La importancia de la luz en los ritos funerarios

Es mejor encender una vela, por pequeña que sea, que maldecir las tinieblas. (Proverbio chino).

Requiem aeternam dona eis Domine, et Lux perpetua luceat eis. (Dales Señor el descanso eterno, y que Tu Luz perpetua brille para ellos).

Nuestros primeros antepasados iniciaron la práctica de enterrar a sus muertos acompañándolos con unos ritos funerarios. Inhumaban el cuerpo del difunto, junto con alimentos, armas de caza y carbón vegetal, y cubrían el cadáver con flores. Una tumba de Neanderthal descubierta en Shanidar, Irak, contenía el polen de ocho especies florales diferentes. Hace 50.000 años, el hombre ya asociaba el fuego con los entierros, puesto que hay restos de antorchas en tumbas del Neanderthal.

 Mucho más tarde, los antiguos romanos creían que las antorchas funerarias guiaban el alma del difunto hacia su morada eterna. Nuestra palabra “funeral” procede del latín “funus”, que quiere decir precisamente “antorcha”. Además de esta palabra, los romanos nos legaron la moderna práctica de encender cirios en las ceremonias fúnebres.

El mantener velas o cirios encendidos durante el velorio de un fallecido es, como ya dijimos en un artículo anterior, mucho más que un acto simbólico para iluminar el camino de éste hacia su paso a la vida eterna. Cuando se cree que el espíritu de un difunto no nos ha abandonado del todo, se encienden velas en su honor o memoria, para así facilitarle y guiar el paso de su alma hacia la otra vida, si éste no lo ha conseguido por sí solo. Pero hay más…

Unas velas encendidas alrededor del difunto se suponía que ahuyentaban los espíritus que intentaban reanimar el cadáver y tomar posesión de él. Y puesto que el dominio de los espíritus era la oscuridad, la creencia generalizada era que huían y tenían miedo de la luz. Realmente, fue el temor al mundo de los espíritus y a las posibles acciones negativas de éstos sobre los vivos, más que el respeto a los seres difuntos, el auténtico origen de la mayoría de nuestras tradiciones funerarias modernas.

Las flores son, asimismo, muy comunes en los ritos de velorios: “Las flores le dan vida a la muerte” (Finol, 1999). En los ritos de velorio de nuestra cultura occidental, las flores de color amarillo, blanco y colores pasteles son las más utilizadas. La flor amarilla representa el sol; la blanca es símbolo de muerte. Las flores siempre están presentes en las ceremonias fúnebres, a menos que el difunto pertenezca a alguna religión que no acepte que se lleven flores. Las personas que llevan flores al velorio habitualmente lo hacen a través de las floristerías, que las preparan en forma de círculo o de cruz, dándole una forma común para la ocasión. “La circunferencia se cierra sobre sí misma y por ello simboliza la unidad, lo absoluto, la perfección; en relación con ello, también es símbolo de los cielos en contraposición con la tierra, o de lo espiritual frente a lo material” (Becker).

En este tipo de ritos, las flores están acompañadas casi inseparablemente de las velas. En la Edad Media se le encendía una luz al difunto, hoy en día las velas representan esa luz que durante nueve días debe ser y estar encendida (Novena de Caridad Espiritual, ritual al que dedicaremos un extenso artículo en otra ocasión). “La vela es símbolo de luz, del alma individual” (Becker). “Las velas representan el fuego, la luz de lo que está por venir, la conformidad para los sobrevivientes, y luz que guiará al alma”  (Bracamonte).

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Más datos en:

Non omnis moriar (No todo en mí morirá)

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