¿Bautizar marcianos verdes, dice el Papa? C.S. Lewis, San Jerónimo y otros autores lo plantearon

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Escena de la película ‘Mars Attacks’, de Tim Burton

Durante una reciente homilía en la Casa Santa Marta, glosando lo chocante que resultó para San Pedro ver al Espíritu Santo descender sobre una comunidad de paganos, el Papa hizo una referencia humorística: «Si mañana llegara una expedición de marcianos, por ejemplo, y algunos de ellos vinieran donde nosotros, digo marcianos ¿no?… Verdes, con esa nariz larga y las orejas grandes, como los pintan los niños… Y uno dijera: ´Pero, yo quiero el bautismo´. ¿Qué pasaría?».

Francisco no ofreció una respuesta, pero la cuestión no es nueva y la han abordado desde Padres de la Iglesia como San Jerónimo a intelectuales cristianos contemporáneos como CS Lewis. Y está presente en la literatura fantástica y de ciencia ficción a partir del concepto de «otredad».

La novela Eifelheim, de Michael Flynn, por citar una entre las más recientes, estuvo nominada en 2007 al Premio Hugo por una trama referida a un hipotético encuentro entre una civilización extraterrestre y un pueblo centroeuropeo en el siglo XIV.

La «otredad» y los cristianos
En muchas novelas de fantasía y ciencia ficción, sin embargo, los personajes cristianos aparecen como fanáticos poco respetuosos con el ´otro´, el diferente.

El género fantástico es un género idóneo para tratar el tema del ´otro´. ¿Quién es ´el otro´? El otro, en la literatura fantástica, es el mutante, el vampiro, el alienígena, el espíritu, la Inteligencia Artificial, el androide, el robot, el elfo, el enano, los seres cósmicos que despiertan nuestro sentido de la maravilla, los ángeles, los demonios y Dios. Definiendo al otro, tenemos la obligación de definir el nosotros, es decir, el viejo tema: ¿qué es ser humano?

Pues bien, cuando en la literatura del género fantástico moderno un personaje cristiano encuentra a un ´otro´ misterioso, su reacción suele ser de miedo y odio, o bien de desprecio. Y sin embargo, cuando el personaje no es un cristiano sino un científico agnóstico o un héroe librepensador, sus reacciones son abiertas, tolerantes, inteligentes, etc…

Parece que se parte de la base de que el cristiano, al estar ´atado´ a unos dogmas de fe, no es suficientemente flexible para responder adecuadamente a un encuentro con un ´otro diferente´, como si su fe le impidiese un trato inteligente con, por ejemplo, un extraterrestre. O un elfo. O un ateo: abundan los diálogos entre el culto científico y el dogmático eclesiástico que es incapaz de comunicarse o argumentar y se limita a citar versículos.

La realidad es que el cristianismo, con toda una historia de atención al Otro por antonomasia que es Dios y una rica tradición de ángeles y demonios tiene toda la flexibilidad que hace falta y resulta ridículo ver cómo se comportan los capellanes, jesuitas, franciscanos y demás personajes cristianos que acompañan a las expediciones de las novelas de Ciencia Ficción, siendo por lo general los primeros en enloquecer, caer bajo el mal y finalmente ser devorados. ¡Eso si no exigen la Guerra Santa contra la raza recién descubierta! El fanatismo y el infantilismo inmaduro se les da por supuestos. Después de todo, sólo son unos cristianos…

La «otredad» real en el cristianismo
Podríamos partir de la Encarnación de Dios (el hecho de que Dios se haga Hombre auténtico en la persona de Cristo) para plantear los niveles de ´otredad´ según el cristianismo. Si Dios, el Infinitamente Otro, se ha hecho uno de nosotros, ¿cabe pensar que realmente tengamos el derecho a desdeñar con el título de ´otros´ a cualquier otra especie del cosmos? Ante Dios, como dice San Pablo, ya no hay ni griego ni judío, ni hombre ni mujer, ni amo ni esclavo. La separación racial, social, genérica, queda superada por la unión en Cristo.

Esta visión, que amplió la definición de ´humano´ del mundo antiguo (y fue muy mal recibida por el Imperio Romano, como también lo recibe mal nuestra propia época), ¿puede ampliarse a las otredades del género fantástico? ¿Pueden salvarse los Elfos? ¿Son los klingon, esos belicosos extraterrestres de la serie Star Trek, hijos de Dios? ¿Tienen dignidad humana, necesidad de salvación, los mutantes, los robots, los replicantes?

