Allá Abajo – Conversaciones con Andras (1)

 

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1 – Los espíritus y los médiums

 En estos últimos días he vivido ciertas experiencias o sucesos que más adelante contaré con detalle, si Dios quiere y se me concede permiso.

Hoy les daré solamente una pequeña pincelada, un leve esbozo de esas singulares vivencias.

Quizás me crean, quizás no. Pero eso fue lo que sucedió.

Bajo determinados condicionamientos y reglas estrictas, fui guiado y acompañado (no puedo ahora mismo decir por quién) en una visita a un lugar muy similar al que tan acertadamente el escritor francés Huysmans denominó ‘Là-bas’ (Allá Abajo).

(En realidad no es ni tan “allá” ni tan “abajo”, pero eso ahora poco importa…)

En una cueva, caverna o similar, visualicé a determinados entes de los que “aquí arriba” son generalmente llamados ‘demonios’, pero esos no tenían ni alas ni cuernos, ni colas ni pezuñas, y tampoco olían a azufre.

Muchos detalles me sorprendieron; pero uno de los que más me asombró fue que, al menos tres de las entidades que pude entrever y también conocer sus nombres, no parecían estar realizando trabajo alguno.

Furfur paseaba impaciente, Agramón se mostraba sentado, risueño y burlón y Andras, el único que -según supe después- tenía la obligación de decir la verdad, fue también el único que, con toda parsimonia, se dirigió a mí.

Para no extenderme demasiado, hoy transcribiré solamente uno de los más significativos fragmentos del diálogo con Andras.

-¿Qué hacen ustedes aquí? -le pregunté.

-Nada especial. Básicamente, esperar.

-¿No se supone que deberían estar arriba, cumpliendo su misión?

-¿Cuál misión?

-No sé… Supongo que la de tentarnos a nosotros, los humanos.

-No hace falta.

-Disculpe, pero no le entiendo.

-Digo que no hace falta. La amayoría de ustedes ya se tientan solos. A nosotros sólo nos corresponde esperar.

-Sigo sin entenderle.

-Nosotros somos los pescadores, ustedes son los peces. Echamos las redes y nos sentamos a esperar. Ustedes mismos se atrapan en ellas.

-¿Pero ustedes no son quienes también obsesionan, tientan, enferman y hasta contagian y llegan a poseer a los humanos?

-Muy pocas veces. Eso son casos excepcionales. En la mayoría de los casos que mencionas, los responsables son desencarnados, energías del bajo astral, entidades que un día tuvieron un cuerpo físico y que buscan otro cuerpo para mantener la rutina o los vicios que un día tuvieron. Residen en otro lugar, en otro plano de existencia. Nada tienen que ver con nosotros.

-Andras, usted no me puede mentir, así está establecido.

-Lamentablemente, así es. Pero no abuses de tu temporal privilegio.

-Quiero saber si es cierto que los humanos pueden establecer contacto, comunicarse, recibir mensajes de sus seres queridos, desde el mundo o plano espiritual.

-Sí. Sí pueden. Pero a los que ya están muertos, estén allá, estén acá o estén en planos intermedios, hay que dejarles en paz.

-De acuerdo. Pero hay personas que presumen o aseguran tener dones de videncia, de mediumnidad, que dicen poder contactar o recibir y transmitir mensajes de y para los espíritus de quienes ya no están en el plano humano, llegando a jactarse de tales cualidades. ¿Qué saben ustedes de todo esto?

-Esas personas son las que aguardamos con mayor tranquilidad.

-Una vez más, no le entiendo.

-Son los mejores candidatos a ser pescados. Llegan por sí solos.

-Ya no le molestaré más, Andras, pero explíqueme mejor este punto.

-¡Ay, humano! ¿No te das cuenta de que esas personas son nuestros mejores clientes? No tenemos siquiera que tentarles, se tientan solos. No necesitamos obsesionarles, ellos mismos se crean sus propias obsesiones. Los malos espíritus, los entes negativos y malvados – y te lo repito, no somos nosotros-, alteran de tal forma su personalidad que no pueden evitar caer en los principales pecados capitales, los que más rápido les conducen hasta acá. Se llenan de orgullo, de avaricia, de soberbia. Están henchidos de arrogancia, de vanidad y de otros defectos. Con un agravante añadido: abusan de la buena fe de los demás, y lucran con ello. Nosotros no necesitamos contagiar ni poseer a ninguna de esas personas. Ellas mismas se contagian, se dañan a sí mismas, porque pierden toda su originaria esencia espiritual. Esas personas ya están contagiadas, ya están poseídas. La mayoría de las veces sin que lo sepan, ya están viviendo su propio infierno en la tierra. Y llegado el momento, si no dan muestras sinceras de verdadero arrepentimiento, ninguno de nosotros tiene que hacer ningún esfuerzo para traerlas aquí. Todas terminan llegando por sí solas.

(Ilustración: Representación del Infierno)

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