Los maléficos brujos chilenos

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Los calcus y machis pertenecen a la cultura mapuche propiamente tal, que estaba propagada en Chile a la llegada de los españoles desde Copiapó hasta Taitao, siendo de carácter sorprendentemente uniforme, lo que se manifiesta exteriormente en que las diferencias de dialectos eran insignificantes (mucho menores, por ejemplo, que los de las diversas regiones de los países europeos). También los mitos y leyendas de origen mapuche estaban difundidos en todo aquel territorio.

Se agregó a ese acervo ancestral, sin embargo, el introducido por los españoles, y éste ha recibido muchas veces influencias indígenas; además, ha habido nuevas creaciones de mitos y leyendas.

Un campo interesante para estudiar estas relaciones es el referente a los brujos. Predomina en Chile la concepción española de la institución, pero se le han agregado influencias mapuches, sobre todo en Chiloé.

Vicuña Cifuentes cita diversos relatos sobre brujos descubiertos como tales.

Una criada, por ejemplo, solía recogerse temprano a su cuarto y no contestaba cuando se la llamaba, alegando al día siguiente haber estado con el mal, o sea, una enfermedad repentina que la hacía perder el conocimiento. Como el caso se repitiera, los patrones forzaron la puerta, encontrando vacío el recinto. Frente a un espejo había, sin embargo, una vela encendida y al lado de ella una cantidad de pequeños potes con diversas pomadas, que arrojaron a la acequia.

La empleada no volvió a aparecer, pero desde la noche siguiente la casa fue rondada por una perra que gemía lastimosamente: era la criada, quien, por haber desaparecido los ungüentos, no pudo volver a su forma de mujer y quedó transformada en perra hasta el fin de sus días. Aterrorizados, los patrones abandonaron la casa y el barrio.

De una manera similar, un padre que sospechaba que sus tres hijas eran brujas, las observó sigilosamente. Una noche vio salir tres zorras de la casa. Corrió a la pieza donde dormían sus hijas y encontró sus cuerpos inmóviles en sus lechos. Los colocó boca abajo y fuese a dormir. Al penetrar al día siguiente en el cuarto, encontró en él, además de los cuerpos inermes de sus hijas, a las tres zorras, que no habían podido penetrar en ellos para volver a vivificarlos, debido a su posición.

Estos dos casos son típicamente europeos.

Todos los brujos se dedican a ocasionar daños a otras personas, pues son incapaces de hacer el bien. Para lograrlo es necesario, sin embargo, saber el arte. Los maleficios comprenden, por ejemplo, la rociada o mal tirado, una especie de maldición lanzada desde la distancia; y el daño o mal Impuesto, que se verifica por cuenta ajena.

En este último caso es preciso entregar a la bruja (casi siempre se trata de mujeres) alguna prenda de la víctima (un cadejo de pelo, un trozo del vestido, etc.) y un perrillo: la bruja arranca a éste el corazón, lo envuelve en aquella prenda y lo hiere en seguida furiosamente con un alfiler, profiriendo horribles conjuros. La víctima sufrirá iguales padecimientos.

Es un ejemplo de la magia simpática, por medio de la cual se invierte el orden de los acontecimientos (se realiza simbólicamente el mal que se pretende ocasionar, esperando que se produzca realmente). Hay brujas que disponen para este efecto de dos maniquíes, uno masculino y otro femenino, clavando la prenda con un alfiler en el sitio en que se espera ocasionar el daño y haciendo en seguida los conjuros. Las prendas pueden ser agregadas también a un sapo, una lagartija, un murciélago, etc., que se hacen hervir en una caldera.

Es fácil reconocer a un brujo. Basta para ello colocar debajo de su asiento una tijera abierta en cruz, pues no podrá levantarse de él. Una cruz de plata llevada como amuleto sobre el pecho impedirá que una rociada penetre en el cuerpo: sólo se ennegrecerá. Si se lleva en el bolsillo la colilla de un cigarro fumado por el portador el viernes anterior, o bien simplemente un dientecillo de ajo (que inspira horror a los brujos), se evitarán las consecuencias del mal tirado. Si el mal ya ha producido su efecto, hay manera de salvarse buscando una gallina negra que no haya conocido gallo y humedeciendo la parte afectada con su sangre.

