Hay un momento en la vida, no sé si viene con los años o con el cansancio de haber vivido demasiado hacia afuera, en el que uno empieza a mirar todo de otra manera. No es una decisión consciente, no es un propósito que uno se marque. Simplemente, ocurre.
En este momento actual de mi existencia, a mis 70 años, después de todo lo vivido, de tantas experiencias, de tantos encuentros y desencuentros, de tantos errores y también de algunos aciertos, siento que algo se ha asentado dentro de mí. Como si después de mucho movimiento, de mucho ruido, de mucha búsqueda, por fin algo se hubiera colocado en su lugar. Quizás no del todo todavía, quizás no estabilizado ni firme todavía; pero sí que poco a poco están encajando las piezas del puzzle de mi vida.
Durante años uno vive hacia afuera. Hacia las personas, hacia los proyectos, hacia las obligaciones, hacia esa necesidad constante -de la que muchas veces uno no se da ni cuenta- de estar presente, de responder, de cumplir, de hacer. Y en ese hacer continuo, casi no queda espacio para uno mismo. O si lo hay, es un espacio breve, interrumpido, siempre condicionado por lo que viene después.
Y sin embargo, llega un momento, como en el que siento estar ahora, en que todo eso empieza a perder fuerza. No porque las cosas básicas y elementales dejen de tener importancia, sino porque dejan de tener urgencia. Ya no todo es imprescindible. Ya no todo requiere mi energía. Ya no todo merece mi atención. Y ahí, en ese cambio sutil pero profundo, aparece algo que antes pasaba desapercibido: el valor de la soledad.
No estoy hablando de la soledad como ausencia, como carencia o como abandono. No me refiero a esa soledad que tanto se teme y que tantas veces he querido evitar llenando el tiempo, el espacio y la mente. No es nada de eso. Hablo de otra soledad. De una soledad elegida, serena, casi necesaria. Una soledad que no me aísla, sino que me devuelve a mi centro. Que me está ayudando a reencontrarme conmigo mismo, a reconocerme mejor como quién soy realmente. Todavía me falta, lo reconozco, pero estoy en este proceso.
Porque cuando uno se queda en silencio, sin ruido alrededor, sin exigencias inmediatas, sin esa constante presión de hacer o de estar, empieza a escucharse. Y lo que al principio puede parecer extraño, incluso incómodo, poco a poco se transforma en algo profundamente reconfortante.
Ahí aparece esa tranquilidad interior de la que es tan difícil hablar con palabras. Esa sensación de estar en paz sin necesidad de justificarlo, sin necesidad de explicarlo, sin necesidad de compartirlo. Simplemente estar.
Es curioso, porque durante gran parte de la vida buscamos lo contrario. Buscamos estímulo, buscamos compañía, buscamos movimiento, buscamos intensidad. Y cuando finalmente encontramos el silencio, como a mí me está sucediendo ahora, no lo sentimos como vacío, sino como descanso. Como si hubiéramos pasado años en una habitación llena de ruido, sin darnos cuenta del cansancio que eso generaba, y de repente alguien abriera la ventana. Y entra el aire. Y no hace falta nada más.
No sé si es la edad. No sé si es la experiencia acumulada, o si es el nuevo enfoque que le he dado a mi vida. O si es simplemente que llega un momento en que uno ya no necesita demostrar nada, ni sostener ciertas dinámicas que antes parecían inevitables. Lo que sí sé es que esta etapa tiene un valor que antes no era capaz de ver.
Porque en esta calma en la que vivo, siento y me encuentro ahora, hay claridad. En esta soledad, en parte motivada por las circunstancias de la vida pero en gran parte también buscada voluntaria y conscientemente, hay presencia. Y en esta tranquilidad que ahora tengo hay una forma de vida que no depende de lo externo, sino de algo mucho más estable, más silencioso. Y también mucho más verdadero.
No es una renuncia al mundo. Quien así lo piense de mí, estará muy equivocado. No es un retiro en el sentido de apartarse. Es, más bien, una forma distinta de estar. Más ligera, más consciente, más honesta conmigo mismo, con todo lo que pienso y siento. Así lo creo al menos, y así trato de explicárselo a ustedes, con la mano en el corazón.
Y lo que sí estoy constatando ahora es que, quizás, al final, después de todo lo vivido, de todo lo recorrido, de todo lo aprendido, uno descubre que no se trataba de llegar a ningún sitio. Sino de poder estar en paz donde ya está. Y eso, créanme, tiene para mí un valor extraordinario.
®J.R. 2026