Nomen Numen: el poder del nombre

La magia caldea, la babilónica y la egipcia enseñaron que en el
nombre radicaban el poder y la esencia de los demonios. Los antiguos hebreos no solían pronunciar los nombres de los demonios, a menos que quisieran gobernarlos, forzarlos. En ello, es decir, en el control de las
potencias malignas por la formulación de sus nombres, confiaron los magos de todas las civilizaciones antiguas durante milenios: los egipcios, que perseguían los llamados «nombres primeros», los caldeos,
los babilonios, los romanos…

En general, se creía que el conocimiento del nombre primero, secreto, o auténtico de un dios o demonio concedía al operador mágico que lo poseyera el control absoluto sobre dicho ser.

Cuando un mago invocaba a un demonio por su nombre arcano, si éste se había pronunciado de manera correcta, el demonio en cuestión no podía hacer otra cosa que someterse con humildad a la voluntad del mago, ejecutar sus órdenes como si fuera un esclavo.

Pero también las liturgias judía, cristiana y musulmana conservan rastros de aquellas antiguas prácticas: en algunos salmos, en el ofertorio de la misa católica, en ciertas aleyas rituales pueden verse invocaciones que operan como fórmulas mágicas.

A la hora de emplearse contra los demonios, de practicar los
exorcismos es cuando las religiones más se aproximan a las diversas magias.
La magia negra o satánica, puesto que se propone controlar y forzar a los demonios, genios o dioses por medio de la invocación y de los maleficios, supone el conocimiento de dichos espíritus o fuerzas.
Toda magia práctica o técnica precisa de una ciencia o conocimiento esotérico previo de los dioses, demonios o genios con quienes ha de tratar el mago. En consecuencia, la magia tiene un estrecho vínculo con la religión.

Una y otra reposan sobre la creencia y operan con, contra y
para los creyentes, en sus espíritus y en sus sistemas de control. Para invocar o expulsar a los demonios, los operadores mágicos necesitan el conocimiento del nombre exacto, en la lengua de origen del
espíritu, dios o demonio, porque los operativos son los fonemas, y la magia que opera, la encantatoria.

Es lo que se propone expresar el clásico apotegma Nomen numen (en el nombre está la esencia).
Los rabinos debían pelear contra las lilin de laylah (la noche), las
Deber, demonias de los terrores nocturnos, los Keteb, demonios del mediodía, habitantes de ruinas; alados, todos ellos.
En las culturas de base mago-animista es frecuente que los padres oculten los nombres auténticos de sus hijos para que ciertos demonios no se enteren de su existencia.

Una larga tradición de la antigua Roma creía que en la esencia de cada cosa se encuentra un ‘numen’ (el «misterio», el «ignoto»). Así, de manera sacra, entre los romanos, conocer la verdad de una cosa (su numen) era, por decirlo así, aprender su ‘nomen’. Por lo tanto, mencionar un nombre (traducción libre para nomen), antes de pronunciar un signo lingüístico trivial, es descubrirle su ‘mysterium’, desvelar el secreto divino inscrito en ello.

Históricamente, en el momento de la fundación de Roma, era común el culto de la ‘numina’ (plural de numen), reconocida como el «poder divino» o la «voluntad divina». De ello se desprende que los dioses eran ‘numinia’, demostraciones sin rostro y sin forma, pero no menos poderosos que los dioses antropomórficos, que sólo vendrían a surgir tras el resultado de la influencia de los etruscos y los griegos. Antes, el concepto de ‘numen’ se relacionaba con cualquier manifestación de lo divino y todo en la naturaleza, cualquier cosa que sea, está contenido en la ‘numina’. Por lo tanto, sin el «poder divino» de la misma, sin cada ‘numen’, el ‘nomen’ se vuelve tan cadavérico como el cuerpo de un animal sin alma.

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