Voy a decir algo que a muchos no les va a gustar: la obsesión de cierto sector evangélico con el anticristo, dice más de su miedo que de la Biblia.
Desde hace décadas, cada presidente, cada papa, cada líder mundial, cada empresario influyente, ha sido candidato oficial al cargo de ‘anticristo’.
Si no es uno, es el siguiente. Si no es ahora, es mañana. Pero curiosamente, el anticristo siempre está por venir… y siempre coincide con el enemigo ideológico del momento.
Eso ya debería hacer pensar.
En el Nuevo Testamento no se describe una agenda conspirativa global con un personaje confirmado esperando turno. En las cartas de Juan se habla de muchos anticristos. No como individuos con microchip y código de barras, sino como actitudes que niegan la conciencia, el amor y la verdad.
Sin embargo, cierta predicación moderna ha convertido el cristianismo en una cacería permanente. Todo es señal. Todo es marca. Todo es profecía cumplida. Todo es el fin.
Y mientras tanto, ¿qué pasa?
La gente vive asustada. Sospecha de todo. Se radicaliza. Se encierra. Y entrega su pensamiento crítico al pastor de turno que ‘sí entiende los tiempos’. Eso no es fe. Eso es ansiedad apocalíptica.
El problema no es esperar a un anticristo. El problema es convertir el miedo en negocio. El miedo mantiene congregaciones llenas. El miedo fideliza. El miedo radicaliza.
Y lo más irónico es que mientras buscan al anticristo afuera, no ven las actitudes anticristicas dentro: la intolerancia, la manipulación, la demonización del que piensa distinto.
El mal no necesita cuernos. Necesita creyentes que no cuestionen. Y eso… eso sí que es peligroso.
®J.R. 2026