Qué es lo que nos espera con el actual gobierno de José Antonio Kast

El pasado martes 3 de marzo, las relaciones entre el presidente saliente, Gabriel Boric, y el presidente electo, José Antonio Kast, terminaron de romperse tras una reunión de apenas 22 minutos, esto debido a un “impasse” diplomático relacionado a las declaraciones del presidente Boric sobre el revuelo del cable submarino chino, sumado a la relación con China y Estados Unidos. Este rompimiento en las relaciones bilaterales entre ambos rompe también con la tradición diplomática del traspaso de mando que se venía siguiendo desde la vuelta a la democracia, suspendiéndose asimismo 35 reuniones de traspaso entre los equipos ministeriales de ambos gobiernos.
Las declaraciones cruzadas, acusaciones de desconfianza en la información entregada por parte de la Oficina del Presidente Electo, así como también peticiones de estar a la altura del cargo que se les encomendó por parte del gobierno saliente, deja en claro la poca prioridad de un proyecto a nivel país, agravando la polarización actual e imponiendo como norma la política de “trincheras”.
¿Pero, cómo llegamos a este punto?
En las pasadas elecciones del Domingo 14 de Diciembre, Chile no solo eligió un presidente, sino que se reconfiguró el mapa político e ideológico del país. El candidato del Partido Republicano y ex-diputado de la república, José Antonio Kast, se impuso con un 58% de los votos totales a la candidatura oficialista representada por la ex-ministra del trabajo, Jeannette Jara; esta elección presidencial, destacada por la reinserción del voto obligatorio, representó un giro de 180 grados en la tendencia progresista que se venía siguiendo en el país, marcada por los partidos de la coalición de gobierno, viéndose así el ascenso de una nueva fuerza política a La Moneda.
Tras estos resultados, el golpeado oficialismo encabezado por la figura del presidente Boric busca reconfigurarse para poder abordar los siguientes 4 años como oposición. Mientras tanto, la derecha se encuentra obligada a resolver una disputa identitaria pendiente enmarcada en una dualidad en la que no termina de encontrarse a sí misma. Una dualidad entre el «piñerismo» liberal y tradicional, emblema de la centroderecha post-dictadura, y entre la nueva ola de derecha conservadora y reaccionaria a nivel mundial encarnada en el Partido Republicano y en el Partido Nacional Libertario. Estos partidos han tensionado este eje más tradicional de este sector hacia tendencias más ideológicas y valóricas, intensificando su discurso como una reacción en contra de movimientos progresistas, globalistas, y toda aquella corriente que atente contra el conservadurismo moral que promueven. Esta disputa y definición de identidad resulta imperiosa resolverla para los partidos de la nueva coalición de José Antonio Kast, ya que recae nuevamente en ellos el dirigir el rumbo del país.
Bajo esta lógica, el rol del presidente electo resulta esencial, ya que no solo tendrá la responsabilidad de arbitrar el equilibrio de los diferentes partidos de su coalición en el reparto del poder ejecutivo, sino que además definirá el rumbo de nuestra nación en distintas materias mediante sus políticas de Estado, políticas transversales que requieren un diálogo constante. En este mismo sentido, las acciones que ha realizado el presidente electo en estas últimas semanas dejan entrever dos direcciones distintas, ya sea en la elección de su gabinete más técnico que político, o en contraste, sus primeras visitas internacionales y gestos simbólicos que ha tenido en su nuevo rol. Es la proyección de dos rumbos distintos, la cara y el sello de la moneda de José Antonio Kast.
La cara de esta moneda es la imagen que Kast, como presidente electo, ha estado proyectando al exterior, la visita ideológica a la Hungría de Viktor Orban, la Italia de Georgia Meloni, o al Salvador de Nayib Bukele, no han sido tan solo encuentros diplomáticos, sino que son acercamientos a líderes de gran relevancia internacional que simbolizan una corriente ideológica extendida ampliamente por occidente, buscando en esta gran gira un respaldo valórico a su cosmovisión de orden social.
Este punto en particular entra en conflicto con las declaraciones del mismo José Antonio y de su partido, quienes abogan por una “desideologización” de espacios como las universidades, las cuales estarían “tomadas” por la izquierda al ser dominadas por dogmas impuestos a la fuerza. Citando un fragmento de la presentación de su programa “Plan Patines”, Kast afirma: “Basta de convertir la educación en un campo de batalla ideológica”. No obstante, esta idea se derrumba cuando las señales políticas que entregaba el futuro mandatario resultan ser contrarias a lo que profesa.
