Una mirada crítica desde la experiencia real
Hay noticias que, más que sorprender, invitan a detenerse un momento.
Hace apenas unos días, representantes de la Asociación Internacional de Exorcistas han vuelto a solicitar al Papa que se refuerce la presencia de exorcistas en el mundo, proponiendo algo que, en su lógica, parece urgente: que cada diócesis cuente con al menos uno. El motivo es claro, según ellos: el influjo del maligno está creciendo, se manifiesta con más fuerza, con más frecuencia, y por tanto hay que prepararse mejor para enfrentarlo.
Dicho así, casi suena razonable.
Pero aquí es donde conviene hacer una pausa. Porque una cosa es lo que se percibe, y otra muy distinta es lo que realmente está ocurriendo.
Llevo más de veinticinco años trabajando como exorcista laico y he atendido, sin exagerar un ápice, cientos de casos de liberación espiritual. No desde el ritual aprendido en un manual, ni desde la repetición de fórmulas heredadas, sino desde la observación y la intervención directa en muchos casos. Casos de personas reales, con sufrimientos reales, con historias complejas… y con algo en común: la gran mayoría de ellas no estaban poseídas por demonios.
Y esto es importante decirlo, las veces que sea necesario, aunque incomode. No estaban poseídas. Sino que, en realidad, estaban perturbadas por espíritus de diversa índole y distinta procedencia.
Hay una diferencia profunda, y no menor, entre ambas cosas.
La posesión, en el sentido clásico que la Iglesia ha sostenido durante siglos, implica la presencia de una entidad definida, consciente, con voluntad propia, que invade y domina a una persona. Ese modelo ha estructurado todo el sistema de exorcismos: rituales metódicos que hay que seguir al pie de la letra, oraciones, jerarquías, protocolos, etc.
Pero la realidad con la que uno se encuentra en la práctica cotidiana, no encaja ahí.
Lo que aparece, una y otra vez, no son grandes demonios con nombre propio, ni entidades organizadas dentro de un supuesto “reino del mal”. Lo que me he encontrado en los muchos casos que he tratado son influencias más difusas, más cercanas, más humanas si se quiere: cargas emocionales densas, adherencias energéticas, fragmentos psíquicos, presencias que no tienen la entidad ni la intención que la tradición les ha atribuido. Y sin embargo, dentro de los exorcismos clásicos, todas estas influencias se siguen tratando como si fueran demonios.
Y aquí es donde el problema se vuelve serio. Porque cuando todo se interpreta desde un mismo marco, el demoníaco, se pierde la capacidad de discernir. Se aplica el mismo ritual a realidades completamente distintas. Se responde con fórmulas rígidas a situaciones que requieren comprensión, sensibilidad, y sobre todo, otro tipo de intervención.
Y no, esto que estoy escribiendo no es una crítica superficial. Es algo más serio y profundo: la constatación de una realidad vista y experimentada a lo largo de más de una tercera parte de mi vida.
No puedo negar que los rituales estructurados, metódicos, repetidos durante siglos, tienen su lugar, o lo tuvieron. Forman parte de una tradición, de una cosmovisión concreta, de una época donde el mal debía ser identificado con claridad, nombrado, enfrentado.
Pero hoy el escenario es otro muy distinto. El ser humano de hoy no es el del siglo XVI. Y las perturbaciones, las obsesiones y las afecciones espirituales tampoco lo son.
Lo que antes se interpretaba como posesión de un demonio o de una entidad maligna, hoy muchas veces es una mezcla compleja de factores psicológicos, emocionales, energéticos, espirituales, todo entrelazado. Pretender resolver eso con un único modelo, el del exorcismo clásico, rígido, inamovible, inalterable en las recitaciones de las oraciones e imprecaciones dirigidas a la «entidad posesora», no solo es insuficiente, sino que en algunos casos es completamente contraproducente.
Porque los casos se etiquetan mal. Se interviene mal. Y, en consecuencia, no se ayuda realmente a la persona.
Quizá lo más llamativo de esta petición, la de aumentar el número de exorcistas, no es lo que en ella se dice, sino lo que en el fondo revela.
Revela que hay más casos. Sí. Pero no necesariamente hay más demonios ejerciendo su influencia entre nosotros.
Lo que realmente hay, a mi humilde entender, es más desorientación. Más fragilidad emocional. Más personas abiertas, muchas veces sin siquiera saberlo, a influencias que no comprenden. Más exposición a prácticas, ideas, creencias y experiencias que alteran su equilibrio interno.
Y todo eso no se resuelve con más rituales. Se resuelve con mayor conocimiento de estas realidades actuales y con más comprensión.
Aquí es donde, quizá, la Iglesia tiene una oportunidad que no debería desaprovechar. No la de multiplicar exorcistas como si estuviéramos ante una invasión demoníaca, sino la de revisar su propio enfoque. De actualizar su mirada y de reconocer que no todo lo invisible es demonio, ni todo lo perturbador es posesión.
Porque mientras se siga viendo todo bajo ese prisma, se seguirá fallando en el diagnóstico. Y cuando el diagnóstico falla, todo lo demás también.
No se trata aquí de negar la existencia del mal. Ni mucho menos de ridiculizar la figura del exorcista católico.
Se trata, simplemente, de afinar.
De mirar mejor. De entender que el mundo espiritual, si queremos llamarlo así, es mucho más amplio, más complejo y menos esquemático de lo que durante siglos se ha venido enseñando.
Y que quizá, solo quizá, ha llegado el momento de dejar de luchar contra demonios, para empezar a comprender lo que realmente está ocurriendo.
Porque no todo lo que oscurece a una persona viene del infierno. A veces, viene de algo mucho más cercano. Y por eso mismo, es mucho más difícil de ver, de identificar y de entender, especialmente por quienes no estén en la primera línea de trabajo y de «combate» y conozcan estas realidades solo en teoría.
®J.R. 2026