La respuesta de Lewis
C.S. Lewis se plantea el tema a nivel teórico. En su artículo «La religión y la técnica de los cohetes» enuncia las distintas posibilidades. «Tal vez entre todas las especies sólo nosotros hemos caído. Tal vez el hombre es la única oveja perdida y por lo tanto la única que el Pastor salió a buscar».

Y aunque hubiera otras, ¿tenemos la certeza de que el nacimiento en Belén, la Cruz, el Calvario y el Sepulcro Vacío deben ser la fórmula a repetirse para salvar un mundo? El novelista gaditano Rafael Marín Trechera opina que sí. O al menos eso opinan todos los terrestres de su cuento ‘Y sobre esta piedra’ que desencadenan una cruzada en un planeta alienígena por recuperar el Santo Sepulcro de Cristo, que murió por salvar aquel planeta. De hecho, se nota que el cuento nace de una imagen: naves y estandartes vaticanos hi-tech a la búsqueda del Santo Sepulcro, una Cruzada galáctica. El resto del cuento intenta justificarlo: por ejemplo, dice que así estaba previsto en el Tercer Secreto de Fátima. ¡Rafa Marín no sabía cuando escribió el cuento que este secreto se iba a revelar en el 2000 y que habla de otra cosa! Aunque el autor intenta que los personajes no sean necios ni fanáticos, sino complejos y atormentados, el resultado es que el lector debe olvidar todo lo que sabe de historia, teología y algo de psicología de masas para decir «vaaale, te acepto el cuento».

El caso es que hay una tesis en la doctrina católica que haría totalmente increíble el cuento: que Cristo ya ha muerto y resucitado no solo por los judíos, no solo por los hombres del s.I, no sólo por los humanos del planeta Tierra, sino por todas las almas caídas (en pecado) del Cosmos. En esta tesis, es absurdo que haya un Cristo distinto para cada raza alienígena, como lo es que haya un Cristo para aztecas, otro para malayos y otro para navarros.

La verdadera visión medieval del mundo
Dejemos el espacio sideral y veamos la fantasía de ambientación medieval. Como muchas novelas de fantasía están ambientadas en mundos medievales, es preferible informarse de cómo veían el mundo realmente los cristianos medievales usando el interesantísimo libro de C.S.Lewis La Imagen del Mundo (Editorial Península).

Nada que ver con la idea de oscurantismo que tiene el amargado cura protagonista de «Este relámpago, esta locura, de Rodolfo Martínez» (novela corta galardonada con el premio Ignotus en España). El cura en cuestión dice: «Cómo añoro a veces esa Edad Media que jamás conocí, esa época de oscuridad, temor y superstición. Nos hemos atrevido a catalogar la eternidad, la onmisciencia, el infinito. El último de los misterios ya cabe en nuestros expedientes. No tenemos por qué preocuparnos de nada más. Todo está medido, aquilatado, definido. Hasta Dios. Sobre todo Dios.»

Lo cierto es que este cura no sabe nada de la Edad Media. Este personaje no sabe que los sabios de la Edad Media ya lo tenían todo aquilatado y medido, eso que tanto le molesta. Tenían un modelo, un sistema perfecto y completo del universo que Lewis explica en su libro y que todo el que opine sobre el pensamiento medieval debería entender. Este sistema no dejaba muchos misterios, pero tampoco muchas seguridades para el hombre sobre su vida cotidiana, porque el hombre se sabía un ser caído en un mundo caído, un guerrero en la batalla cotidiana entre el bien y el mal.

Pero, ¡ojo a la cosmogonía! esa batalla, ese devenir de acontecimientos imprevisibles, esa guerra extenuante, sucede sólo por debajo de la luna. Superada la luna, más allá, los planetas giran en sus órbitas inmutables según el glorioso plan de Dios, las estrellas brillan y más allá, está Dios mismo, pura Luz por detrás de la cúpula celestial. En cuanto a tener a Dios medido y definido, a ello se dedicaban con entusiasmo, pero siempre con una guía: lo más importante que sabían de Dios, lo más indudable, es que Dios se había hecho Hombre y había muerto y Resucitado salvando a los Hombres. Las maldades de Satán en la Tierra quedaban pequeñas ante la grandeza de esta realidad.

