¿Se puede ser eremita viviendo en la ciudad?

silencio-urbanoA las pocas horas de haber visto la luz esta página, ya había conocidos y otras personas que, tanto de palabra como por escrito en el blog o en el perfil del FB, me estaban preguntando sobre la contradicción existente entre ambos términos, ‘eremita’ (el que vive en soledad) y ‘urbano’ (aquel que vive o trabaja en la urbe, la ciudad).

Si recurrimos al diccionario o a la enciclopedia, eremita o ermitaño es, en efecto, la persona que vive sola en un lugar deshabitado, especialmente si se dedica a la oración. En cuanto a anacoreta, esta palabra se usa asimismo para referirse a aquél que vive aislado de la comunidad o también para hacer referencia a quienes rehúsan los bienes materiales. El anacoreta, al igual que el ermitaño, se retira a un lugar solitario para entregarse a la oración y a la penitencia.

Esta es la teoría, la lógica, lo que se desprende del sentido común. Pero no es algo totalmente cierto. Toda regla tiene su excepción y, en el caso concreto de los eremitas, tales excepciones van en aumento. Ahora, en pleno siglo XXI, son muchas las personas cuya actitud, modo de vida y comportamiento puede definirse como ermitaño y que, sin embargo, viven inmersos en el bullicio y la vorágine urbana. Viven, dicho de otra manera, de modo casi solitario en plena ciudad.

El número de anacoretas y de ermitaños crece cada día. Pasan su vida, o tratan de pasar al menos gran parte de ella, en oración, en meditación, en paz y en calma. Su fuerza está en contradecir el espíritu del tiempo. Buscan el silencio, la paz, cuanta más soledad posible, y la discreción en el máximo grado alcanzable. Ciertamente, a muchos se los encuentra en lugares inhóspitos, aislados, en valles, campos, montañas, cuevas y cualquier zona o rincón relativamente solitario o poco transitado de nuestra geografía. Pero también, a otros muchos, se les halla en buhardillas, pisos altos, modestas viviendas de cualquier pueblo, ciudad, urbe o centro metropolitano.

En los primeros siglos del cristianismo, primero en Oriente y poco a poco extendiéndose por todo el mundo, miles de creyentes cristianos decidierion irse a vivir al desierto o a las montañas: grutas y chozas se llenaron de solitarios. Se les llamó Padres del Desierto y algunos de ellos nos dejaron grandes y valiosas enseñanzas, muchas de las cuáles sólo ahora están comenzando a ser conocidas y divulgadas ampliamente.

Ignoramos cuántos serán ahora los nuevos eremitas del siglo XXI, pero no dudamos ni un instante en que deben ser, como fueron antaño, por lo mínimo varios miles de personas también. Por lo poco que sabemos, ya que la publicidad no les interesa en absoluto, ni el protagonismo, y por encima de todo desean el anonimato o, cuanto menos, que se hable de ellos lo menos posible, la inmensa mayoría es católica, aunque no faltan entre ellos otras confesiones cristianas y otras religiones que abarcan incluso un espectro más amplio, como hindúes, musulmanes, etcétera. Como alguien ha señalado, el anacoreta (repetimos, persona que se retira a un lugar solitario para entregarse a la oracion) es el más ecuménico entre los creyentes porque recupera –viviéndolos todos los días– los valores que unen todas las confesiones: oración, penitencia, sacrificio, ayuno, alejamiento, contemplación.

Reiteramos que la mayoría no se encuentra ni en el campo ni en las montañas. En realidad, el mayor número de los ermitaños actuales es «metropolitano». La gran ciudad, con todas sus ventajas e inconvenientes, es el verdadero sitio de la soledad, del anonimato, del combate silencioso contra los nuevos demonios de la ‘modernidad’. La mayoría de estos nuevos eremitas urbanos tiene entre cincuenta y sesenta años -posiblemente la edad en la que se dan cuenta de esta nueva circunstancia en sus vidas-, y son rarísimos los que están por debajo de los treinta, porque entre los treinta y los cincuenta son muchas las personas de todo sexo y condición que están convencidas de que les queda lo más importante de la vida por ‘vivir’: la casa, el coche, el trabajo… La mayoría de tales ermitaños tienen títulos universitarios, pero esto no es de ningún modo indispensable, ni siquiera necesario. Tal circunstancia únicamente indica que quizás las personas con más estudios, sean las más necesitadas de esta disciplina del espíritu: la vida tranquila y solitaria, la meditación, la oración, la búsqueda casi constante de la paz espiritual, porque su propio espíritu, curtido en mil batallas distintas, así se lo exige…

Es muy lógico que uno se pregunte el por qué de una elección así. También yo me hice esta pregunta en su momento, y continúo haciéndomela en muchas ocasiones. En mi muy modesta opinión y por el ejemplo propio que puedo dar, lo primero que hay que decir es que se trata de una vocación, una llamada, una atracción hacia un determinado estilo de vida que ha florecido de nuevo por reacción a la borrachera «comunitaria» o «social» que ha arruinado muchos ambientes religiosos.

Esto ha llevado a muchos, por contraste, a redescubrir el poder y la fuerza de la oración y el gozo del silencio. Modestamente me cuento entre esos «muchos». En la Oración de Jesús (u Oración del Corazón), estos cristianos encuentran -o se esfuerzan a diario para encontrarlo- su modo sencillo de no amoldarse al mundo, a sus modas, dictámenes y tiranías. Aquí en la urbe, y de esta manera, hallan o luchan por hallar la fuerza necesaria para no dejarse manejar por la sociedad de consumo que agobia a tantas personas en la actualidad. Para resistirse a la tentación. Quizás no la misma clase de tentación que asediaba a los primeros ermitaños del desierto de la Tebaida, la tentación del mundo y de la carne; pero sí enfrentándose a otro tipo de tentaciones cotidianas.

Y por último, haciendo una breve y mínima referencia personal, la pregunta inicial puede extenderse más todavía, planteándose si se puede ser eremita, vivir en la ciudad y, además, estar casado y tener familia y dedicarse a ayudar a los demás con un trabajo plenamente relacionado con la asesoría y la sanación espiritual. Se puede, sí. Y se puede porque con dichas circunstancias personales, hay todavía más objetivos, más determinación, más compromiso y más motivos para luchar contra todo tipo de tentaciones mundanas y cotidianas.

Nadie ha dicho, nadie dice aquí que sea algo fácil, o cómodo. Por eso mismo, el esfuerzo es diario, el desafío constante, la lucha permanente. De ahí que sea tan necesaria esta oración del corazón, a modo de mantra repetitivo, hasta llenarnos de ella en cuerpo, mente y espíritu: «¡Señor Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pobre pecador!»

A Él todo el honor y la gloria, por los siglos de los siglos. Y que Él esté siempre con todos nosotros.

Josep de Santantoni

Un comentario sobre “¿Se puede ser eremita viviendo en la ciudad?

  1. Gracias por est texto, resume lo que estoy haciendo yo con la ayuda de Dios desde el 2012, y con cargas familiares y problemas al comentarlo con sacerdotes y religiosos lo han visto novedoso pero difícil de hacer por no decir imposible al tener que atender hijos, los entresijos de la vida de un seglar.Mucho menos consagrarse formalmente, siempre particular y privado.Bueno es la novedad de esta forma de vida que pocos comprenden y yo practico.Amen.

Deja un comentario