La historia del niño que hace las tareas arriba de las lápidas del Cementerio General

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El “General” es como una pequeña ciudad, tiene un lado “lais” y un sector pobre, aunque al final todos terminamos igual. También alberga gente fascinante, como Rodolfito, el pequeño que a sus 6 años no teme ni al cementerio ni a los flaites que andan “vivos” a los movimientos de algún despistado.

“Estación Cementerios”, vocifera la tediosa voz  del Metro dando la señal para bajar. Largas escaleras -que hacen pensar en catacumbas- llevan directamente a la puerta principal delCementerio General de Santiago. Al salir no es difícil imaginarse saliendo de la tierra abriendo la tapa de un ataúd al mejor estilo de un bailarín zombie de Thriller. Eso es justamente a lo que llegas al ingresar al gigante de Recoleta.

El “General” es como una pequeña ciudad. Tiene avenidas, pasajes, señales de tránsito, guardias, comerciantes, caminantes melancólicos y varios curiosos que simplemente van a mirar los apoteósicos mausoleos de los muertos. Esos mismos que cotizaban en una AFP o que estuvieron toda la vida pagándole parte de su sueldo a una Isapre. Y, como buena ciudad chilena, el más tradicional camposanto del país, muestra sin ambages la desigualdad social y los polos ideológicos que aún parten en dos a la ciudadanía.

Muchos ex Presidentes, senadores, artistas de renombre y personajes de la elite están sepultados en gigantescas obras de granito adornadas con ángeles matando demonios, vírgenes mirando al cielo o figuras arquitectónicas difíciles de entender si no se es experto en arte. Una gigantesca escultura blanca donde se encuentra el cuerpo  del Presidente Salvador Allende está a sólo 100 metros de distancia de una rebuscada frase patria que adorna el sepulcro de  Jaime Guzmán, por ejemplo.

Ambos hombres claves en la historia contemporánea chilena, se encuentran en el lado más imponente del cementerio, junto a Frei padre, Pedro Aguirre Cerda y algunos poetas y gente de mundo con apellido UDI, que pocos conocen.

Es el lado iluminado del camposanto. Ahí el pasto está impecablemente cortado y los plátanos orientales no dan alergia, sino que una agradable sombra que desfigura los relieves de las onerosas tumbas. Es la entrada principal y más linda del cementerio donde grises esculturas saludan a los visitantes. Cruzando el verde umbral de los nichos cuicos, se encuentran los muertos de la plebe que sólo pudieron pagar dos metros de largo por medio de ancho para descansar eternamente.

EL LADO DE LOS BLOCKS
La fracción pobre del General debe ser cercana al  80% de la superficie del recinto y un 95% en cantidad de difuntos. En este lugar pasan cosas fascinantes. Hombres viejos almuerzan solos con una mesa puesta  para dos frente a los nichos de sus señoras. Algunos pasteros andan “vivos” a los movimientos de cualquier turista despistado para poder “cogotearlos” y robarles el iphone o una mega cámara. Un piño de la Garra Blanca llora la muerte de uno de los suyos, cerquita de diversas señoras que venden Frunas de piña o de limón bien heladas, mientras sus niños estudian o más bien pasan el tiempo acostados arriba de tumbas de desconocidos.

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Rodolfito es uno de esos cabros chicos. Sus abuelos trabajan en el General  hace más de tres décadas. Lo traen desde que nació, en 2008. A sus 6 años, asegura no tenerle miedo al cementerio ni a los flaites que a veces vienen a molestar a su abuela.

“Yo sólo paso el rato acá con mis abuelos después del colegio”, dice con una sonrisa de oreja a oreja.  El puesto de Rodolfito se encuentra en uno de los sectores más populares del lugar. A unos metros más allá del negocio de sus tatas están las escuálidas y a mal traer tumbas de Víctor Jara y Miguel Enríquez, ambos asesinados por la dictadura de Pinochet.

“Vamos yo te llevo a la tumba de Miguel Enríquez, está acá al ladito”, me indica Rodolfito que me pide la cámara fotográfica. El niño conoce de memoria cada calle, nicho y muerto insigne de su sector en el cementerio. Él ha pasado buena parte de sus 6 años rodeado de muertos y sus apenados deudos.

Rodolfo parece un niño normal. Va en primero básico, anda con los mocos colgando, le gusta la U y su jugador favorito es Cristiano Ronaldo. Sin embargo, al interactuar, su mirada fría y melancólica  indica que algo no está bien. No es su falta de miedo, lo extraño son ese par de ojos indescifrables que sólo el cementerio entiende.

“Ni de noche me da susto el cementerio, a los fantasmas les gusta el día”, afirma mientras le saca con mi cámara una foto a un auto enchulado.

Pero no sólo Rodolfito está en el sector pobre del cementerio. La mayoría de los cuerpos de los ejecutados políticos se encuentra en lado. En el lugar escogido para sepultar a los asesinados por la dictadura siempre hay una mujer. Una esposa, una madre, una hermana o una hija, que  visita la tumba de sus muertos, la que cuida con uñas y dientes: “No vengas a sacar fotos acá, déjalos descansar”, grita una señora a la orilla de las tumbas de los ejecutados. Y tiene razón, quién es uno para entrometerse.

En el sector más popular existe un grupo de edificios parecidos a los blocks donde se encuentran esparcidos, en cuatro pisos, una gran cantidad de difuntos con sus respectivas lápidas. En ese lugar, infinitas escaleras columnas y olor a flores secas se siente de manera particular. Muy pocos visitantes merodean por entre los nichos. A pesar de la poca afluencia de visitantes, una pareja de unos 60 años almuerza puré con mechada frente al nicho de quién sabe quién.

Ni una palabra falta o sobra en este lugar, no son  necesarias. La escena lúgubre se desarrolla con total naturalidad, como si la pareja almorzara en el living de su casa con su hija que jamás murió o simplemente estuvieran viendo el estelar junto a todos sus “pollitos” que ya no están.

POLVO ERES…
A pesar de morir y ser sepultado en el lado “lais” del cementerio o que te echen tierra encima mientras te consigues un ataúd del Hogar de Cristo; que guardias en bicicleta vigilen a que no roben tus cerraduras de bronce o que nadie llene de multicolores plantas el florero de tu fría tumba, todos terminamos igual.

Así fluye el espacio entre la vida y la muerte. Y si bien dimensionar lo que hay cuando  dejamos de existir no es algo que hagamos muy a menudo estar en esta pequeña ciudad de muertos te recuerda que a pesar de tener mucho o poco, de estar acompañado o solo, dejando un cuerpo bello o abominable. Todos terminamos igual, pues polvo eres y al polvo  volverás.

Fuente: Reportaje de Sebastián Palma en lanacion.cl

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