Celibato e instinto sexual

El cuello romano es la prenda distintiva de los sacerdotes cuando no visten sotana.

Una de las razones que me llevó a salir del Seminario antes de ordenarme sacerdote fue el tener que comprometerme con los votos de pobreza, obediencia y castidad.

Con el primero, no tenía demasiados problemas. Siempre me he conformado con pocos bienes materiales.

Con el segundo, ya se hacía más difícil. Era entonces -y a mi edad actual ya nadie me va a cambiar el seguir siéndolo-, preguntón, curioso, sin aceptar nada por las buenas y mucho menos por imposición, necesitado siempre de saber más y de dudar de casi todo.

Y con el tercero, nunca entendí demasiado bien el porqué. Se nos decía que la renuncia a los placeres terrenales facilitaba el acceso a una vía espiritual de salvación. No lo entendía entonces, y sigo sin entenderlo.
Al contrario, viendo las cosas que suceden hoy día, aparte de entenderlo cada vez menos, me hago muchas preguntas

Por ejemplo, ésta: ¿Cómo puede un sacerdote católico vivir con su instinto sexual a cuestas, si se ha comprometido a permanecer toda su vida en celibato?

Nos decían en el Seminario que el instinto sexual no es un problema cuando uno ha consagrado su vida a Dios. Y los curas viejos, los mismos que al confesarnos nos preguntaban cada semana: «¿Cuántas veces, hijo mío?» (en clara referencia al placer solitario), aseguraban que el celibato es la señal máxima de entrega a Dios.

Que el instinto sexual sea una fuerza fundamental en cada persona, nos daban a entender que es algo que carece de importancia si uno se entrega a la plena vida espiritual; y por tanto, todo cura puede y debe controlarlo, someterlo, dominarlo.

(Un inciso para señalar que «cura» significa «el que cuida, el que está al cuidado de», y «sacerdote» procede de la unión de las palabras latinas «sacer» (sagrado) y «dote», que viene de «dos, dotis» (don). Es decir, aquel que está dotado del don sagrado.

La Iglesia Católica, obstinadamente, se niega a ver la realidad y no acepta la relación entre el obligado celibato y los numerosos y documentados abusos sexuales contra niños que muchos curas han cometido, rompiendo su responsabilidad de «cuidar» y denigrando su don sagrado.

Las autoridades de la Iglesia tienen que reconsiderar el celibato y la reserva que tienen en cuanto a la sexualidad. Han creado una cultura en la cual se reprime lo sexual y se pueden ocultar las inclinaciones sexuales. Mientras mantengan el celibato, están favoreciendo a una cultura insana que atrae pedófilos, pederastas y todo tipo de perturbados sexuales entre sus propios miembros.

Puede que mis palabras no gusten a muchos, pero tenía que decirlo. ®TLI – J.R.

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