Un alma en la oscuridad

Tomado de Memorias de un Exorcista, del P. Gabrielle Amorth

Nos preguntamos si los únicos causantes del sufrimiento de un alma son los demonios, o si también pueden intervenir almas condenadas. Pese a los engaños y trampas que nos tiende el demonio, creo posible la intervención de los condenados.

Sabemos que los demonios tienen su propia jerarquía y, por lo tanto, un diablo puede ordenarle a un condenado que atormente a un alma. Así lo he deducido de todos aquellos casos en que he detectado una fuerza muy inferior a la que suelo encontrar cuando hay demonios.
Existen almas errantes, que aún no tienen asignado un destino definitivo.

Voy a relatar un episodio excepcional, que tengo grabado en casetes. Un día, viene a verme una señora con dolores muy fuertes y muy raros. Empiezo a rezar y ella cae en una especie de trance.
Le digo a la presencia de su interior: «En nombre de Dios, dime quién eres», y responde a mis preguntas sin dificultades. Dice ser un albanés de origen calabrés. Llegó a Calabria el día de Todos los Santos; murió al volante de un coche, en estado de embriaguez, y en el accidente mató a otro. Noto que cuando hablo de diablos e infierno se aterroriza. Le pregunto: «¿Estás en el infierno?», y responde con fuerza: «¡No!». «¿Dónde estás?», insisto. «En la oscuridad», contesta, dejándome perplejo. Le pregunto cómo ha entrado en la mujer, y me cuenta con gran detalle una historia que, más tarde, la señora, al salir del estado de trance, me confirma.

Dice que se vio obligado a entrar por culpa del vigilante del cementerio, que utilizó partes de su cadáver para un maleficio.
Le pregunto si desea ver a Dios; me responde con un largo «sí», convencido y sereno. Un día le hablo de María Santísima; no sabía nada, y se apresura a decirme que su madre se llamaba Carmelina. Comienzo a instruirlo; me escucha con interés. Empiezo a pensar que tal vez esté realmente en la oscuridad (¿el Sheol judío?). Al preguntarle si está dispuesto a pedirle perdón a Dios por sus pecados, me dice que sí. Lo confieso de forma muy somera, bajo condición, y lo absuelvo bajo condición.

Después le pregunto cuándo se irá. «Dentro de veinte días», contesta. «¿Y dónde irás?», insisto. «A expiar mis pecados.» ¿Tal vez al purgatorio? Aquella noche, cuando la señora regresa a casa, su presencia interior le dice: «Te he hecho sufrir demasiado; no ha sido culpa mía. Cuando esté en el cielo, rezaré mucho por ti».

El caso plantea múltiples interrogantes. Con todo, debemos recordar que, según la tradición, san Francisco resucitó a una mujer fallecida en pecado mortal, la confesó y, después, ella descansó en paz.

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