La ciencia ficción a menudo ha heredado del pensamiento ilustrado el desprecio hacia la religión y los personajes religiosos. La Ilustración se afirmó como pensamiento hegemónico denigrando y tiñendo de leyenda negra los siglos de Cristiandad, y a estas épocas supuestamente negras se remite la ciencia ficción a menudo para crear imágenes poderosas pero retorcidas y bastante increíbles cuando se conocen los materiales con que fueron hechos.

Ángeles y demonios
Los medievales eran librescos: no podían creer que un libro antiguo fuese simple y llanamente una invención. Y no distinguían bien entre los géneros antiguos. Aparte de esto, tenían un afán completista. Así, echaron en el pote cultural a Platón, los platónicos, Aristóteles, los grandes paganos de Grecia y Roma, los Santos y los Padres de la Iglesia, doctores y hombres de ciencia y fueron haciendo su modelo universal. Del Seudo-Dionisio los medievales tomaron sus jerarquía de ángeles y arcángeles, nueve clases de ángeles en total, en tres grupos de tres, los de más abajo son los ángeles propiamente dichos, los que se relacionan con los hombres. El medieval tenía perfectamente clasificados a estas otredades que son los ángeles.

A lo largo de la Edad Media se fue imponiendo la palabra demonios como demonios malignos (antes eran simplemente criaturas de las regiones aéreas, del éter) , sobre todo con Santo Tomás, y a partir de una frase de San Pablo sobre el «Príncipe de los Poderes del Aire», que algunos autores de fantasías artúricas aplican también a Morgana. En el Renacimiento, algunos platonistas modernos recuperaron el término para volver a referirse simplemente a los «animales del éter», pero popularmente ya se había extendido su uso como «diablos satánicos».

En este mundo donde todo está ordenado, quedan sin ordenar los elfos, las hadas, las nereidas, las sirenas… El modelo medieval no consigue asignarles una posición oficial. En cambio, para nuestros autores de ciencia ficción y fantasía moderna está claro: los cristianos medievales los clasificaban enseguida como ´demonios´. Pues no. Los clérigos cultos que habían leído a Bernardo Silvestre sabían que, según este, «silvanos, panes y nereidas, no son inmortales aunque de vida más larga que la nuestra, de conducta intachable, cuerpos de pureza elemental».

Clasificando duendes
Sin embargo, la misma palabra inglesa faerie significó en distintos textos tres cosas distintas: damas hermosas como elfos, o desagradables trasgos nocturnos o enemigos de Dios según el poema Béowulf, que alinea en esta categoría a elfos, gigantes y enanos. Hubo un empate entre si eran malos o buenos, monstruos o criaturas inclasificables hasta el siglo XVI, la época de la gran paranoia satánica y la persecución contra las brujas. De hecho, los medievales se debatían entre cinco teorías sobre qué tipo de ´otredad´ tenían los duendes y similares:

a) que fueran una especie racional distinta de hombres y ángeles;
b) que fueran los espíritus habitantes de los elementos, clasificados por Paracelso;
c) que fueran ángeles degradados, no seguidores de Lucifer pero tampoco suficientemente buenos, así que han quedado desterrados en los niveles inferiores de la región aérea, más cerca de la tierra que de la luna; regresarán al cielo el día del Juicio Final;
d) que son muertos o algún tipo de muertos; eso pensaban algunos de los inquisidores que interrogaban a algunas brujas sobre si además de invocar muertos invocaban duendes;
e) finalmente, una opción entre 5 es la que gusta más a los escritores de ciencia ficción empeñados en usar personajes cristianos obsesionados con demonizarlo todo. Efectivamente, algunos medievales pensaban que los duendes no eran sino demonios.

La reflexión de San Jerónimo
De todas formas, apoyando la postura a) [especie racional distinta de hombres y ángeles] hay un texto de San Jerónimo bastante conocido en las bibliotecas medievales, nada gnóstico ni oculto, sobre la vida de San Antonio del Desierto.