Se sabe que los brujos son sordos los días martes. Si se quiere que no escuchen lo que se habla en otros días, debe decirse: “Martes hoy, martes mañana, martes toda la semana”.

Un brujo nunca puede poseer más de dos reales (25 centavos), y tampoco cobrará más por sus servicios. Sin embargo, ellos custodian los entierros, que les llegan a pertenecer si no son recuperados por otro dentro de un año. Se designa, empero, a uno de ellos, transformado en animal, para custodiarlos. Este los desvía si se les acerca alguien, por lo cual es imposible encontrar la mayoría de los entierros. Ello sólo es posible cuando fallece el guardián y no se ha designado todavía otro para reemplazarlo, o bien el Viernes Santo.

Los maleficios de los brujos son producidos también por asquerosos brebajes que preparan, o bien por venenos. Ellos pueden quitar la razón a una persona, lo que también consiguen valiéndose de una aguja que han hecho pasar por los ojos de una lagartija. Son capaces de infectar con gérmenes la ropa dejada a secar en el patio.

Por venganza, pueden hablar a los muertos: los exhuman, llevan el ataúd al templo, donde lo abren, poniendo de pie al muerto y azotándolo, acompañando cada latigazo con apóstrofes en que recuerdan al fallecido los malos actos cometidos cuando estaba vivo.

Son capaces de desorientar a un transeúnte, haciéndole perder hasta el camino a su casa.

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La creencia en brujos está todavía muy arraigada en el país. Se sostiene que en las profundidades de la tierra hay a lo largo de todo el territorio una inmensa cueva, conocida con el nombre de Salamanca. Hay a ella muchos accesos, siendo los principales los de El Molle (al interior de La Serena), Talagante, Vichuquén y Quicaví (sobre la Isla Grande de Chiloé).

Se hace un distingo entre un brujo vulgar y otro que domina el arte, lo que requiere siete años de estudios. Todos se juntan, sin embargo, en asquerosos aquelarres que celebran en sus cuevas y que culminan en escandalosas orgías. En ellas se sirven exquisitos manjares y vinos en vajilla de oro y plata. A veces son invitados legos a esas fiestas. Si éstos hurtan alguno de los valiosos objetos que ven, pierden el conocimiento y se encuentran al día siguiente tirados en pleno campo; y si buscan aquellos objetos en sus bolsillos, sólo encuentran estiércol u
otras inmundicias. Un chivato hace guardia en la entrada de la cueva, y es preciso rendirle homenaje mostrándole el trasero.

Todas estas características son netamente europeas y comprueban el predominio de los elementos de ese origen en la formación de la cultura chilena.

Hay, sin embargo, también influencias mapuches. Se atribuye a los brujos, por ejemplo, llevar un macuñ o chaleco mágico y luminoso, que es alimentado con grasa humana. En él muestra el brujo acontecimientos por venir. En Europa existe un espejo mágico que desempeña la misma función. El nombre de ese chaleco es mapuche.

Donde esas influencias indígenas son especialmente grandes, es en Chiloé. El Obispo de Ancud, don Ramón Ángel Jara, se vio en la necesidad de ordenar verdaderas campañas para combatir allá la creencia en los brujos. En 1880 hubo en Ancud un famoso proceso por brujería, que ocasionó gran revuelo y que fue publicado finalmente en un folleto.

Se cree allá que los brujos están acompañados por invunches, a igual que los calcus, y que éstos son también los tripulantes del buque fantasma, el Caleuche. Las Voladoras son consideradas como brujas. Cuando los brujos quieren cruzar el mar, lo hacen sobre la espalda de un Caballo de Mar. Todos estos elementos son mapuches.

El Caballo de Mar es una especie de encarnación zoomorfa de las olas marinas, que tiene forma equina y arroja espuma por la boca. Los brujos lo gobiernan con riendas de algas marinas (cochayuyo). En tierra se puede apreciar su estatura, que no es superior a la de un quincho o cercado de estacas. Aun cuando el caballo sólo fue introducido por los españoles, es posible que antes se le atribuyera la forma de otro animal, pero puede tratarse también de un mito de origen europeo. Zeus se transformó en un toro y transportó a Europa desde Fenicia a la isla de Creta a través del mar. Los calcus logran llegar al Caleuche sobre el lomo del Caballo del Mar.

Extraído del libro “Mitos y Leyendas de Chile”, de Carlos Keller Rueff

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