Los dioses y la sangre

«Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo mismo les he puesto la sangre sobre el altar, para que les sirva de expiación, ya que la sangre es la que realiza la expiación, en virtud de la vida que hay en ella». (Levítico 17,11).

El Dios en quien yo creo no es el dios cruel y vengativo del que nos habla el Antiguo Testamento. Es el dios bueno, compasivo y misericordioso, el que nos dio el libre albedrío. Pero la cruel realidad es que existen otras entidades que desde los inicios de la Humanidad también se hacen llamar dioses, y que se alimentan de sangre.

Los llamados dioses siguen deseando sangre. Ya no la obtienen como antaño de los sacrificios, de los holocaustos en un altar. La obtienen de las matanzas, de los bombardeos en conflictos bélicos, de crueles rituales religiosos, de la violencia y represión en las pugnas y luchas sociales que se viven en distintos países, entre ellos Chile…

La sangre que brota del dolor, del sufrimiento, de la muerte, es la que más les complace. Tras varios miles de años de crear y de impulsar conflictos, guerras y sufrimientos entre los seres humanos, todavía no tienen bastante, necesitan seguir alimentándose.

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