Ángeles, en tanto, se convertiría en los años siguientes en una especie de penitente que decía estar dotada de facultades sobrenaturales –corroboradas por algunos de sus contemporáneos- y emprendió largos viajes por toda Francia mostrando sus dotes taumatúrgicas (facultad de realizar prodigios) y su austera religiosidad, siendo recibida en París por el mismísimo cardenal Richelieu.

Hoy, varios historiadores afirman que el juicio que se entabló contra Urbain Grandier fue una auténtica farsa maquinada por sus enemigos y una auténtica burla a la justicia. El mujeriego sacerdote, según los mismos autores, habría sido inocente de las acusaciones de brujería, aunque culpable de los pecados de la carne y la promiscuidad.

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