Las brujas de Zugarramurdi

El proceso de las brujas de Zugarramurdi

Zugarramurdi es un pequeño pueblo de apenas 250 habitantes enclavado en los Pirineos de Navarra (norte de España), que entró en la historia a causa de unos terribles sucesos que tuvieron lugar hace cuatro siglos. A las afueras de la aldea, una gran cueva alberga el recinto en el que las “sorgiñak” (brujas vascas) de la zona se reunían para celebrar los “akelarres”, palabra de origen vasco que significa “prado del macho cabrío”.

En Europa, el culto a un dios cornudo se remonta al siglo V. Jano, la deidad masculina con cuernos, simboliza la virilidad y la fuerza, y se le atribuye una personalidad promiscua. Se le identifica con el semidios griego Pan, Fauno para los romanos. Es el responsable de la fecundidad y fertilidad de la tierra. En el País Vasco, esta entidad toma el nombre de Akerbeltz o macho cabrío negro, un fauno del que se creía que vivía en alguna cueva bajo tierra, y al que se le atribuían propiedades curativas contra la enfermedad e influencias benéficas sobre los animales y rebaños encomendados a su protección. Por esta razón, todavía hoy en día se cría un macho cabrío negro en muchos caseríos. Akerbeltz era el fauno al que adoraban las brujas y brujos en los “akelarres”, que tenían lugar normalmente las noches de los viernes. El rito consistía en ofrecer pan, huevos y dinero, y posteriormente bailar alrededor de una hoguera. Durante estas reuniones, se sacrificaba algún animal y se le pedía a Akerbeltz suerte en el amor; fertilidad para las mujeres, la tierra y el ganado; protección contra enfermedades como la peste, que en aquellos tiempos asolaba las aldeas; lluvia en tiempos de sequía… y todas esas cosas que cualquier ser humano ha pedido -y sigue pidiendo- a los dioses en los que cree.

También se consumían pócimas alucinógenas, algo que se sigue practicando hoy en día en muchas culturas de Sudamérica, África y Asia. La ingestión de estos brebajes y orujos destilados a partir de endrinas y otras bayas producía efectos muy parecidos a los causados por el LSD y el alcohol. Las danzantes entraban en estado de trance, lo que a ojos de los no iniciados semejaba que eran poseídas por un espíritu diabólico. Con la llegada del cristianismo, la práctica de estos ritos paganos se consideró herejía y comenzó a ser perseguida. Sin embargo, aquella no iba a ser una tarea fácil, pues había que erradicar creencias instaladas en el pueblo desde la noche de los tiempos. Para ello, la autoridad eclesiástica no dudó en emplear las tácticas más sibilinas, fabricando rumores con el fin de crear rechazo hacia las brujas vascas, y cubriendo sus prácticas con un manto de miedo y sospecha.

De esta forma, alimentaron la idea de que los “akelarres” eran bacanales donde sacrificaban niños para luego beberse su sangre; de que ofrecían muchachas núbiles al diablo, celebraban misas negras o elaboraban sus pócimas con todo tipo de ingredientes repelentes, como médula ósea de niño, excrementos, arañas y otras “finezas”. También extendieron el bulo de que en estas orgías se practicaban la homosexualidad, la antropofagia y otros “ritos diabólicos”. A pesar de tanta calumnia, el puritanismo eclesiástico de la época seguía sin conseguir sus fines, así que optó por utilizar su arma más temida y letal: el Tribunal del Santo Oficio.

Empezaban a escribirse las páginas más negras de la historia de la Inquisición, al tiempo que se ordenaba comenzar las cazas de brujas. Las dos más célebres se llevaron a cabo en la Sierra de Anboto de Vizcaya, y en la mencionada aldea de Zugarramurdi. En 1608, Juan del Valle Alvarado llegó a Zugarramurdi comisionado por el Santo Oficio para investigar las denuncias de hechicería que se habían recibido. Tras una laboriosa recopilación de testimonios entre delatores, envidiosos, supersticiosos y gente que buscaba venganza por rencillas personales, la comisión que comandaba el inquisidor inculpó a trescientas personas, de las cuales cuarenta, las consideradas más peligrosas y culpables, serían trasladadas a la prisión de Logroño.