San Antonio el Grande, fundador del monaquismo en los desiertos de Egipto, había oído que había en el desierto un hombre llamado Pablo (San pablo el Ermitaño), que llevaba de ermitaño más tiempo incluso que él. Antonio se puso en marcha para conocerle. Durante el viaje se encontró con una criatura extraña, inteligente, pero no era humana, ni ángel ni demonio. El párrafo de San Jerónimo dice exactamente: «Antes de pasar mucho tiempo, en un pequeño valle rocoso cerrado por todos sus lados, he aquí que Antonio ve un humanoide con morro ganchudo, cuernos en la frente y extremidades como pies de cabra. Cuando vio esto, Antonio, como un buen soldado, tomó el escudo de la Fe y el yelmo de la Esperanza. La criatura, sin embargo, empezó a ofrecerle el fruto de las palmeras para sostenerle en su viaje, como si fuera una ofrenda de paz. Percibiendo esto, Antonio se detuvo y le preguntó que quién era.»

-«Soy un ser mortal y uno de los habitantes del desierto a quien los Gentiles (paganos) engañados por varias formas de error, adoran bajo los nombres de Faunos, Satiros e Íncubos. He sido enviado para representar a mi gente. Te rogamos por nuestro bien que actúes a favor nuestro y de tu Señor quien, hemos sabido, vino una vez a salvar el mundo y cuyo sonido se ha extendido por toda la tierra. San Antonio -dice San Jerónimo- estaba asombrado por este evento y por su habilidad de entender la criatura. Les responde favorablemente y «aún no había terminado de hablar cuando, como si llevada por alas, la criatura salvaje se fue.».

Y continua San Jerónimo:

«Que nadie tenga escrúpulos en creer este acontecimiento; su verdad se apoya en lo que pasó cuando Constantino estaba en el trono, un asunto del que el mundo entero fue testigo. Porque un hombre de este tipo fue llevado vivo a Alexandría y exhibido como algo asombroso a la gente. Después, su cuerpo sin vida, para que no se pudriera con el calor veraniego, se preservó en sal y se llevó a Antioquía, para que el emperador los pudiera ver»

Si queremos escribir una novela sobre, digamos, la Britania artúrica ambientada a mediados del siglo V o algo posteriormente, sería bueno que los clérigos de la corte de Camelot demostraran conocer esta historia o que al menos se comportasen como San Antonio… ¿aparece un ser extraño que quiere saber de Cristo? No lo clasifico automáticamente como un demonio sino que le escucho y tratamos de entendernos. San Antonio no paraba de encontrar demonios multiformes y sin embargo no se cerró a este ser. El diálogo es la base de la tolerancia. Pero como veremos después, los autores de Ciencia Ficción y Fantasía no dejan dialogar a los personajes cristianos en sus novelas, que siempre aparecen como miedosos dogmáticos que clasifican a priori al ´otro´ como «engaño satánico».

Denigración anticristiana: una constante
Podríamos seguir con un repaso de obras de autores españoles donde los personajes cristianos salen bastante mal parados sin que haya en ninguna una elucubración ni debate serio sobre temas teológicos ni sobre historia de la Iglesia. Redal y Aguilera (la saga de Akasa Puspa, incluyendo El Refugio), Javier Negrete (Nox Perpetua), Gallego y Sánchez (La Llanura, con 8 páginas de first-contact-catequesis ridiculizada) son algunos de los autores que merecen ser ´regañados´.

También hay algunos extranjeros en el tema de novelas y cuentos fantásticos, especialmente en las Nieblas de Avalon de Marion Zimmer Bradley, la saga de los Deryni, de Katheryn Kurtz, la saga de Pendragon de Stephen Lawhead o la Trilogía del Halcón y el Sabueso, de Judith Tarr. Todas estas tratan de medievos alternativos, artúricos o fantásticos donde hay elfos o similares, razas hermosas con magia. La postura de la Iglesia en estas novelas -con matices según cada autor- siempre es la de perseguir y quemar a los inocentes elfos sólo porque son distintos o hacen magia, con una contumacia similar a la de los cazadores de mutantes en cómics de La Patrulla X. No importa que los elfos usen sus poderes para el bien en esa novela: por exigencias de guión deben ser perseguidos más allá de la paciencia y credulidad del lector. La excepción (la saga de Pendragón, del novelista cristiano Stephen Lawhead) demuestra que no tiene por que ser siempre así.

En conclusión…
Si un día llegasen los marcianitos verdes que decía el Papa, la reacción de los cristianos sería más bien la que describen CS Lewis o San Jerónimo que la fanática con la que fantasean algunos autores de ciencia ficción. Si se les bautizaría o no… le tocaría responder a Francisco.

Fuente: ReL

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