La religiosa benedictina santa Hildegarda de Bingen, proclamada Doctora de la Iglesia

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) fue abadesa benedictina, líder monástica, mística, profetisa, médica, compositora y escritora alemana. Es conocida como la Sibila del Rin y como la Profetisa teutónica. Este pasado 7 de octubre de 2012 el papa Benedicto XVI le otorgó el título de Doctora de la Iglesia junto al español san Juan de Ávila, durante la misa de apertura de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los obispos.

Considerada por los especialistas actuales como una de las personalidades más fascinantes y multifacéticas del Occidente europeo, se la definió entre las mujeres más influyentes de la Baja Edad Media, entre las figuras más ilustres del monacato femenino y quizá la que mejor ejemplificó el ideal benedictino, dotada de una cultura fuera de lo común, comprometida también en la reforma de la Iglesia, y una de las escritoras de mayor producción de su tiempo.

Una mujer extraordinaria

La santa Hildegarda de Bingen, proclamada este pasado 7 de octubre Doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, fue una monja benedictina alemana que a lo largo de sus 81 años de vida desplegó una intensa actividad como poeta, naturalista, fundadora de conventos, teóloga, predicadora, taumaturga y exorcista.

Su compatriota Benedicto XVI destacó que fue una importante figura femenina del siglo XII, que ofreció una preciosa contribución al crecimiento de la Iglesia de su tiempo, una mujer de viva inteligencia, profunda sensibilidad y reconocida autoridad espiritual.

“El Señor la dotó de espíritu profético y de intensa capacidad para discernir los signos de los tiempos. Hildegarda alimentaba un gran amor por la creación, cultivó la medicina, la poesía y la música. Sobre todo conservó siempre un amor grande y fiel por Cristo y su Iglesia”, afirmó.

Hildegarda nació en 1098 en la localidad alemana Bermersheim, en el seno de una familia perteneciente a la nobleza local, que consideró la joven debía ser dedicarse al servicio de Dios, como “diezmo”.

A lo largo de su vida, la benedictina Hildegarda desplegó, no obstante, una intensa actividad: fue compositora, poeta, naturalista, fundadora de conventos, teóloga, predicadora, taumaturga y exorcista; desveló los secretos de la Creación y la Redención y la mutua relación entre todas las obras creadas.

Ofreció también guías de conducta para alcanzar la vida eterna y se ocupó del funcionamiento del cuerpo humano, sus enfermedades y remedios.

En 1106, a los ocho años de edad, entró como alumna de la escuela del convento de frailes de Disibodenberg (Alemania).

Desde los seis años comenzó a tener visiones, consideradas por el arzobispo de Maguncia de “inspiración divina”, y, tras recibir la aprobación de San Bernardo de Claraval, decidió plasmarlas en 1141 en su obra “Scivias” (Conoce los caminos).

El libro, compuesto por 26 visiones descritas y explicadas minuciosamente, fue leído por el papa Eugenio III, instándole a continuar la obra y autorizando la publicación de las mismas.

Tras aumentar su fama con sus visiones, su comunidad aumentó, por lo que Hildegarda decidió fundar un convento en Rupersberg, que se convirtió en el primer monasterio de monjas autónomo, pues hasta entonces siempre habían dependido de otros varones.

Posteriormente, entre 1158 y 1163 escribió el “Libro de los Méritos de la Vida”, una guía sobre cómo adquirir merecimientos, a fin de evitar o reducir, por medio de la penitencia cualquier posible castigo futuro.

Al finalizar la obra, se embarcó en la redacción de “Libro de las Obras Divinas”, en la que la santa profundizó fundamentalmente sobre la armonía entre el ser humano y el resto de la creación.

Ambas obras, junto con la “Scivias” las obras teológicas más importantes de Hildegarda, fueron consideradas como las obras teológicas más importantes de la alemana.

La música y la medicina también representaron dos temas fundamentales a la largo de su obra, que adquieren su máxima representación en “Sinfonía de la Armonía de Revelaciones Divinas” y “Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas”, respectivamente.

Fue su experiencia directa del dolor y las enfermedades lo que impulsó a Hildegarda a preparar el libro de medicina práctica, de modo que también sus compañeras pudieran curar con hierbas a los enfermos que se presentaban en el convento.

Hildegarda trazó recetas magistrales a base de ajo, ajenjo, albahaca, caléndula, castaño, comino, hinojo, menta y decenas de otras hierbas menos conocidas, que fueron redescubiertas siglos más tarde por la naturista suiza Ellen Breindl.

“Quien tenga dolores en el brazo o el costado haga hervir el perejil en el vino, añada un poco de vinagre y suficiente miel, lo filtre por un paño y lo beba a menudo, y curará”, aconsejó.

Hildegarda de Bingen dejó escrito en su breviario “política de la salud” (llevando a la práctica sus recetas) el principio básico de la ecología: el hombre debe aprender cuanto antes la justa relación con su ambiente y percatarse de que si rechaza esta armonía pierde su propia energía y potencialidad.

Hildegarda murió el 17 de septiembre de 1179 y fue sepultada en la iglesia de su convento de Rupertsberg, de la que fue abadesa.

Para saber más:

http://es.wikipedia.org/wiki/Hildegarda_de_Bingen

http://www.hildegardiana.es/

 

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