Semanas después, en un discurso enmarcado en la VII Cumbre Transatlántica, en Bruselas, en donde asistió acompañado de otro referente internacional de esta nueva ola de neoconservadurismo como lo es el español Santiago Abascal, el Presidente Electo volvió a encender la chispa de la llamada “Batalla cultural” al cuestionar la cultura de los “ismos extremos”, tales como feminismo, ambientalismo o animalismo, los cuales, según él mismo dice; “estarían contribuyendo a la fragmentación social”.
Por último, la desconfianza en la información oficial emanada por el gobierno del presidente Gabriel Boric y el rompimiento oficial de toda relación política y administrativa tras acusaciones mutuas entre Kast y Boric, retrata la intransigencia ideológica mediante la decisión unipersonal adoptada por José Antonio Kast, intransigencia característica de la nueva derecha.
Mediante estas declaraciones, que, por un lado resaltan una identidad política clara y, a la vez, sostienen una “desideologización” selectiva, se configura una retórica de cómo la ideología neoconservadora en lo moral y libertaria en lo socio-económico moldea la imagen y figura de lo que muestra José Antonio Kast como presidente, es decir la cara visible de la moneda que decide proyectar ante los expectantes ojos de todo el mundo.
El sello de esta moneda está marcado por la propia estructura institucional chilena, ya que, aunque se pretenda gobernar con definiciones y discursos ideológicamente claros, el sistema institucional, caracterizado por sus contrapesos y por su tradición republicana, impide transformaciones radicales y obliga a gobernar en consenso mediante acuerdos políticos. Kast debe negociar con los diferentes partidos políticos de su coalición e incluso con la centro-derecha y con fuerzas emergentes como el Partido de la Gente si aspira a conducir con éxito su gobierno.
El presidente electo es consciente de ello, dicha lógica se refleja en la conformación de un gabinete de 24 ministros, donde predominó mucho más la tecnocracia que la trinchera ideológica demostrada en el párrafo anterior. A la fecha de escrita esta columna, solamente 8 de los 24 ministros designados son militantes de algún partido político.
Sin embargo, el nombramiento de este gabinete tampoco estuvo exento de polémicas y señales ambiguas, entre las que se incluyen el nombramiento de ex-abogados del dictador Augusto Pinochet, lo que fue interpretado por diversos sectores como una clara señal ideológica, conviviendo a la vez con el nombramiento de la misma cantidad de ministros de la ex concertación que del Partido Republicano, configurando un tensionado equilibrio de fuerzas políticas.
Incluso, este gabinete tecnocrático con figuras del círculo de Sebastián Piñera y la visita de José Antonio Kast durante su campaña electoral a la casa de los Piñera-Morel, retrata la gran influencia y el sello que dejó el ex-presidente en el futuro gobierno de José Antonio Kast, contrastando con las críticas que el propio Kast realizó al ex-presidente Piñera en su momento a través de su cuenta de X, calificándolo como “el peor Presidente de los últimos 30 años”.
La tensión constante entre estos dos lados de la moneda no es algo trivial; frente al contexto internacional tan convulso en el que nos encontramos, con liderazgos mundiales tan conflictivos y frente a las señales gubernamentales y administrativas de Kast que alternan entre lo tradicionalmente diplomático y lo disruptivamente hostil, es inevitable el cuestionarse: ¿Pesará más la cara ideológica de esta oleada neoconservadora a nivel mundial? ¿O el sello de nuestra estructura institucional y tradicional de nuestro país que nos ha acompañado durante 36 años?
Las señales del futuro gobernante de nuestro país siguen dando mucho de qué hablar, parece incluso haber elegido uno de los dos lados, sin embargo, nada está dicho todavía, la animadversión todavía está a flor de piel, la polarización se enfrenta a una gobernabilidad que busca el interés mayor y la moneda aún seguirá girando en el aire incluso hasta el día después del 11 de marzo, y cuando finalmente caiga, la prueba final no será si salió cara o sello, sino si nuestro país, si Chile estará dispuesto a convivir con las consecuencias de esta decisión.
El autor de este ensayo, Tito Josep Riera, es estudiante de segundo año de Administración Pública en la Universidad de Chile y dirige un Taller de Debate en el Liceo Ruiz Tagle.