Los reos, sometidos a torturas inimaginables, acababan confesando cualquier crimen del que se les acusara. Hasta el punto de que en el proceso de las brujas de Zugarramurdi, parte del tribunal no apoyó el auto de fe por entender que los actos que afirmaban haber cometido aquellos desgraciados eran tan increíbles que su confesión sólo podía haber sido arrancada en medio del delirio y la desesperación por acabar con el dolor de las torturas. El juicio de las brujas de Zugarramurdi se prolongó por espacio de dos años, hasta que finalmente once de los detenidos fueron condenados a muerte en la hoguera por los delitos de brujería, magia y superstición. Este proceso tuvo gran resonancia, y su desarrollo fue seguido en toda Europa con tanto interés -y morbo- que el día de la ejecución del auto de fe se congregaron en Logroño más de 20.000 personas venidas de todas partes de Castilla y otros Reinos. Una multitud para aquella época.

De los tres inquisidores que formaban la Comisión del Santo Oficio, sólo Alonso de Salazar y Frías puso en duda el testimonio de aquellos pobres condenados, preguntándose: “¿Cómo podían saber lo que confesaban, si ni siquiera conocen el castellano y sólo hablan en la Lingua Navarrorum?” (Así se denominaba en aquellos tiempos a la lengua de los vascos). En Logroño, el día 6 de noviembre de 1610, a primera hora de la mañana, salía una numerosísima y devota procesión encabezada por el estandarte de la Inquisición, seguido de gran cantidad de inquisidores, notarios y familias adineradas, todos ellos ricamente ataviados. Detrás, una multitud de monjes benedictinos, jesuitas y franciscanos, y cerrando la comitiva, dos dignidades de la Iglesia y el alguacil del Santo Oficio. Acercándose hasta un gran patíbulo instalado en la plaza, clavaron la Santa Cruz que presidiría las ejecuciones.

Al amanecer del día siguiente, cincuenta y tres personas fueron sacadas y conducidas en fila hacia el cadalso. Llevaban un cirio entre las manos, la cabeza descubierta, escapularios y sambenitos. Seis de ellos, una soga al cuello. Detrás, cinco muñecos de madera y cinco ataúdes con restos mortales. Porque durante los dos años que duró el juicio, cinco inculpados fallecieron en la cárcel. Ni después de muertos se librarían de su castigo. Después de leer públicamente las sentencias, unos fueron desterrados, otros excomulgados, varios azotados y alguno absuelto.

Las protestas por la inusitada crueldad del auto de fe de Logroño y los escritos de Alonso de Salazar expresando sus discrepancias acerca de la manera de impartir la justicia religiosa, trajeron consecuencias en los tiempos venideros. Comenzaba el llamado “período de las luces”…

(Gracias a ‘Nómada’ por su magnífica información).

