“Nuestra identidad perdura de alguna manera tras la muerte”

PertierraAunque, desgraciadamente, aún se identifique la investigación de las experiencias cercanas a la muerte   –ECM a partir de ahora– con supercherías y místicas varias, lo cierto es que muchos científicos han dedicado sus vidas a indagar en el tránsito entre la vida y el óbito y su, a veces, difusas fronteras. Uno de ellos es el malagueño Miguel Ángel Pertierra, que ha escrito ‘La última puerta: Experiencias cercanas a la muerte’ –Editorial Oberon–, el resultado de más de quince años de investigación en el Hospital Regional de Málaga, donde trabaja este doctor en Medicina. Un volumen en el que aporta una visión saludablemente científica y necesariamente aséptica respecto a unos hechos menos extraordinarios de lo que cabría pensar; de hecho, el propio Pertierra vivió una ECM a consecuencia de un accidente de tráfico.

Participar como protagonista u observador de este tipo de experiencia hace que uno se cuestione muchas cosas, me imagino. ¿En qué le ha cambiado a usted como persona el contacto con las ECM?

Muchas son las cosas que cambian cuando una persona se acerca a las ECM, sobre todo la forma de concebir la vida y las relaciones con los demás, intentando disfrutar más, a pesar de las limitaciones que muchas veces se plantean tras estas ECM. Un elemento primordial es la ausencia de ese miedo ancestral a la muerte, que todos alguna vez hemos tenido y que tras una experiencia de este tipo desaparece completamente.

¿Una mayor serenidad?

Es verdad que por mi profesión son muchos los casos de fallecimiento en los que he tenido la ocasión de ser acompañante, y desde luego desde la perspectiva de estudiar y de haber tenido una ECM, este tránsito lo ve uno de una forma distinta, totalmente distinta, ya que tengo la certeza, debido a las investigaciones, de que nuestra identidad perdura, quizás de una forma distinta, después del óbito.

La última puerta se basa en su investigación durante más de quince años en el Hospital Regional de Málaga. Me gustaría que me comentara cuál es uno o varios de los casos más significativos que ha hallado y que comparte ahora en su libro.

Son muchos los casos que he tenido la ocasión de investigar, y varios de ellos los he querido compartir en el libro. Quizás de los casos que me han llamado y me siguen llamando más la atención son aquellos en los que los pacientes han descrito situaciones y materiales quirúrgicos con una inusitada certeza, a pesar de estar en parada cardiorrespiratoria, o aquéllos que han podido de una forma u otra vaticinar el futuro o incluso el de uno que pudo hallar una habitación oculta dentro de su nuevo domicilio.

¿Hablamos de pruebas de lo verídico de las ECM?

Existen muchos indicios sobre la veracidad de la ECM, y he tenido la ocasión de comprobarlos, como lo que comentaba sobre la descripción de situaciones dentro y fuera de un quirófano tan específicos que sería improbable que el paciente pudiera conocerlas; también conversaciones en habituaciones que distaban muchos metros del quirófano y referidas al detalle por el paciente…

Este tipo de experiencias, que casi son percibidas como algo mágico o místico, ¿son más habituales de lo que parece en un entorno tan clínico y aséptico como un quirófano?

Sí, aunque también es cierto que muchas veces los pacientes que las tienen no las relatan hasta tiempo después porque en esos momentos pueden estar tan impactados por ellas que no son capaces de referirlas. Pero si desde luego pudiésemos preguntarles a todos estos pacientes, seguro que nos llevaríamos la sorpresa de que un número importante de ellos nos indicarían estas experiencias.

Da la impresión de que en su libro ha hecho especial hincapié en abordarlo todo desde el punto de vista clínico y científico, cuando, normalmente, en estos libros, como en los de Kubler-Ross, se suele caer en la filosofía, la mística. ¿Fue conscientemente uno de sus grandes propósitos, no caer en este tono más lírico o abstracto?

El propósito del libro y de las investigaciones es lograr un punto de vista descriptivo desde la visión científica, siendo lo más aséptico posible e intentando descartar todo tipo de creencias secundarias, aunque para ser fiel a la verdad había de describir tal y como los pacientes narraban sus experiencias, intentando evitar el sesgo del investigador, ya que cada uno las contaba desde su punto de vista, cultural, social y personal.

¿Lo de la luz al final del túnel es un cliché?

Aunque parezca la norma, en mis investigaciones no lo es. Algunos de los pacientes sí es verdad que cuentan esa luz al final del túnel, pero otros muchos cuentan uno muy diferente al que se ha relatado en los casos más típicos de estas experiencias.

Una de las más importantes investigadoras de las ECM fue la doctora Kubler-Ross que mencioné antes. ¿Cree como ella que la muerte es simplemente como cuando el gusano se convierte en mariposa?

Tras muchos años de investigación, tengo claro que hay algo más allá de este cuerpo físico y del fallecimiento de la persona, donde nuestra identidad, que es lo único que podríamos llevarnos detrás de esa puerta, perdura a pesar de la muerte física. Pero, ¿qué hay más allá? Algo posiblemente muy distinto, muy diferente a esta vida.

«Tuve la sensación de salir disparado al espacio exterior, como un cohete»

Destacable resulta uno de los casos recopilados por Miguel Ángel Pertierra en el capítulo que titula Los ruidos: un hombre sufre un intenso dolor de cabeza que prologa una parada cardiaca; el paciente es hospitalizado y en su recuperación y le relata a Pertierra cómo durante su parada oyó unos unos ruidos extraños «como el silbido de una bala o de una olla exprés». «Escuché a un médico alto con gafas decir ¡Parada! Y tuve la sensación de salir disparado al espacio exterior, como un cohete, incluso escuchaba el sonido, que es muy similar al que escucho ahora. De pronto, empecé a caer pero no caí en el hospital, sino en casa y vi a mi familia. Al no llegar yo, mi mujer llamó a mi móvil pero al no poder coger el teléfono se preocupó de que me hubiera pasado algo. Llamó a uno de mis amigos que me habían trasladado al hospital tras el partido de tenis. Cuando le dijo que estaba ingresado vi cómo emitía un grito desgarrador. Los niños al ver que estaba alterada se asustaron y el pequeño salió corriendo por el pasillo, tropezándose con un juguete y pegándose un golpe sobre su sien izquierda (…) Durante la hora de la visita al hospital, entró mi esposa y lo primero que le pregunté fue por el niño, que cómo estaba. Ella se quedó sorprendida y me preguntó cómo lo sabía».

Pertierra corroboró esta historia con la mujer –y hasta el más mínimo detalle– y con el personal del hospital –el médico alto con gafas que refiere el hombre no era el que atendía al paciente cuando llegó a la clínica, sino uno que se encontraba en el pasillo y acudió con urgencia cuando empezó la parada cardíaca–. Y como éstas, muchas más historias en “La última puerta”.

Fuente: laopiniondemalaga.es

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