El conjuro de las doce palabras redobladas

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El conjuro es un poderoso recurso para evitar o combatir la acción de fuerzas, tanto terrenas como sobrenaturales, contrarias a la integridad física o psicológica del hombre. Su forma de expresión consiste en un texto breve -sin considerar las repeticiones ceremoniales del mismo- la mayoría de las veces provisto de rima, único elemento métrico que subsiste en su estructura estrófica, salvo contadísimas excepciones de cuartetas bien conservadas. En el contenido predominan las invocaciones a Jesucristo, o a los arcángeles Gabriel y Miguel, o a la Virgen, o a los santos Cipriano y Silvestre, encontrándose también fórmulas basadas en números cabalísticos, en días de la semana con carácter mágico y en personajes míticos.

En consecuencia, la eficacia del conjuro alcanza a perros bravos, salteadores, fantasmas, brujos, diablos, y cualquier otro enemigo, todos los cuales suelen ocultarse al amparo de las sombras nocturnas para sorprender a viajeros incautos.

El ejemplo siguiente es uno de los más difundidos en Chile:

Padre San Silvestre,
alférez mayor,
cuídame mi casa
y todo el rededor
de hombre de mala intención.
Para el lado de la cordillera
está la cruz de Salomón.
Padre San Silvestre,
alférez mayor.

 Pero ningún conjuro tiene, en la práctica de nuestro folklore, el vigor y la penetración propios del denominado genéricamente doce palabras redobladas, título con cuyo adjetivo calificativo se indica el procedimiento reiterativo empleado obligatoriamente en su aplicación, y que consiste en añadir tras el enunciado de cada palabra, todas las anteriores, en orden descendente, como lo ilustra la versión aquí consignada:

Amigo, dígame una. Una no es ninguna, la Virgen parió en Belén y siempre ha quedado pura.
Amigo, dígame dos. Las dos tablas de la ley, por donde pasó Moisés. Una no es ninguna, la Virgen parió en Belén y siempre ha quedado pura.
Amigo, dígame tres. Las tres Marías. Las dos tablas de la ley, por donde pasó Moisés. Una no es ninguna, la Virgen parió en Belén y siempre ha quedado pura.
Amigo, dígame cuatro. Los cuatro elementos…  

(Sigue el mismo procedimiento hasta el final).

Amigo, dígame cinco. Las cinco llagas…
Amigo, dígame seis. Las seis candelas…
Amigo, dígame siete. Los siete sacramentos…
Amigo, dígame ocho. Los ocho coros…
Amigo, dígame nueve. Los nueve meses…
Amigo, dígame diez. Los diez mandamientos…
Amigo, dígame once. Las once mil vírgenes…
Amigo, dígame doce. Los doce apóstoles…

Y cuando se desea conferirle especial énfasis a este conjuro, se dice una decimotercera palabra, principalmente adecuada para desarmar al demonio:

Quien dijo doce que diga trece: que reviente ése.

Este fenómeno folklórico vive en todo el centro y sur del país, encontrándosele en el norte desde la provincia de Coquimbo, y haciéndose notable su cultivo en reductos campesinos de Santiago, Colchagua, Curicó, Talca, Maule y Ñuble.

En esta fuerza de conservación, fruto tradicional de una actitud de defensa del hombre, podrían encontrarse variadas fuentes interpretativas de la psicología y de las tendencias religiosas y supersticiosas de los chilenos, además del extraordinario significado de trayectoria temporal que encierra este hecho, uno de los más fuertes y tempranamente arraigados en los primeros momentos de gestación de nuestra nacionalidad, debido a su abundante uso por parte del conquistador hispánico y a su facilidad de diseminación.

Y aunque España sea el foco de procedencia, algunos de nuestros conjuros, como el paradigmático hispanoamericano de las doce palabras redobladas, remontan su estructura dialogada, su fórmula reiterativa, sus citas invocadoras y su probada eficacia, peninsularmente cristianizadas, a la vieja cultura persa, derramándose de ésta a las budista, musulmana y judía, hasta vaciarse en los moldes europeos.

Fuente: Artículo de la Enciclopedia Chilena.

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