4 Respuestas a “Las brujas de Zugarramurdi

  1. A Julieta.- Puede haber dos respuestas a su pregunta, o dos variantes distintas. La primera es que, después de cada proceso de brujería (como el caso de las brujas navarras de Zugarramurdi), entre otras penas que imponía el Santo Oficio (Inquisición) al condenado/a por brujería, estaba el tener que llevar el denominado ‘sambenito’.
    El sambenito (San Benito) era un hábito o túnica penitencial heredado de la Edad Media. De color amarillo (color de la traición) con la cruz de San Andrés bordada en la espalda y en el pecho y otros animales repelentes, como serpientes. Se llevaba por un tiempo variable y era obligatorio salir de casa con él puesto, lo que suponía el escarnio y la mofa de los vecinos. Quitárselo constituía una falta grave. El uso del capirote era para aumentar la burla y no se tapaba la cara para que se conociera al culpable.
    El uso del sambenito no solo fue un castigo para la víctima, sino también para su familia e incluso sus descendientes, porque se introdujo la costumbre de ordenar que los sambenitos de los penitenciados fueran colgados en las catedrales e iglesias parroquiales, lo que perpetuaba la infamia de la familia. De ahí que fuese frecuente que los familiares y descendientes trataran de robar o esconder los sambenitos.
    Y asimismo, San Benito también tiene relación con Zugarramurdi, según su pregunta, porque en aquellos oscuros años de la Edad Media, en las puertas de humildes labradores de muchas localidades españolas, tres cruces o una escoba vuelta al revés eran prácticas universales para ahuyentar a la brujas en su escenario nocturno. Invocaciones de fe se pronunciaban en momentos de angustia y desolación. Y en ese espíritu cristiano un riojano o un vasco clavaría en la puerta de su morada un pedazo de papel -cédula de UBAGA, monasterio benedictino- que le libraría de las fuerzas del Mal. y en su contenido impreso, entre otras cosas, decía: «Nuestra Señora de Ubaga. Defiéndenos del enemigo y de las cosas impuras, Apártate Satanás, nunca me aconsejes cosas vanas, son males que tu mismo das… Venena ribas la Cruz Santa sea para mí la luz y, Dragón no sea para mí el que me conduzca…» Estas palabras son claramente parte de la oración/exorcismo de la Cruz de San Benito, aunque mal o desordenadamente escritas. También se llevaban esas células o ‘santa nómina’ (asimismo eran llamadas así) sobre el cuerpo, en forma de escapulario o similar.
    En distintas regiones del norte de España, tanto en Navarra (Zugarramurdi) como en Logroño y otros parajes, la medalla o cruz de San Benito fue un remedio de fe contra las tentaciones del demonio y para salvar la vida a los animales. En el contenido de la cédula se hace un detalle y explicación de su origen, íntimamente enlazado con la devoción que tenía el Santo para con la Santa Cruz, para vencer las tentaciones y evitar los lazos del demonio. Dos hechos contribuyeron a dar una extensión universal a la medalla: la curación milagrosa del joven Bruno (más tarde el papa San León IX) y la declaración de Ias hechiceras de Baviera que al ser apresadas en 1647 confesaron que sus maleficios contra el Monasterio de Metten resultaban sin efecto alguno; indagando la causa se descubrió en las paredes del Monasterio la imagen de la Santa Cruz rodeada de letras cuyo significado se ignoraba; el enigma quedó descifrado con el hallazgo en la Biblioteca de dicho Monasterio, de un manuscrito del año 1415, en el que se veía pintado a San Benito, empuñando la Santa Cruz, en la cual tremolaba una bandera y en ella se hallaban grabadas las letras que hoy aparecen en la medalla.
    Esperamos haberla ayudado a resolver sus dudas. Bendiciones.

  2. Tengo una pequeña pregunta, ¿Qué tiene que ver San Benito en el tema de las Brujas de Zugarramurdi? Esque tengo que hacer un trabajo sobre ello, y es urgente. Muchas Gracias. Un saludo.

  3. ya no se sabe quienes eran los peores en ese tiempo si las brujas o los dirigentes de la iglesia católica ya que hacian esos salvajes rituales al quemarlos en la hoguera da tristeza ver como toman el nombre de dios para escudar sus brutales actos ,y hacer de la religión un fanatismo absurdo ,hasta la fecha se ven tantos casos de abusos a menores que mejor es creer en nuestro señor jesus dentro de nuestro hogar ahi es bien recibida la bendicion de dios ,no hay que confiarse ya de las religiones para no lamentarnos despues haber dejado nuestros hijos en manos de delincuentes algunos seran buenos pero para saber cuales yo mejor asi de lejos .

  4. quiero hacer brujeria para enamorar a un hombre

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