De los demonios, de sus fuerzas y de sus acciones

TERTULIANO – «EL APOLOGÉTICO» – CAPITULO XXII. DE LOS DEMONIOS, DE SUS FUERZAS Y DE SUS ACCIONES.

Por eso digo que hay ciertas substancias espirituales que se llaman demonios. No es nuevo el nombre para los filósofos; que Sócrates á un demonio consultaba en sus negocios. ¿Por qué no, si tuvo desde la puericia un demonio que continuamente le asistía? Todos los poetas ya le conocen como impeditivo del bien. También el vulgo indocto usa de esta voz en las maldiciones; pues cuando maldice á alguno con un natural impulso se le sale da la boca esta voz de Satanás príncipe de este ruin linaje. Platón, ángeles y demonios admite. De ambos nombres, buenos testigos son los magos. Pero como de los ángeles malos nacieron otros peores, á quien Dios condenó con sus padres y príncipe Satanás, bastantemente se dice en las sagradas letras. Ahora sólo declaro sus empleos.

El oficio del demonio es hacer caer al hombre: bien se le conoció el intento á su malicia en la ruina del hombre primero. Ejecutan en los cuerpos enfermedades y calamitosos accidentes: en las almas pasiones repentinas, y excesos extraordinarios y violentos. Para invadir alma y cuerpo mucho les ayuda la sutileza y tenuidad. Mucho puede la valentía de los espíritus: son fuerzas casi irresistibles; tan disimuladamente ofenden, que parece más insensible el modo secreto de dañar que la espiritualidad de su naturaleza. No sé qué vicio secreto ponen en un leve vientecillo para apestar los frutos: éste derramado por las plantas, tocándolas casi imperceptiblemente, con mortal daño apestalos frutos: en flor los marchita: en verdor los desustancia: en sazón los inficiona: tan invisiblemente se apega el contagio venenoso al licor de los frutos como el aire. Con el mismo secreto y con el mismo vicio apestan los entendimientos humanos, enfureciéndolos con locas lascivias, con desatinados furores, con crueles torpezas, con errores varios, de los cuales el principal y que más encarga á sus servidores, cercándoles y cegándoles la razón, es que se les sirva con viandas de olor y sangre ofrecidas á los ídolos: y el plato más regalado y más cuidadosamente apetecido es apartar con engañosos encantos de la noticia de los hombres el conocimiento de la divinidad verdadera. Ahora declararé cómo los forja.

Todo espíritu es más ligero que un ave: en esto convienen ángeles y demonios. En un momento están en todas partes: para ellos casi todo el mundo es un lugar. Por esto fácilmente saben qué se hace en cada puesto, y con la facilidad que lo saben lo dicen. Esta velocidad tan instánea es tenida por divinidad; porque su naturaleza se ignora. Por este pronóstico quieren ser tenidos por autores de lo que anuncian, y lo son llanamente alguna vez de los daños; de los bienes nunca. Por la Escritura sagrada y por que oyen en los sermones de los profetas rastrean algunas disposiciones de Dios, y de allí toman la certeza con que algunas veces anuncian los futuros, y como ladrones de la adivinación pasan á pretendientes de la divinidad. En los oráculos templan astutamente la ignorancia con las respuestas ambiguas. Bien lo saben los Cresos  y los Pirros, Estando cociendo una tortuga con carne de cordero secretamente el rey de Lidia de la suerte que pasaba lo dijo un endemoniado en Epiro; que vino de Lidia en un instante el demonio.

Por la habitación del aire, por la vecindad de las» estrellas y por el comercio con las nubes saben las disposiciones celestes, y cuando ven la lluvia en la causa la prometen. En la curación de las enfermedades son llanamente beneficiosos. Primero dañan, y después dan el remedio, nuevo ó contrario, y entonces se entiende que curan cuando dejan de dañar. ¿Cómo diré las ‘fuerzas, las trazas, las artes que tienen los demonios para ingeniar encantos engañosos? Los fantasmas que dijeron en Roma la victoria que tuvo Cinabrio en Macedonia; el detener Tuccia, el agua sin derramarse en el cribo; el desencallar Claudia el navio tirando con la pretinilla; el enrubiar Castor la barba negra de Domicio, todos fueron encantos del demonio para que, engañados los entendimientos de los hombres con estas supercherías, piensen que una piedra es Dios, y al Dios verdadero no se busque.

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